Lo que el silencio esconde
Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.
Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.
Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.
Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.
Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.
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Capítulo 11: El hombre que mira desde el espejo
Se llama Bruno.
O al menos eso dice. Lucía no le preguntó. Fue él quien lo soltó, como quien regala algo que en realidad no vale nada.
—Bruno —repitió ella en voz baja, probando el nombre como quien prueba un veneno.
Estaban en el mismo café de la otra mañana. El mismo. Pero esta vez Lucía había elegido sentarse cerca de la salida. Por si acaso.
Él lo notó. Y sonrió.
—Tranquila. No te voy a hacer daño. Si quisiera, ya lo habría hecho.
—¿Entonces qué quieres? —preguntó ella, con las manos escondidas bajo la mesa para que no viera que le temblaban.
Bruno inclinó la cabeza. La miró como se mira a un animal herido que no sabe si huir o morder.
—Quiero que sepas la verdad. Antes de que sea demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde para qué?
—Para ti.
El silencio se instaló entre ellos como un muro. Lucía sintió el escalofrío recorrerle la espalda, pero esta vez no huyó. Algo dentro de ella, algo que llevaba años dormido, le susurraba que se quedara. Que escuchara.
—Tú y yo nos conocemos —dijo Bruno, y su voz perdió filo—. Hace catorce años. Tú tenías doce. Yo veintiséis.
—No te recuerdo.
—Lo sé. No es tu culpa. Tu mente hizo lo que tenía que hacer para sobrevivir.
—¿Sobrevivir a qué?
Bruno se inclinó hacia adelante. Lucía contuvo el aliento.
—A aquella noche. En la casa de tu abuela. Algo pasó allí, Lucía. Algo que tú viste. Algo que yo también vi. Pero tú lo olvidaste. Y yo… yo no puedo.
—¿Qué viste? —susurró ella.
Bruno la miró fijamente. Sus ojos negros, tan fríos siempre, parecieron humedecerse un segundo.
—A un hombre —dijo—. No diré su nombre. No aún. Pero ese hombre sigue libre. Sigue caminando por las calles. Sigue mirando a niñas como tú.
Lucía sintió un vuelco en el estómago.
—¿Y qué tiene que ver Daniel en todo esto?
Bruno sonrió. Pero esta vez no era una sonrisa de burla. Era triste.
—Daniel es su tío. O algo así. No importa. Lo que importa es que Daniel sabe quién es. Y ha estado protegiéndolo durante años.
—¿Protegiéndolo? ¿Daniel?
—Con su silencio. Con su biblioteca. Con su complicidad. Él no es malo, Lucía. Solo débil. Y los débiles a veces hacen más daño que los malvados.
Lucía negó con la cabeza. No podía creerlo. Daniel, el hombre que la veía crecer, el que le guardaba su rincón, el que le sonreía cada día… ¿cómplice de algo así?
—No te creo —dijo, pero su voz temblaba.
—No tienes que creerme —respondió Bruno, levantándose—. Solo quiero que sepas que yo no soy tu enemigo. El enemigo está mucho más cerca de lo que imaginas. Y cuando lo descubras… vas a necesitar a alguien que te crea.
Sacó un billete de la cartera y lo dejó sobre la mesa, como la otra vez.
—Esto no es teatro, Lucía. Es una advertencia.
Y se fue.
Lucía se quedó sola, con el café frío y la cabeza hecha un nudo. Afuera, el sol seguía brillando. Pero dentro de ella, todo era sombras.
Bruno decía que quería ayudarla. Pero entonces… ¿por qué le daba tanto miedo?
Y por qué, cuando él se fue, sintió alivio.
Como si acabara de esquivar una bala que ni siquiera había visto venir.