Matrimonio por conveniencia
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Capítulo 2: La función debe Continuar
Alessandra Valeriano no caminó hacia el altar; marchó hacia él como un general hacia una ejecución. Frente a los trescientos invitados, se paró con la espalda tan recta que parecía hecha de acero.
—Damas, caballeros, accionistas —su voz proyectó una frialdad absoluta a través del micrófono—. El señor Rodrigo ha sufrido un inconveniente médico grave camino a la ceremonia. En este momento está siendo ingresado en el hospital.
Un murmullo de sorpresa recorrió el salón. Alessandra levantó una mano, silenciándolos de golpe.
—La boda se pospone dos semanas, sujeto a los informes médicos oficiales. Sin embargo, la recepción sigue en pie. Disfruten del caviar y el champán. Pero les recuerdo —sus ojos se entrecerraron, escaneando la sala como un láser— que el contrato de confidencialidad que firmaron al entrar sigue vigente. Cero fotografías. Cero videos. Cualquier píxel de mi vida privada que aparezca en redes sociales esta noche resultará en una demanda que dejará a sus tataranietos en la quiebra. César, saca mi auto. Nos vamos a la oficina.
CUARENTA MINUTOS DE MARTIRIO DESPUÉS...
El trayecto a la empresa fue un monólogo de bilis.
Alessandra iba en el asiento trasero revisando correos, mientras César intentaba desesperadamente contactar a "la solución".
—¿Dónde está, César? ¿Viene en tortuga o está esperando a que el universo conspire a su favor?
—Está llegando, señora. Dante es... meticuloso con su apariencia.
—Es un gigoló, César. No es un cirujano cerebral. Solo necesita verse bien y cerrar la boca.
Cuando entraron al piso de la presidencia de *Valeriano Prime*, Alessandra se arrancó el velo y lo tiró sobre una trituradora de papel de diez mil dólares. Se sentó en su trono de cuero negro y miró el reloj.
—Treinta y nueve minutos y cincuenta y ocho segundos. Si no entra en dos segundos, César, tu liquidación será tan corta que...
La puerta se abrió.
No entró un hombre, entró una distracción biológica. Dante no caminaba, se deslizaba con una confianza que rozaba el insulto. Llevaba un traje que costaba lo que el salario anual de un analista junior, y una sonrisa que decía claramente: "Sé exactamente cuánto valgo y no puedes pagarlo".
Alessandra lo escaneó de arriba abajo con la misma calidez con la que un patólogo examina un cadáver.
— Resumen ejecutivo —dijo ella, apoyando los codos en el escritorio—. César dice que eres "divino". Yo solo veo un gasto deducible de impuestos.
Dante se detuvo frente al escritorio, ignorando la silla.
Se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Alessandra hasta que ella pudo oler su perfume: sándalo, bourbon y arrogancia pura.
—Y yo —respondió Dante, con una voz de barítono que vibró en la oficina— veo a una mujer que acaba de ser plantada y está tan desesperada que va a contratar a un extraño para que le caliente la cama frente a sus amigos superficiales.
César Iván se encogió en su esquina, murmurando:
—Dante, por favor, no la hagas enojar... ya tiene un hacha en la mano.
Alessandra ni siquiera parpadeó.
—No quiero que me calientes la cama, Dante. Quiero que firmes un contrato de arrendamiento sobre tu existencia durante los próximos doce meses. Vas a ser el "marido milagro" que despertó del coma con una cirugía plástica total si es necesario.
Dante soltó una carcajada seca y se sentó, cruzando las piernas con elegancia.
—Un año de convivencia con la "Reina de Hielo". Eso tiene un recargo por riesgo laboral. Pero me gusta el desafío. ¿Qué dice el contrato sobre los "servicios adicionales"?
Alessandra le lanzó una carpeta con la fuerza de un disco de hockey.
—Léelo. Pero te adelanto la cláusula de paternidad: si quiero un heredero, pones el material genético, firmas tu renuncia y te esfumas. No quiero un padre, quiero un donante de alta gama.
Dante arqueó una ceja, impresionado por la frialdad de la mujer.
—Vaya... y yo que pensaba que los robots no podían reproducirse. César, tu jefa tiene más huevos que todo el consejo de administración.
César desde su esquina anotó mentalmente:
«Bitácora de supervivencia, día 1: El Gigoló sobrevivió al primer round. Yo todavía no cobré. Riesgo de liquidación: alto»
Alessandra no respondió.
Solo abrío el cajón del escritorio, sacó un contrato virgen y un bolígrafo Montblanc.
Lo dejó sobre el escritorio. Sin mirarlo.