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LA HEREDERA DE LA NIEBLA

LA HEREDERA DE LA NIEBLA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Vampiro / Hombre lobo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 12: EL PERDÓN IMPOSIBLE

La niebla violeta golpeó a la Bruja Original en el pecho.

No fue un golpe físico. Fue un golpe de voluntad. Luna sintió cómo su deseo de proteger a Margaret se transformaba en algo sólido, afilado, imparable. La Bruja retrocedió un paso, y por un instante, su rostro joven y bello se resquebrajó. Debajo, Luna vio algo que no esperaba.

Cansancio.

—Interesante —dijo la Bruja, recuperando el equilibrio—. La Niebla te ha dado más de lo que yo creía. Pero no es suficiente.

Alzó una mano. Del suelo del jardín brotaron raíces negras, gruesas como serpientes, que se enroscaron alrededor de los tobillos de Luna. Margaret gritó. La niebla violeta intentó cortar las raíces, pero éstas eran más rápidas. Más hambrientas.

—La tierra me obedece —dijo la Bruja, acercándose—. Llevo siglos alimentándola con sangre de Herederas. ¿Crees que tu niebla de tres días puede competir con eso?

Luna sintió cómo las raíces le subían por las piernas, apretando, mordiendo. El dolor era agudo, real. Pero no era eso lo que la aterraba.

Era la calma.

Porque mientras las raíces la envolvían, algo dentro de Luna se estaba aquietando. Una voz. No la de Margaret. No la de los Primeros.

La suya propia.

No luches, decía la voz. No sirve de nada. Ríndete. Ocupa su lugar. Descansa.

—No —susurró Luna, apretando los dientes.

¿Por qué no? Estás cansada. Llevas toda tu vida huyendo. De la ciudad. De tu familia. De ti misma. Aquí puedes parar. Aquí puedes dormir.

—No.

Margaret está vieja. Va a morir pronto. Si ocupas su lugar, ella vivirá. Los años que le quedan, los vivirá en libertad. ¿No es eso lo que quieres? ¿Salvarla?

Luna miró a su abuela. Margaret estaba arrodillada en el suelo, con los brazos extendidos hacia ella, los ojos violetas llenos de lágrimas.

—No la escuches —dijo Margaret, y su voz era un ruego—. No es ella quien te habla. Es la puerta. Quiere que elijas. Quiere que te quedes.

—Si me quedo —dijo Luna, y las raíces ya le llegaban a la cintura—, tú sales. Vives.

—Y tú te pudres aquí. Para siempre. Sola.

Luna cerró los ojos.

La voz de la puerta era dulce. Tan dulce. Le prometía descanso. Le prometía paz. Le prometía que todo el dolor que había sentido —la soledad de crecer sin madre, el vacío de perder a Margaret, el miedo de no saber quién era— desaparecería.

Pero entonces recordó algo.

Recordó las once líneas del conjuro. No las palabras. Lo que había sentido al leerlas.

Los Primeros no le habían dado la llave para luchar.

Le habían dado la llave para elegir.

Abrió los ojos.

—No —dijo, y esta vez su voz era firme. Clara. Imparable—. No voy a ocupar tu lugar. No voy a rendirme. No voy a dejarte ganar.

La Bruja Original arqueó una ceja.

—¿Y qué vas a hacer, Heredera? ¿Matarme? No puedes.

—No voy a matarte —dijo Luna.

Y entonces, con un esfuerzo que le desgarró los músculos, levantó la llave de hueso y la clavó en su propia mano.

La sangre brotó caliente y roja. Las raíces negras chillaron —chillaron— y se retiraron como si el hierro fundido las hubiera tocado.

La Bruja Original dio un paso atrás. Por primera vez, en sus ojos apareció algo que no era paciencia.

Incertidumbre.

—¿Qué has hecho?

—Lo que ninguna Heredera había hecho antes —dijo Luna, apretando la herida con la otra mano—. No te he ofrecido mi sangre para alimentarte. Te la he ofrecido para liberarte.

—¿Liberarme? —La Bruja se rió, pero era una risa nerviosa—. Yo no estoy atrapada. Yo soy la dueña de este lugar.

—No —intervino Margaret, poniéndose en pie con dificultad—. No lo eres. Llevas siglos atrapada aquí. Igual que yo. Igual que todas las Herederas. La puerta no es tu prisión. Es tu víctima. Y tú eres la primera prisionera.

El jardín tembló. Las flores blancas se marchitaron. El cielo gris se volvió negro.

La Bruja Original abrió la boca, pero no salió ninguna voz. Solo un sonido. Un gemido. Antiguo. Solitario.

—Yo... —susurró, y por un instante, su rostro joven se desvaneció por completo. Debajo, Luna vio a una mujer mayor. Más vieja que Margaret. Más vieja que los árboles. Una mujer con los ojos violetas apagados y la piel gris como la ceniza—. Yo no pedí esto.

Luna dio un paso hacia ella. La herida de su mano seguía sangrando, pero ya no dolía. Ahora era parte de ella. Un ofrenda. Un puente.

—¿Qué pediste? —preguntó.

La Bruja —la mujer— levantó la mirada. Y en sus ojos apagados, Luna vio algo que no esperaba.

Tristeza.

—Pedí poder —dijo, y su voz era un hilo de humo—. Hace mil años. Fui humana. Una mujer como tú. Los Moretti me prometieron que si abría la puerta, podría salvar a mi familia. Los abrí. Y la puerta me atrapó.

—¿Los Moretti te engañaron?

—Los Moretti siempre engañan. —La Bruja sonrió, amarga—. Me dijeron que sería la reina del valle. En lugar de eso, me convertí en su carcelera. Custodiando una puerta que nunca debió abrirse. Alimentándome de sangre de Herederas que nunca pidieron nacer.

Luna sintió cómo el nudo violeta en su pecho se expandía. No era rabia. No era miedo.

Era compasión.

—¿Por qué no cerraste la puerta? —preguntó.

—No puedo. La puerta me necesita. Sin mí, se abriría del todo. Y lo que hay al otro lado —lo que realmente hay al otro lado— no es un jardín. Es el vacío. El vacío que existía antes de que el mundo tuviera nombre.

Margaret se acercó a Luna. Puso una mano en su hombro.

—Los Primeros te lo dijeron —susurró—. La Bruja Original no es la enemiga. Es otra víctima.

Luna miró a la mujer de ceniza. A la Bruja. A la prisionera más antigua de Cresta Negra.

—¿Qué necesitas? —preguntó.

La Bruja levantó la cabeza. Sus ojos violetas —apagados, viejos, cansados— se encontraron con los de Luna.

—Perdón —susurró—. Necesito que alguien me perdone por todo el daño que he hecho. Para poder soltar la puerta. Para poder... descansar.

El jardín entero contuvo el aliento.

Luna pensó en todo lo que la Bruja había hecho. En las Herederas sacrificadas. En Margaret, atrapada durante semanas. En el miedo, la sangre, la niebla negra.

Y entonces pensó en algo más.

Pensó en una mujer que había sido humana. Que había confiado en los Moretti. Que había abierto una puerta pensando que salvaría a su familia, y que había pasado mil años sola, alimentando un monstruo que ella misma había creado sin querer.

—Te perdono —dijo Luna.

La Bruja parpadeó.

—¿Qué?

—Te perdono. No por lo que hiciste. Por lo que te hicieron.

El jardín se sacudió. El cielo negro se resquebrajó. Y de las grietas, brotó luz. No una luz blanca y fría. Una luz cálida. Dorada. Como un amanecer después de una tormenta.

La Bruja Original comenzó a deshacerse.

No con dolor. Con alivio. Su cuerpo de ceniza se desprendía en fragmentos que flotaban hacia el cielo como mariposas. Sus ojos violetas, los últimos en desaparecer, la miraron con gratitud.

Gracias, susurró. Ahora puedo irme.

—¿A dónde? —preguntó Luna.

A casa. Al lugar de donde vengo. Antes de la puerta. Antes del valle. Antes de todo.

Sus ojos se cerraron. Su cuerpo se deshizo del todo.

Y donde había estado la Bruja Original, solo quedó una flor blanca.

Una sola.

Luna se agachó y la cogió. La flor olía a lavanda. A Margaret. A ella misma.

—Se ha ido —dijo Margaret, con la voz rota—. Realmente se ha ido.

La puerta detrás de ellas —el círculo rojo y palpitante— comenzó a cerrarse. Lentamente. Sin violencia. Como un párpado que se cierra después de una noche en vela.

—Tenemos que irnos —dijo Luna, cogiendo a su abuela del brazo—. Antes de que la puerta...

—La puerta se está cerrando porque ya no la necesita —interrumpió Margaret—. La Bruja se llevó el vacío con ella. Ahora solo es... una puerta. Una puerta normal.

Luna miró el círculo. Las runas se estaban apagando. El rojo se volvía gris. El gris, blanco. Y el blanco, transparente.

Pronto, solo quedó el suelo de piedra.

Y el jardín, sin la Bruja, comenzó a desvanecerse. Las flores blancas se deshicieron en polvo. El cielo gris se enrolló sobre sí mismo como un pergamino.

—Vamos —dijo Luna.

Corrieron hacia el pasillo de niebla negra. Ya no era negra. Era violeta. Violeta brillante. La niebla de Luna.

Atravesaron el umbral.

Y salieron a la cueva.

---

Los tres reyes estaban donde los había dejado.

Viktor, inmóvil como una estatua. Alec, con los puños apretados. Dante, con la mano en el bolsillo de la chaqueta, donde Luna sabía que llevaba la pistola.

Cuando vieron a Margaret, ninguno habló.

Alec fue el primero en moverse. Se acercó a la mujer mayor, temblando, y le ofreció su brazo.

—Señora Morelli —dijo, y su voz era tan suave que Luna casi no lo reconoció—. Bienvenida de vuelta.

Margaret lo miró. Y sonrió.

—Eres igual que tu abuelo —dijo—. Pero con mejores intenciones.

Dante dio un paso al frente. Se quedó frente a Margaret, y por un instante, el hombre del traje negro pareció un niño otra vez.

—Usted me salvó —dijo en voz baja—. En el bosque. Cuando era pequeño. Me dio pan y leche. Y me dijo que me fuera.

—Y te fuiste —respondió Margaret—. Pero volviste.

—Siempre quise volver. Para darle las gracias.

Margaret levantó una mano arrugada y tocó la mejilla de Dante.

—No me des las gracias. Cría a tu hijo para que nunca necesite que una bruja lo salve en el bosque.

Dante asintió. Sus ojos negros brillaron.

Viktor fue el último. No se acercó. No ofreció su brazo. Simplemente inclinó la cabeza.

—Señora Morelli —dijo—. Lamento lo que mi estirpe le hizo.

—No fue usted —respondió Margaret—. Fueron los que vinieron antes. Usted solo ha intentado hacer las paces.

—¿Lo he conseguido?

Margaret lo miró largamente.

—Pregúnteme dentro de cien años.

Viktor sonrió. Era la primera sonrisa genuina que Luna le veía.

—Acepto el plazo.

Luna los miró a todos. A su abuela, viva y temblorosa. A los tres reyes, enemigos durante siglos, unidos ahora por algo que ni siquiera ellos sabían nombrar.

Y sintió cómo el nudo violeta en su pecho se deshacía.

No del todo. Nunca del todo. La Niebla seguía con ella. Pero ya no pesaba. Ahora era parte de ella. Como un músculo. Como un recuerdo.

—Vámonos a casa —dijo.

Y salieron de la cueva.

Afuera, el sol se ponía. El horizonte era naranja y rosa. Y la niebla —la niebla gris de siempre— se retiraba lentamente, como si supiera que ya no era necesaria.

Cresta Negra, por primera vez en setenta años, estaba en calma.

Pero Luna sabía que la calma no duraría.

Porque los Primeros seguían ahí. Y los Moretti seguían siendo Moretti. Y los vampiros y los lobos, por mucho que se esforzaran, nunca confiarían del todo el uno en el otro.

Pero esa era una historia para otro día.

Hoy, solo quería llevar a su abuela a casa.

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Gloria
Buenas noches autor una pregunta esta es una historia poliamorosa , o ella solo tiene en destinado por así decirlo , lo digo por que no me gustan las historias poliamorosas , yo soy más de la pajarera y ya 🤔🤔🤔🤔
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