"Aitana creció bajo el ruido de los pleitos de fin de semana y el silencio de un abuso que nadie vio; esta es la historia de cómo una niña rota buscó su hogar en manos ajenas, descubriendo que el pasado siempre reclama su lugar bajo la lluvia."
Me llamo Aitana y mi vida se divide en fragmentos. El primero se rompió cuando tenía seis años en el baño de una casa ajena; el último, cuando entregué la llave de mi alma a quien juró protegerme. He vivido entre el ruido de botellas vacías y el silencio de un secreto que me quemaba la garganta. Si buscas una historia de finales felices, sigue de largo; pero si quieres saber cómo se siente amar hasta quedar vacía y cómo se sobrevive cuando tu 'casa' se derrumba, quédate conmigo bajo la lluvia.
si sientes que esta historia no te gusta a favor de solamente dejar de leerla y absténgase a denuncias.
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Refugio de Plomo.
NARRADOR
Tras el estallido del secreto familiar, el aire en la casa se volvió irrespirable. La joven habitaba un espacio que ya no era un hogar; era un predio vacío de afecto, un lugar donde su existencia era una incomodidad silenciosa. En ese vacío absoluto, donde sus padres habían decidido que su dolor no era real, ella hizo lo único que su instinto de supervivencia le dictó: aferrarse a Ricardo. Se aferró a él con una fuerza desesperada, con la convicción de que, si el mundo entero la llamaba mentirosa, él era el único que la amaba. En su mente de diecisiete años, Ricardo no era su maltratador; era su protector, el único que la defendía de todos, incluso de ella misma.
Esa devoción ciega se alimentaba de gestos que ella interpretaba como heroicos. Recordaba una noche oscura, una de esas madrugadas donde el peso de la soledad se vuelve insoportable. Él había terminado con ella y el abismo se abrió bajo sus pies. En un punto de quiebre total, la joven pensó en cortarse las venas, en terminar con el ruido de su mente. Lo llamó. Y él fue. Llegó con un amigo, la sacó de esa casa de silencio y la llevó con él. Para ella, ese acto borró cualquier golpe anterior. "Él vino por mí cuando nadie más lo hizo", se decía, sin entender que el mismo hombre que la rescataba esa noche era quien la hundía el resto del día.
La mudanza a la ciudad donde vivía su madre fue el siguiente golpe. Sus padres se reconciliaban y ella era arrastrada a un nuevo escenario, lejos de la cercanía diaria con Ricardo. La distancia, en lugar de darle perspectiva, aumentó su ansiedad. Su vida se convirtió en una carrera de obstáculos: salir de la escuela, correr a casa de él para mendigar un poco de tiempo e intimidad, y luego viajar para llegar a una casa nueva donde solo la esperaba su abuela y el eco de su propia soledad.
Para mantener el vínculo, Ricardo le regaló un teléfono, un objeto que para ella era una línea de vida y para él, una correa de control. Ella lo ocultaba de sus padres con un celo casi religioso, pero la traición volvió a vestirse de familia. Un día, en la escuela, le confió el aparato a su hermana mayor para ir a comprar algo con Ricardo. Al volver, el teléfono había desaparecido.
— Me lo robaron, Ricardo... te juro que no sé qué pasó —le dijo ella, temblando ante el regaño de él, sintiéndose estúpida y descuidada.
Tiempo después, la verdad se manifestó con una ironía macabra. Su padre, Roberto, apareció con un teléfono idéntico y se lo entregó como si fuera un regalo. Al encenderlo, el corazón de la joven dio un vuelco: era su teléfono. Tenía la misma alarma que Ricardo había configurado, el mismo nombre. Su propia hermana se lo había entregado a su padre. La red de espionaje familiar era total; no podía confiar ni en su propia sangre.
El fin de esa etapa llegó de la forma más violenta posible. Ricardo, sintiéndola ya controlada o quizás aburrido de su entrega total, empezó a distanciarse. Un día no la esperó a la salida de la escuela. Ella caminó hasta su casa, buscándolo, solo para recibir un "se terminó" frente a la puerta. Rota, buscó consuelo en la hermana de Ricardo, pero el verdadero horror la esperaba al volver a su propia casa.
Roberto quería el teléfono de vuelta.
— No te lo voy a dar —dijo ella, con una chispa de rebelión encendiéndose por primera vez—. No es tuyo. Me lo dio Ricardo.
Fue la señal para una carnicería. Roberto, el hombre que debía protegerla, la atacó a golpes para arrebatarle el aparato. La joven se aferró al suelo, a ese piso de cemento tradicional, frío y tosco. En un arranque de furia, su padre la agarró del moño de su cabello y, con una fuerza inhumana, estrelló su cabeza contra el piso. El sonido del cráneo contra el cemento fue seco. El dolor fue un relámpago que le nubló la vista; sintió el mareo, el calor de la sangre brotando de su frente y el vacío del desmayo acechando. Su madre solo gritaba, pero no intervenía. Roberto le arrebató el teléfono de las manos ensangrentadas y se fue, dejándola tirada, mareada y con el alma hecha jirones.
En ese momento, el deseo de morir fue absoluto. Ricardo la había dejado y su padre casi la mata. Sin dinero y con la cabeza rota, huyó. Buscó refugio en la casa de la madre de Ricardo. Allí la curaron, le dieron un techo y le permitieron quedarse. Pero incluso allí, el veneno de la duda la perseguía. La madre de Ricardo le confesó después algo que le dolió más que el golpe en el cemento:
— Él me dijo que lo de tu papá fue mentira... que te hiciste las heridas tú misma para que él regresara contigo porque te había cortado.
La joven escuchaba y sentía que se ahogaba. Ni siquiera su dolor físico era respetado; era convertido en una "táctica de manipulación" ante los ojos de su amado.
Finalmente, la madre de Ricardo, incapaz de mantenerla, llamó a Roberto. Volvió a la casa de la que había huido. En la sala, bajo la mirada inquisidora de su madre, empezaron los reproches: "¿Por qué no te acercas a tu hermana chica?", "¿Por qué haces esto?". Querían que fuera la "hija ideal", la hija perfecta que no tiene traumas, que no tiene cicatrices, que no recuerda los golpes. La presionaban para que borrara su pasado y se convirtiera en un molde vacío que ellos pudieran llenar.
Aislada, golpeada y despreciada por quienes debían amarla, la joven comprendió que su única opción era actuar. Empezó a salir con ellos, a fingir que era la hija que querían, mientras por dentro, la niña de diecisiete años se hundía en un océano de cenizas, esperando el momento en que el mundo, de una vez por todas, la dejara en paz.
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