SIN SPOILER
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EL PRINSIPE ERIK
Una semana después del nacimiento del heredero, el reino entero se reunió frente al gran balcón real.
Las calles estaban cubiertas de flores blancas y doradas.
Banderas con el escudo de la corona ondeaban bajo el viento frío del invierno.
La música llenaba cada rincón de la capital mientras nobles, comerciantes y campesinos esperaban ansiosos el momento más importante del año.
La presentación oficial del heredero.
Las enormes puertas del salón principal se abrieron lentamente.
Y el silencio cayó sobre el castillo.
Víctor apareció primero.
Elegante.
Imponente.
Con aquella expresión fría y orgullosa que siempre hacía que el reino lo alabara como un gran monarca.
A su lado caminaba Victoria.
La reina sostenía cuidadosamente al pequeño bebé envuelto en mantas reales adornadas con bordados dorados.
Todo parecía perfecto.
Exactamente como el reino esperaba.
La multitud estalló en aplausos y vítores.
—¡Larga vida al heredero!
—¡Larga vida a la reina!
—¡Larga vida al reino!
Victoria sonrió suavemente intentando aparentar tranquilidad.
Pero por dentro…
seguía sintiéndose extraña.
Porque cada vez que observaba al bebé entre sus brazos…
recordaba que no era suyo.
Y aun así…
todos esperaban que actuara como si lo fuera.
Víctor levantó una mano haciendo que el pueblo guardara silencio.
Después habló con voz firme:
—Hoy, la corona presenta oficialmente al futuro heredero del reino.
El silencio se volvió absoluto.
El rey observó orgullosamente al bebé antes de continuar:
—Su nombre será Erik.
Los aplausos explotaron nuevamente.
Las campanas comenzaron a sonar por toda la ciudad.
Y cientos de personas celebraron emocionadas.
Porque finalmente existía un príncipe.
Un heredero varón.
Perfecto.
Sin “maldiciones”.
Sin diferencias.
Víctor observó todo aquello satisfecho.
Para él…
por fin el reino volvía a estar exactamente donde debía.
Victoria bajó lentamente la mirada hacia el pequeño Erik.
El bebé dormía tranquilamente ajeno al enorme peso que acababan de colocar sobre él.
La reina acomodó suavemente una de las mantas alrededor del niño.
Y entonces…
sintió algo extraño otra vez.
Ese vacío.
Ese dolor lejano imposible de explicar.
Por un segundo…
su mente imaginó otros brazos sosteniendo a otro bebé.
Una niña.
Pequeña.
Victoria sintió un pequeño mareo.
El ruido de la multitud pareció apagarse por un instante.
Víctor notó inmediatamente el cambio en su expresión.
—¿Victoria?
La reina parpadeó confundida.
Y la sensación desapareció nuevamente.
—Estoy bien…
Pero no sonó convincente.
Muy lejos del castillo…
la antigua torre seguía cubierta de nieve.
Dentro, Luna caminaba torpemente sujetándose de muebles y paredes mientras Elena intentaba alcanzarla antes de que tirara otro libro antiguo al suelo.
—¡Luna! ¡No toques eso!
La niña soltó una risa adorable antes de esconderse detrás de una silla.
Ya tenía un año y nueve meses.
Y la torre entera parecía haber cambiado junto con ella.
Donde antes había silencio absoluto…
ahora había pequeñas risas.
Pasos torpes.
Juguetes improvisados.
Y voces.
Luna era inquieta.
Curiosa.
Le encantaba explorar cada rincón prohibido de la vieja torre.
Especialmente los libros.
Muchos de ellos reaccionaban extrañamente cerca de ella.
Algunas páginas se abrían solas.
Algunas velas se encendían sin explicación.
Y Elena comenzaba a sospechar que la niña poseía algo más que solo heterocromía.
Luna levantó la mirada hacia una de las ventanas.
La nieve caía lentamente afuera.
Y por alguna razón…
la pequeña sonrió.
Como si pudiera sentir algo a la distancia.
Como si una parte de ella supiera que, en ese mismo instante…
el reino entero celebraba al niño que había ocupado su lugar.