El desierto no guarda secretos… los entierra vivos.
Bajo la arena de Namhara duermen traiciones, guerras, juramentos rotos… y amores que jamás debieron existir. Aquí, el sol quema la piel, pero es el pasado el que destruye el alma.
Ninoska, princesa del desierto, lo aprendió demasiado tarde.
Descubrió que el peor enemigo no siempre sostiene una espada. A veces… te toma de la mano, te sonríe y te promete amor eterno.
Su compromiso con Dissano no fue una unión real. Fue una prisión. Una jaula construida con control, amenazas silenciosas y sombras que nadie veía… excepto ella. Pero incluso del dolor nació algo imposible de odiar: Coraline.
Una niña de ojos vivos y sonrisa brillante… la única luz capaz de mantener a Ninoska de pie. Y también su mayor condena. Porque en los palacios los niños no son inocentes. Son armas, son llaves, son rehenes disfrazados de ternura.
Y Coraline no es una niña cualquiera.
Coraline es la hija de dos coronas. Su sangre une dos mundos: Namhara y Holaguare.
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Capitulo #10 – Sombras del Desierto
Luego de tantas emociones acumuladas en un desayuno poco habitual, Arthur se encerró en la habitación que le habían asignado, bañada por la luz tenue del mediodía. Una ventana alta dejaba entrar un rayo oblicuo que iluminaba el polvo suspendido en el aire, como si el tiempo, dentro de esas paredes, avanzara más despacio.
El mobiliario era austero: un escritorio de madera oscura, una silla rígida y una jarra con agua olvidada sobre la mesa de noche. Nada más. El murmullo del palacio parecía lejano tras la pesada puerta de madera. Allí dentro solo quedaban él, el escritorio… y una hoja en blanco.
Arthur se sentó frente a la mesa. Sus manos, curtidas por la espada, parecían torpedos al sostener la pluma. Afuera alcanzaba a oír el eco de los pasos de los guardias y el lejano murmullo del mercado que se filtraba desde las murallas, recordándole que la vida continuaba, indiferente al peso que oprimía su pecho.
Extendió el papel. Permaneció unos segundos en silencio. Respir hondo. Tomó la pluma, dudó apenas un instante y comenzó a escribir con letra firme, como si el simple acto de ordenar las palabras pudiera devolverle el control que sentía haber perdido:
“Padre, Madre:
Han pasado semanas desde mi última carta. El camino que me trajo hasta aquí ha sido más duro de lo que jamás imaginé. He visto desiertos que parecen no tener fin, ciudades que respiran polvo y silencio. He luchado junto a hombres que creen que la lealtad se mide en sangre. Nunca había sentido tan de cerca el peso y la amargura de mis errores… ni la fuerza de los lazos que creí haber enterrado.”
Tuvo que hacer una pausa. La pluma titubeó entre sus dedos. Arthur apoyó el dorso de la mano sobre la frente, recordando la mirada desafiante de Ninoska durante el desayuno, la risa ingenua de Coraline… y el orgullo hiriente que aún se interponía entre ellos.
Volvió a escribir, esta vez con un trazo más lento.
“Aquí he encontrado algo que jamás imaginé confesarles. Algo que lo cambia todo.
En estas tierras encontró lo que nunca busqué y lo que menos esperaba. No sé cómo ponerlo en palabras, pero debo ser honesto con ustedes: Tengo una hija. Una niña de mirada clara y risa traviesa que aún no sabe quién soy en realidad.
Se llama Coraline…”
Arthur dejó la pluma a un lado.
El peso de aquella última frase le oprimía el pecho. La tinta, todavía fresca, se corrió ligeramente al rozar el dorso de su mano. Permaneció mirando las letras negras que manchaban el papel, como si fuera una herida abierta… como si se tratara de un enemigo al que no podía derrotar con espada alguna.
Por primera vez en años, sentí miedo de enviar una carta.
Sabía lo que su madre diría. Y podía imaginar, con demasiada claridad, lo que su padre pensaría.
Arthur leyó la última línea una y otra vez. Sus ojos se detenían en el nombre de Coraline, como si temiera que las propias letras lo delataran. Con un suspiro, dobló el papel con cuidado casi militar, alineando cada pliegue como si aquella disciplina pudiera contener el leve temblor de sus manos. Tomó el sello de cera que le habían entregado junto con su alojamiento, acercó la mecha a la llama de la vela y presionó el emblema contra el doblez.
El lacre rojo se expande con precisión impecable. Como si todo estuviera bajo control. Pero no lo estaba.
Dejó la carta sobre la mesa y la observó durante largo rato, con los dedos rozando el sello endurecido. Podía entregarla a un mensajero al caer la tarde… o esconderla para siempre en el fondo de su equipaje. La puerta de la habitación crujió con una corriente de aire. Arthur se giró de golpe, instintivamente, como si hubiera sido descubierto en un acto prohibido.
Nadie entró. Solo el silencio permanecía allí con él. Se recostó en la silla y apartó la mirada. La carta quedó inmóvil sobre la madera, testigo mudo de una decisión que aún no era una decisión.
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El sol de Namhara comenzaba a descender, tiñendo de naranja los muros del palacio. La brisa cálida arrastraba el bullicio del mercado cercano: risas de niños, regateos de comerciantes, el olor a especias. Todo parecía normal. Demasiado normal. Unas voces de alarma rasgaron la calma.
—¡A las armas! ¡Un hombre caído!
Los guardias corrieron hacia el pasillo de servicio que conectaba la entrada principal con los jardines interiores. Allí, bajo la sombra inclinada de la muralla, yacía el cuerpo del soldado Hamid, uno de los más jóvenes de la guardia personal de Said. Tenía apenas veinte años. Su pecho estaba abierto por una sola estocada limpia, mortal. Y sobre la herida, clavado con un hierro oxidado, un pedazo de pergamino áspero. En él, marcó a fuego, el círculo atravesado por dos líneas.
El símbolo de Dissano.
El cuerpo estaba tan cerca del palacio que las ventanas de la residencia real daban directamente a esa esquina. A escasos pasos de donde jugaba Coraline por las tardes. Los murmullos se expandieron como pólvora:
—¿Tan cerca?…
— Entró y salió como un fantasma…
— Nadie lo vio…
—¿Es eso posible?
—¡Hamid está muerto!
La multitud de guardias se abrió al instante cuando apareció Said. El Rey avanzó con el rostro endurecido, sin apartar la vista del cadáver. Se agachó y retiró con cuidado el pergamino, mientras sus ojos verdes brillaban con furia contenida.
— Hamid… — murmuró, cerrándole los ojos con su propia mano.
Odiaba el olor a la sangre. Luego se incorporó y alzó el símbolo, mostrándolo al resto de los soldados. Su voz fue dura, cortante, sin espacio para dudas:
— Dissano no quiere esconderse. Quiere anunciarse. Y lo hace aquí, en mis muros, con la sangre de uno de los nuestros.
Los guardias bajaron la cabeza, algunos con miedo, otros con rabia. Said presionó el pergamino hasta casi romperlo.
— Escúchenme bien: hoy no murió un soldado. Hoy nos declararon la guerra. Y si este hombre cree que puede pasearse por mis pasillos como si fueran suyos… le juro que no verá otro atardecer en Namhara.
Se giró hacia el capitán de guardia, la voz vibrando de cólera.
— Desde ahora, cada puerta se dobla en vigilancia. Nadie entra ni sale sin mi orden. Y si alguien ve ese símbolo de nuevo, lo quiero en mi mano antes de que la arena borre sus huellas.
Ninoska, que había corrido tras escuchar el alboroto, llegó justo en el instante en que Said terminó de hablar. La princesa llegó agitada, con el vestido aún cubierto de polvo por el camino de regreso. El tumulto de soldados la obligó a abrirse paso con empujones hasta que pudo ver el cuerpo de Hamid. No era solo un soldado muerto. Era un aviso, una carta de presentación. Dissano estaba ahí, observando. Y ahora todos lo sabían. El aire se le heló en el pecho. No por la sangre, sino por la cercanía. El cadáver estaba a escasos metros de la ventana del despacho donde Coraline solía dibujar por las tardes.
— Dios mío… — susurró, llevándose una mano a los labios.
Said, con la mandíbula tensa, todavía sostenía el pergamino marcado a fuego. Sus ojos verdes chisporroteaban de rabia.
— Nos dejó esto como una firma. — Gruñó — Como un reto en nuestras narices.
Pero mientras los soldados asentían con miedo, Ninoska se inclinaba sobre el cuerpo. Había aprendido a no dejarse llevar por la primera impresión; los años en las misiones diplomáticas le habían enseñado a buscar donde nadie más miraba. Y al ser una mujer, su atención a los detalles le hacían muy valioso en la observación y análisis… Apartó con cuidado el brazo inerte de Hamid y notó que, en la mano aún cerrada, había algo. Sus dedos temblaban, pero logró abrirle el puño con suavidad. Entre los nudillos rígidos apareció un trozo de tela oscura, desgarrada, con un olor fuerte a cuero y humo. Lo levantó a la luz de la tarde.
— Dijo… — hablo Ninoska en voz baja, pero firme.
El Rey giró hacia ella, todavía encendido en cólera.
—¿Qué es eso?
Ninoska extendió la tela. Una simple vista era un pedazo sin valor, pero en una de sus esquinas había bordado un hilo rojo. Un patrón diminuto, casi invisible: tres puntadas en cruz. Arthur, que había llegado al lugar siguiendo a los guardias, frunció el ceño al verlo.
— No es un simple trozo de ropa — dijo con la voz grave — Es un código. Un distintivo de banda… lo he visto antes en Holaguare.
El murmullo de los soldados se intensificó. Said arrebató la tela y la miró con detenimiento, comprendiendo de golpe lo que su hermana había encontrado.
— Entonces no actuó solo… — murmuró — Dissano tiene hombres dentro de Namhara.
El silencio se volvió aún más pesado que la muerte misma. Ninoska presionó los labios, su mirada fija en la tela oscura. No era un simple aviso. Era la prueba de que el enemigo ya se había infiltrado. Y el palacio, su casa, había dejado de ser seguro. La princesa recuperó y sostuvo el trozo de tela con firmeza, como si aquel pedazo insignificante fuese la llave de todo. Arthur dio un paso al frente, con la calma estudiada de un estratega.
— Mira la fibra — dijo, sin pedir permiso para acercarse— No es lino ni algodón del desierto. Es cuero trabajado en el norte. Solantre…
Ninoska alzó el mentón, sin dejarse intimidar.
—Y crees que eso basta? Dissano no dejaría un rastro tan obvio. Si hay un bordado rojo, es porque alguien quiere que lo veamos. Es un mensaje, no una simple prenda perdida.
Arthur la observó con un destello de orgullo oculto.
— Un mensaje, sí. Pero no para ustedes. Para mí. Esa cruz en rojo es un viejo código de mercados de frontera. Significa “Ya estamos dentro”.
Ninoska arqueó una ceja.
— O significa “estamos más cerca de lo que crees”. Dissano juega con símbolos, no con palabras. Le gusta que el enemigo se pierda interpretándolos.
Él suena apenas, como si aceptara el reto. Arthur sabía que le gustaban los debates intelectuales.
— Entonces estamos de acuerdo: su intención era sembrar confusión. Pero si analizas el ángulo de la estocada en el pecho del soldado… — se agachó junto al cadáver y señaló la herida — …no fue un ataque de frente. Lo tomó por detrás, con precisión militar. Dissano no vino solo: alguien lo atrajo hacia aquí, alguien que conocía la rutina de los guardias…
Ninoska presionó la mandíbula, odiando reconocer que había lógica en sus palabras. Ese era el motivo que en un principio los había unidos… esa admiración por el otro.
— Eso ya lo había notado. Hamid nunca habría bajado la guardia salvo que confiara en quien lo llamaba.
El aire se cargó de tensión. Cada frase era una estocada disfrazada de análisis. El círculo de soldados se veía incómodo, atrapado entre dos inteligencias que parecían buscar derrotarse más que resolver el crimen. Said, con las ojeras marcadas y el gesto endurecido, soltó un bufido que llamó a todos.
—¡Basta! — Tronó, alzando la mano.
Ambos, Arthur y Ninoska, lo miraron en silencio.
— Este no es un mercado para discutir quién regatea mejor la verdad… — Continuó el Rey con la voz ronca — Aquí yace un soldado que juró protegernos y pagó con su vida.
Se incorporó, cansado pero firme, y volvió a guardar el símbolo marcado en su túnica.
— El levantamiento del cuerpo se hará de inmediato. Quiero honores para Hamid al caer la noche. Y ustedes dos… — miró a Ninoska y Arthur con severidad — …Seguirán su debate dentro del palacio. Allí podremos hablar sin manchar la memoria de un hombre con nuestras disputas.
Hizo un gesto a los guardias, que comenzó a preparar una camilla improvisada con lanzas y mantos. Ninoska guardó silencio, aunque sus ojos esmeraldas seguían brillando con rebeldía. Arthur, por su parte, se limitó a cruzar los brazos, como si ya supiera que aquella conversación aún no había terminado. Sin embargo, algo de esa situación le había gustado, en algún nivel habían conectado, aunque fuera para debatir y analizar un simple trozo de tela. El cadáver fue levantado lentamente, y mientras lo cargaban en dirección al patio interior, una idea se clavó en la mente de todos: Dissano no solo había matado a un soldado. Había abierto un juego perverso dentro de las murallas del propio Rey.
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El despacho real estaba envuelto en penumbra. Las ventanas altas dejaban pasar los últimos rayos de la tarde, tratamientos de rojo por el polvo del desierto. Las motas de arena flotaban en el aire como brasas diminutas, atrapadas en la luz. Toda la habitación estaba cargada de un silencio pesado, rota apenas por el crujido del fuego en el brasero. Said permanecía tras su escritorio de piedra oscura, con el símbolo de Dissano sobre la mesa que descansaba como una herida abierta, mientras Arthur y Ninoska se mantenían de pie a cada lado, como dos espadas listas para chocar.
Arthur habló primero, con voz firme:
— Entró por el flanco este, lo sé. El cadáver estaba demasiado cerca de la muralla como para que viniera de afuera. Alguien lo dejó pasar por una puerta interior.
Ninoska bufó, cruzándose de brazos.
—Demasiado sencillo. Dissano no necesita puertas cuando puede escalar. Esa pared tiene grietas antiguas, y Hamid patrullaba esa zona. Lo atrajo hacia la sombra y lo sorprenderá.
Arthur la miró, con una sonrisa apenas perceptible.
—Escalar? Eso sería torpe, dejaría marcas. Yo recorrí esa muralla esta mañana; no hay señales de movimiento.
—¿Y confías tanto en tus ojos? — Replicó Ninoska con dureza — Dissano juega con la mente, no con la fuerza. Si no viste marcas, es porque él no quería que las vieras.
El tono subió de golpe. Said levantó la mano.
—¡Ya basta! — Ordenó — Esto no es un duelo de egos. Hamid está muerto, y necesito respuestas, no orgullo.
Ambos callaron unos segundos, aunque sus miradas seguían encendidas. Fue Ninoska quien retomó primero, bajando apenas el tono.
— Mira el detalle del pergamino clavado en el pecho… — señaló el símbolo sobre la mesa — No fue dejado al azar. Dissano tuvo tiempo de hacerlo, lo que significa que Hamid confiaba en él, al menos por un instante.
Arthur lentamente.
— Sí... confió. Y si confió, es porque escuchó una voz conocida. Alguien dentro del palacio lo llamó.
— Un infiltrado — concluyó Ninoska, cerrando los ojos con amargura.
Arthur la observó unos segundos, y por primera vez su mirada no fue desafiante, sino cómplice.
— Entonces lo sabemos: Dissano no entró solo. Lo ayudaron desde dentro.
Ninoska respiró hondo, consciente de que esa conclusión no habría llegado sin la insistencia de Arthur.
— Y no lo habría deducido sin ti — admitió, aunque su orgullo la obligó a añadir — Pero tampoco tú sin mí…
Arthur arqueó una ceja.
— Eso suena… a empate.
Said se inclinó hacia adelante, golpeando con fuerza la mesa para retomar el control.
—¡Empate o no, esto cambia todo! — exclamó — Tenemos un traidor dentro de mis murallas. Y hasta que lo descubramos, cada hombre de esta corte es sospechoso.
El silencio que siguió fue tan denso que incluso el brasero pareció dejar de crepitar. Ninoska y Arthur intercambiaron una última mirada, ya no de desafío, sino de aceptación. Por primera vez en años, estaban en el mismo bando. Habían podido trabajar como equipo, como en los viejos tiempos. Said mantenía la mano apoyada sobre la mesa, firme, mientras Arthur y Ninoska seguían mirándose como dos piezas que al fin encajaban. Entonces, la puerta del despacho se abrió de golpe. El sonido rebotó contra los muros de piedra como un trueno.
—¡¿Qué demonios está pasando aquí?!
Jhon irrumpió sin esperar permiso, con el polvo del camino todavía pegado en su ropa y el sudor marcándole la frente. Sus ojos marrones, siempre intensos, buscaban desesperados a su hermana.
— Me entero por los pasillos, como un sirviente cualquiera, que un soldado ha caído… ¡a metros del palacio! — Su voz retumbó, tan fuerte que las antorchas titilaron.
Dijo fruncir el ceño, cansado.
— Jhon, cálmate. Estábamos justo discutiendo lo sucedido.
—Discutiendo? — Replicó Jhon, avanzando hasta la mesa y señalando con el dedo el símbolo grabado en el pergamino — ¡Mientras ustedes discuten, ese maldito ya nos está desafiando, en nuestra cara!
Arthur lo observará con frialdad, sin inmutarse por el estallido.
— No solo desafiando — dijo con calma — Se infiltró con ayuda de alguien desde dentro.
Jhon lo miró como si quisiera partirle la mandíbula de un golpe.
—Y ahora tengo que escuchar teorías tuyas? ¿Tú, el que viene de Holaguaré? ¿Cómo sé que no eres parte del mismo juego?
—¡Basta! — Ninoska se interpuso, con la voz firme pero temblorosa de indignación — Arthur tiene razón en algo: Dissano no actuó solo. Y si no lo aceptamos, jamás lo atraparemos.
—¿Lo defiendes? — Jhon la miró con furia y sorpresa, como si sus palabras lo hubieran herido más que el ataque en sí.
La tensión aumentó en un instante. Arthur dio un paso al frente, su voz grave cortando el aire:
— No me interesa tu aprobación. Solo me interesa detener al hombre que acaba de asesinar a uno de los tuyos bajo tu propia nariz.
Los ojos de Jhon chisporrotearon, y sus puños se cerraron, listo para lanzarse.
Said golpeó la mesa con tanta fuerza que los pergaminos saltaron.
—¡Silencio! — Rugió — No voy a permitir que el despacho real se convierta en un circo.
El eco de su voz se expande como un látigo en la penumbra. Poco a poco, Jhon aflojó la tensión de sus hombros, aunque sus ojos seguían clavados en Arthur con rabia contenida. Said respir hondo, volviendo a recuperar el control.
— Jhon, escucha bien: Hamid murió, sí. Y lo hizo aquí, en nuestras murallas. Pero no necesitamos tu ira ahora, necesitamos tu cabeza. Dissano no está jugando solo. Hay un traidor, alguien que conoce nuestras rutinas.
Jhon se quedó helado unos segundos, asimilando las palabras. Su mirada pasó de Said, a Ninoska, y finalmente a Arthur.
—Un traidor… ¿aquí? — Preguntó, con la voz grave y cargada de incredulidad.
El brasero crujió de nuevo, como si respondiera a la pregunta. La arena golpea con más fuerza los postigos de la ventana. Dentro del despacho, todos supieron que el peligro ya no estaba afuera, sino entre sus propios muros. De pronto, un grito desgarrador atravesó los muros del palacio. Una voz femenina, quebrada por el pánico:
—¡¡¡Dijo!! ¡¡¡Dijo!!
Todos se pusieron de pie al mismo tiempo. Ninoska se llevó una mano al pecho, Jhon desenfundó su espada sin pensarlo y Arthur se tensó como un recurso. Said palideció al reconocer aquella voz.
—¡Pamela! — Rugió, saliendo disparado hacia la puerta.
El pasillo se llenó de pasos apresurados y antorchas agitadas. Guardias corrieron en dirección a los apóstoles de la reina, mientras los gritos continuaban, desgarrando la calma sofocante del palacio. Cuando por fin llegaron, Pamela estaba de pie junto a su lecho, temblando, con las manos apretadas contra la boca. Sus ojos estaban desorbitados, fijos en la pared de piedra junto a la ventana abierta de par en par.
— Él… él estuvo aquí… — balbuceaba, la voz rota — ¡Yo lo vi!
Todos siguieron su mirada. Grabado con hollín y carbón sobre la pared, a escasos pasos de la cama real, estaba el mismo círculo atravesado por dos líneas. Pero esta vez había algo más: debajo, escrito con trazos torpes y rápidos, una frase corta:
“Flor del Desierto… ya te encontré.”
Ninoska sintió cómo se le helaba la sangre. Arthur se adelantó un paso, examinando la ventana con ojos entrenados. La cortina ondeaba con el viento nocturno: había entrado y salido por allí.
— No la tocó… — susurró Arthur, volviendo la mirada hacia Said — Pero quiso que supiéramos que podría hacerlo.
Pamela sollozó, hundiéndose en los brazos de Ninoska, que la sostuvo con fuerza. Jhon inspeccionó cada rincón del aposento, con la espada lista, como si todavía esperara encontrar al intruso escondido. Said se quedó inmóvil frente al mensaje, el rostro endurecido en un rictus de furia contenido. La vena de su cuello palpitaba con violencia.
— Entró en mi palacio… en el lecho de mi esposa… — murmuró con la voz ronca, casi inaudible — ¡Y respiró el mismo aire que mi familia!
Golpeó la pared con el puño cerrado, tan fuerte que algunos trozos de hollín se desprendieron y cayeron al suelo.
—¡Juro que arrancaré su vida con mis propias manos!
El silencio posterior se llenó solo con los sollozos de Pamela y el latido ensordecedor del miedo. Dissano ya no era una sombra en los pasillos: era un fantasma que podía entrar en el corazón mismo del palacio, mirar a la reina a los ojos… y dejar su marca.
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La luna ya dominaba el cielo de Namhara cuando el cuerpo de Hamid fue llevado al patio central del palacio. Antorchas rodeaban el lugar, proyectando sombras largas sobre la piedra. Los soldados formaban en silencio, con las lanzas inclinadas hacia el suelo. El joven reposaba sobre una camilla cubierta por un manto blanco. Sobre su pecho habían colocado una rama de olivo seco y una espada rota en dos.
Ninoska sostenía la mano de Coraline, que había insistido en asistir. La niña observaba en silencio, impresionada por la solemnidad que llenaba el patio.
Said avanzó hasta el centro.
— Hamid, hijo de este desierto y guardián de mi casa… tu sangre se ha mezclado con la arena que juraste proteger. Tu muerte no será en vano. El enemigo camina entre nuestras murallas.
Se inclinó y dejó su propia daga real sobre el pecho del joven, un honor reservado a quienes morían en el servicio del trono.
—Lo juro. — Añadió con voz grave — Dissano pagará por esto.
Los soldados golpearon el suelo con sus lanzas tres veces. El estruendo resonó en el patio. Coraline se aferró a la mano de su madre. Ninoska bajó la mirada, manteniendo las lágrimas.
La procesión avanzó hacia las catacumbas entre tumbas cánticas, hasta que el eco de sus voces se perdió en la oscuridad.
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Minutos después, todavía con el peso del funeral en el pecho, Said Reunión a su círculo más cercano en el salón de guerra: un cuarto amplio, con mapas del reino colgados en las paredes, velas encendidas sobre una mesa circular de piedra, y el aire cargado de incienso para ahuyentar malos augurios.
Jhon entró primero, aún con el ceño fruncido y la espada colgada del hombro. Arthur tras llegó a él, observando los mapas con mirada fría. Ninoska tomó asiento junto a su hermano, aunque su mente no podía apartarse de la frase escrita en el aposento de Pamela: “Flor del Desierto… ya te encontré”.
Pamela no estaba. Said había ordenado que permaneciera bajo resguardo en compañía de damas de confianza, aunque su sombra parecía rondar en la sala.
Said se puso de pie, apoyando las manos sobre la mesa. Su voz no dejaba lugar a dudas:
— Ya no es un juego de símbolos. Dissano entró en los apóstoles de la reina. La miro. Y dejó un mensaje.
Golpeó el pergamino con el símbolo y la tela bordada de rojo sobre la mesa.
— Eso significa dos cosas: uno, que tiene hombres dentro del palacio. Y dos, que su objetivo no es el trono… sino mi hermana.
Los presentes se miraron en silencio. Jhon apretó los puños. Arthur clavó los ojos en Ninoska, que sostuvo la mirada con una mezcla de orgullo y miedo.
Said respiró hondo y señaló el mapa extendido.
— Desde este momento, cada guardia, cada sirviente, cada consejero es un sospechoso. Quiero una investigación secreta. Nadie fuera de este círculo debe saberlo.
Se giró hacia Arthur.
— Y tú, extranjero, pese a lo que me duela admitirlo… necesito tu mente. Dissano juega con símbolos que tú conoces y descifras mejor que nadie.
Luego, hacia Jhon.
—Tú encabezarás la guardia interior. Nadie entra ni sale sin tu visto bueno.
Finalmente, posó la mano sobre la de su hermana, en un gesto raro de ternura.
— Y tú, Ninoska… lo quieras o no, eres el blanco. Eso significa que no volverás a caminar sola ni un solo paso en este palacio.
El silencio volvió a caer, pero ya no era de duelo. Era el silencio de una guerra que acababa de declararse en el corazón mismo del desierto.
Esta incluso mejor que la anterior!!!
Me tienes atrapada y con ganas de leer más y saber lo que va a pasar ahora 🤩 con mi tocaya Ninoska 🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩
Ya quiero leer más capitulos
Cuando subes más capitulos?
Espero mucho!