⚠️🚫🔞Gus se ve arrastrado al peligroso entorno de Arlo, un lugar donde el lujo se mezcla con la letalidad de la mafia. En esta atmósfera de alta tensión y misterio, la resistencia inicial de Gus se transforma en una fascinación oscura hacia su captor. Atrapado en una red de secretos y deseos intensos, Gus deberá decidir si luchar por su antigua vida o sucumbir a la magnética y peligrosa atracción de un hombre que no acepta un no por respuesta. Una historia de poder, entrega y los límites del alma.🔞🚫⚠️
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Única armadura
El humo denso de los almacenes incendiados subía hacia el cielo de la madrugada, tiñendo la bruma del puerto con un tono grisáceo y opaco. Arlo Baxter permanecía de pie en el borde de la rampa de madera, observando el agua oscura donde el cuerpo inerte de Moretti se había hundido para siempre. Las salpicaduras de sangre espesa y caliente comenzaban a secarse sobre su mandíbula y sus guantes tácticos de cuero negro.
Rom, su jefe de seguridad de máxima confianza, se acercó con pasos pesados, asegurando su fusil de asalto al chaleco táctico. Sus ojos duros recorrieron el desastre antes de fijarse en su jefe.
—Todo está consumido, señor Baxter —informó Rom, con su voz ruda y firme—. El hangar está completamente destruido y no dejamos a un solo perro del cartel Trevi respirando. La limpieza fue absoluta.
—Excelente, Rom —respondió Arlo. Su voz denotaba la frialdad de un verdugo que acababa de cumplir con su deber—. Era la única forma de purgar el insulto del teatro. Nadie entra a mis terrenos y sale con vida.
Rom tragó saliva sutilmente, mirando hacia el horizonte donde el sol empezaba a asomarse.
—Señor... ¿piensa que esto traerá consecuencias con los socios del extranjero? Moretti tenía conexiones importantes en los puertos. Eliminar a un líder histórico de esta manera podría desestabilizar las rutas comerciales durante los próximos meses.
Arlo soltó una risa baja, un sonido áspero e intimidante que pareció cortar el aire gélido de la madrugada. Se giró hacia su jefe de seguridad.
—Que vengan, Rom. Que lo intenten —sentenció Arlo, con sus ojos negros brillando con una furia fría—. El miedo es el mejor cemento para edificar un imperio. Cuando los socios del este vean que la cabeza de Moretti sirve de alimento para los peces del muelle, van a firmar mis nuevos contratos sin dudar un segundo. En esta ciudad ya no existe otra ley que la de los Baxter. Asegura los perímetros del puerto y mueve las camionetas blindadas. Regreso al búnker.
—A la orden, señor Baxter —respondió Rom, inclinando la cabeza antes de retirarse a coordinar la retirada de las tripulaciones de la mafia.
El viaje de regreso a las profundidades de la fortaleza subterránea del sur se realizó en un silencio espeso. Durante todo el trayecto en el vehículo blindado, Arlo mantuvo la mirada fija en sus propios dedos largos. El lazo doble de energía carmesí parpadeaba en el aire cerrado del auto, emitiendo un pulso rosa muy intenso que le transmitía el calor y el descanso dócil de Gus Fletcher. La adrenalina de la masacre aún le corría por las venas, transformándose en un hambre salvaje, una necesidad posesiva de volver a reclamar el cuerpo del artista que lo esperaba en la oscuridad.
Arlo cruzó las pesadas puertas blindadas de la habitación de madrugada. No se había limpiado la sangre de Moretti del rostro, ni se había quitado la ropa táctica ensangrentada. Entró como un torbellino de peligro y virilidad desbordante.
Sobre la inmensa cama, Gus dormía profundamente. La manta oscura cubría apenas su torso y sus piernas. Al escuchar el clic metálico de la cerradura y percibir el olor a pólvora quemada y sangre fresca, el cantante abrió de golpe sus ojos, incorporándose sobre los codos con un destello de pánico inmediato.
—¿Baxter...? —jadeó Gus, con la voz pastosa y ronca por el sueño—. Estás... estás cubierto de sangre. ¿Qué hiciste?
—Hice lo que un dueño debe hacer para proteger su propiedad —dijo Arlo. Su tono llenó el dormitorio insonorizado, haciéndole dar un escalofrío inmediato en la espina dorsal al cantante—. El cartel que intentó tocarte en el teatro ya no existe. Borré el nombre de Moretti de esta ciudad esta misma noche. Eres intocable porque yo derramé la sangre de mis enemigos para que lo fueras.
Gus abrió la boca con absoluto asombro, sintiendo que la tensión sexual en la habitación subía a niveles insoportables al ver el físico inmenso del mafioso dominar el espacio bajo las tenues luces LED rojas. El hormigueo en su bajo vientre se encendió de inmediato, una reacción ardiente que ya no podía contener.
Arlo subió a la cama con movimientos lentos y calculados, como un lobo acorralando a su presa. Su inmenso cuerpo ensombreció la figura de Gus por completo. El mafioso no tenía paciencia; el hambre salvaje que sentía por el artista requería una entrega inmediata.
—Muéstrame cuánta sumisión guardaste para mí mientras estaba afuera —demandó Arlo, cerrando los puños de ambas manos.
Al instante, Arlo utilizó los dos hilos de energía carmesí de una forma puramente dominante. Las líneas rojas brillaron con fuerza y se enroscaron alrededor de las muñecas de Gus, arrastrando sus brazos hacia arriba y sujetando su cuerpo de forma rígida contra la cabecera metálica de la cama. Un segundo lazo tiró de su tobillo izquierdo, abriéndole las piernas a la fuerza y fijándolas contra el colchón de piel negra. Gus quedó completamente inmovilizado, expuesto ante la fijeza implacable de los ojos negros de su captor.
—¡Ah! —Gus soltó un gemido ronco, un espasmo de puro éxtasis carnal al verse reducido a una posesión indefensa—. Baxter... me estás apretando demasiado... tus hilos...
—Los hilos están celebrando mi victoria, dócil —susurró Arlo, inclinándose hasta que los restos de la sangre seca de Moretti en su rostro rozaron la mejilla encendida del cantante.
Debido a la brutalidad y a la prolongada entrega de la noche anterior en el búnker, el cuerpo de Gus aún conservaba la elasticidad de los encuentros previos; su intimidad continuaba sutilmente dilatada y suave, latiendo de anticipación húmeda ante la proximidad de la anatomía del mafioso. Arlo lo notó de inmediato al deslizar sus dedos largos y callosos. No hacía falta una preparación previa rigurosa; el cuerpo de Gus estaba listo para recibir el castigo protector de su dueño.
Arlo desgarró los últimos restos de ropa de Gus y se posicionó entre sus muslos. Agarró las caderas varoniles del cantante con un agarre de hierro que dejó marcas invisibles en su piel castaña. Sin dar tregua, el mafioso empujó hacia adelante con una fuerza implacable, introduciendo todo su pene dentro del cuerpo de Gus en una sola embestida profunda y salvaje.
—¡Aaaaah! —Gus soltó un grito desgarrado, un gemido largo y espeso que vibró directamente en el ancho pecho de Arlo. Sus ojos se empañaron de lágrimas de placer puro y rendición total al sentir la intromisión abrasadora del líder criminal. El sonido del impacto de sus pelvis chocando con violencia y el chasquido húmedo de la fricción llenaron el silencio del búnker.
—Eres mío —decía Arlo entre embestidas brutales y rítmicas, devorando la boca del artista en un beso espeso que unió sus salivas y sus respiraciones agitadas—. Siente el precio de mi sangre dentro de ti. Llora de placer para tu dueño. Tu orgullo no vale nada bajo mi peso.
Gus se sacudía en espasmos continuos, gimiendo con una desvergüenza que delataba su adicción absoluta al yugo de Arlo. Las dos líneas de energía carmesí brillaban con un resplandor rosa permanente en las muñecas y el tobillo del cantante, sujetándolo con firmeza mientras Arlo hacía con su anatomía exactamente lo que le placía, derramando sus fluidos compartidos sobre las sábanas negra en una entrega que selló un triunfo absoluto de la sumisión.
Una hora más tarde, la calma regresó a la suite subterránea. Gus descansaba en un sueño profundo y dócil, con el cuerpo relajado y el rostro sereno apoyado contra el colchón. Arlo permanecía sentado en el borde de la cama, vistiéndose con un pantalón oscuro limpio, mientras observaba a su preciada posesión con una fascinación posesiva que iba mucho más allá del simple control criminal.
De pronto, el teléfono satelital privado de Arlo, el cual solo tenía una línea encriptada que nadie se atrevía a usar, comenzó a vibrar sobre la mesa de noche con un zumbido metálico.
Arlo frunció el ceño y descolgó la llamada de inmediato. Sabía perfectamente quién estaba al otro extremo de la línea. Su padre anciano, Jack Baxter, el antiguo y temible "empresario" que había edificado las bases del imperio ilegal de la familia.
—Habla, Jack —dijo Arlo. Su voz regresó a ese tono grueso, frío y calculador que usaba con sus soldados.
Al otro lado del satélite, la voz de Jack Baxter sonó rasposa, cansada por los años pero cargada de una autoridad implacable que aún podía hacer temblar a los directores de los bancos internacionales.
—Hijo... me llegaron las noticias de los muelles —dijo el anciano con una risa seca—. Borraste al cartel de Moretti, Trevi, en una sola madrugada. Un movimiento brutal, muy al estilo de la vieja escuela. Pero mis hombres me informan que iniciaste esta carnicería por un simple cantante de la agencia de talentos. Dicen que tienes a una criatura encerrada en el búnker del sur y que has roto tus propias reglas de discreción por él.
Arlo apretó el teléfono con fuerza, y sus ojos negros se fijaron en la figura durmiente de Gus, notando cómo el hilo rojo parpadeaba en su muñeca con un tono rosa dócil.
—No es un simple cantante, Jack. Es mi posesión —respondió Arlo con una rigidez impresionante en su mandíbula —. Lo que hago con mis propiedades en mi territorio es un asunto que solo me concierne a mí. El peligro externo ya fue eliminado.
—Un líder no debe tener debilidades que los enemigos puedan usar, Arlo —sentenció el anciano Jack con una frialdad que helaba la sangre—. Quiero conocer a esa posesión más preciada tuya. Quiero ver con mis propios ojos si ese chico Fletcher vale la sangre que derramaste hoy en el puerto. Mañana por la tarde enviaré mi comitiva para traerlos a mi propiedad privada. No aceptaré una negativa, hijo. Asegúrate de que el artista esté listo para presentarse ante mí.
La línea se cortó de golpe con un chasquido sordo.
Arlo Baxter se quedó inmóvil en la penumbra del búnker de máxima seguridad, sosteniendo el teléfono apagado. Su reacción ante el pedido de su padre fue una mezcla violenta de furia posesiva y protección absoluta. Jack Baxter seguía siendo una figura de inmenso poder dentro de la organización, un patriarca que podía quitar y poner mandatos con un solo movimiento de sus influencias. Llevar a Gus Fletcher ante los ojos del viejo imperio significaba exponer a su propiedad a un juicio implacable, donde cualquier debilidad del cantante podría ser interpretada como una condena para ambos.
Arlo guardó el teléfono, se levantó de la silla y caminó hacia la cama. Se inclinó sobre el cuerpo de Gus, acariciando con lentitud su cabello castaño mientras tensaba sutilmente las líneas de energía carmesí. Sus ojos negros brillaron con una luz letal y decidida en la oscuridad del búnker. Iba a llevar a Gus ante su padre, sí, pero no como una criatura indefensa. Se aseguraría de que el cantante entendiera que su sumisión total era la única armadura que lo mantendría a salvo ante el viejo imperio de los Baxter, y que él estaba dispuesto a matar a su propio linaje antes de permitir que alguien intentara arrebatarle lo que el hilo rojo había decidido atar a su mano para siempre.