Matrimonio por conveniencia
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CAPÍTULO 2: CLÁUSULAS Y EL PASEO DEL HORROR
Dante dejó la carpeta sobre el escritorio de mármol y sacó una pluma estilográfica que costaba más que el sueldo mensual de César.
Se tomó su tiempo, deslizando la mirada por las páginas con una lentitud exasperante mientras Alessandra tamborileaba sus dedos perfectamente manicurados sobre la mesa.
—El contrato es aceptable —dijo Dante, recostándose en la silla con una sonrisa felina—. Pero le falta una cláusula de realismo. Si queremos que el Consejo y tus "amigos" se traguen que soy el amor de tu vida que despertó del coma por el poder de tu afecto, no podemos dormir en alas separadas de la mansión.
Alessandra arqueó una ceja, su mirada se volvió gélida.
—¿Perdón? Mi casa tiene tres mil metros cuadrados. Hay espacio de sobra para que no tenga que respirar tu mismo aire.
—Las empleadas domésticas hablan, Alessandra. Los chóferes beben. Y César... bueno, César es un libro abierto —Dante ignoró el quejido de indignación del secretario—. Si el servicio nota que el "esposo devoto" duerme en la habitación de invitados, la noticia llegará a la prensa en menos de una semana. Cláusula adicional: Dormiremos en la misma habitación. Todas las noches. Sin excepciones.
Alessandra soltó una carcajada seca, carente de humor.
—¿Estás intentando negociar un acceso a mi cama, Dante? Ahorra energía. No eres mi tipo. Mi tipo tiene que tener, como mínimo, un doctorado y no estar en venta.
—No me interesa tu cama, jefa. Me interesa mi reputación profesional —replicó él, inclinándose hacia adelante, bajando el tono de voz—. Solo digo que, si voy a mentir por ti, lo haré bien. Dormiré en un sofá si quieres, o en el suelo como un perro fiel, pero dentro de esas cuatro paredes. A menos, claro... que la gran Alessandra Valeriano tenga miedo de no poder resistirse a mis encantos en la oscuridad.
César Iván, que estaba bebiendo agua, se atragantó ruidosamente.
—¡Dante! ¡Por el amor de Dios! —exclamó César limpiándose la barbilla—. Señora, no le haga caso, es la arrogancia la que habla.
Alessandra se puso en pie, rodeando el escritorio con la elegancia de un depredador. Se detuvo a centímetros de Dante, lo suficiente para que él pudiera ver el fuego de pura rabia en sus ojos.
—¿Miedo? Dante, he despedido a hombres más brillantes que tú antes de mi primer café. Si quieres dormir en mi habitación, adelante. Pero te advierto: soy sonámbula y tengo una colección de abrecartas muy afilados cerca de la mesilla.
Dante no retrocedió. Al contrario, sonrió más, disfrutando del estallido.
—Acepto el riesgo. Firma aquí, "Cariño".
Alessandra arrebató la pluma y firmó con una caligrafía tan agresiva que casi rasga el papel.
—César, prepara la suite principal. Y dile a seguridad que si este hombre intenta cruzar la línea imaginaria que voy a trazar en el suelo, tiene permiso para usar el taser.
César suspiró, cerrando los ojos.
"Dormir juntos", pensó con horror.
“Mañana tendré que comprar sábanas de seda y un kit de primeros auxilios. Bitácora de supervivencia día 2: se declaró la guerra... Y la factura de reconstrucción viene a mi nombre.”
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Alessandra revisaba su reloj de diamantes mientras caminaba de un lado a otro en el comedor principal. Había ordenado a César Iván que enviara dos camionetas negras a recoger las pertenencias de Dante. Había preparado una cena estricta: salmón al vapor, espárragos y un vino blanco seco que costaba más que un coche compacto. Todo bajo control. Todo clínico.
—¿Dónde está, César? —preguntó al aire, viendo a su secretario organizar unas carpetas en el buffet.
—El señor Dante ya está aquí, jefa. Pero... se niega a bajar a cenar.
Alessandra frunció el ceño.
—¿Se niega? ¿Acaso no leyó la cláusula de obediencia logística?
—Dice que el salmón al vapor huele a hospital y que si va a ser su esposo, no piensa empezar el matrimonio pareciendo una pareja de jubilados a dieta.
En ese momento, Dante apareció en el marco de la puerta. No llevaba el traje de la oficina. Vestía unos jeans oscuros de corte impecable, una camisa negra con los primeros botones abiertos y una chaqueta de cuero que gritaba "problemas".
—Cambio de planes, Alessandra —dijo él, girando las llaves de un deportivo en su dedo—. Nos vamos.
—¿Perdona? He contratado a un chef privado. Siéntate y come tu salmón.
—El salmón puede esperar. Los buitres no —Dante se acercó y, antes de que ella pudiera reaccionar, la tomó por la cintura—. Acabo de ver a dos fotógrafos de *Elite Gossip* merodeando en tu entrada privada. Si nos quedamos aquí encerrados, mañana dirán que la "Reina de Hielo" oculta a su marido porque está desfigurado o porque es un acuerdo comercial. Tenemos que salir. A un lugar público. Donde tengas que sonreír como si realmente me soportaras.
Alessandra intentó zafarse, pero Dante la sujetó con firmeza.
—Suéltame, Dante. No voy a ir a un club a que me tomen fotos como si fuera una adolescente.
—Iremos a una trattoria en el centro. Mucha luz, muchas mesas pegadas y muchos teléfonos listos para Instagram. Es hora de trabajar, jefa.
Treinta minutos después, Alessandra se encontraba sentada en una mesa minúscula de un restaurante italiano ruidoso y abarrotado. Estaba tan cerca de Dante que sus rodillas se rozaban bajo el mantel.
—Sonríe, Alessandra —susurró Dante, inclinándose hacia ella como si fuera a besarle la oreja—. La chica de la mesa cuatro ya nos grabó tres veces. Pareces una estatua de mármol en un funeral.
—Estoy calculando cuántas formas tengo de matarte con este tenedor de postre —siseó ella, manteniendo una sonrisa tiesa que parecía más una mueca de dolor.
—Menos cálculo y más contacto —Dante tomó la mano de Alessandra sobre la mesa. Ella se tensó, sus dedos estaban gélidos—. Tus fans necesitan ver calor.
Dante tomó un trozo de focaccia y lo acercó a los labios de Alessandra.
—Abre, cariño. Hazlo por las acciones de *Valeriano Prime*.
Alessandra lo miró con puro odio, pero vio de reojo el destello de un flash a lo lejos. Lentamente, abrió la boca y aceptó el trozo de pan, sus ojos clavados en los de Dante como si quisiera incinerarlo.
—Buen chico —se burló ella en voz baja después de tragar—. Pero si vuelves a intentar alimentarme como a un hámster, la próxima vez te morderé un dedo.
—Esa es la pasión que buscaba —Dante rió, y por un segundo, el brillo en sus ojos hizo que el corazón de Alessandra diera un vuelco involuntario, algo que ella inmediatamente atribuyó a una posible arritmia por el exceso de carbohidratos.
De regreso en la mansión, mientras subían las escaleras hacia la suite principal, César los seguía con los ojos como platos.
—¿Cómo fue la cena? —preguntó el secretario.
—Fue un éxito —dijo Dante pasando un brazo por los hombros de una Alessandra furiosa—. Tu jefa es una actriz nata. Casi me convence de que no quiere lanzarme por la ventana.
Alessandra se soltó de un tirón al llegar a la puerta de la habitación.
—Entra, Dante. Pero recuerda la línea invisible. Si cruzas al lado derecho de la cama, dormirás en el jardín con los doberman.
César suspiró desde el pasillo.
«Paseó de relaciones públicas. Completado», pensó.
«Y mañana portada en todas las revistas de chismes. Bitácora de supervivencia, día 3: Dios nos pille confesados cuando tengan que compartir el baño».