En el mundo de Avatar: La Leyenda de Aang, donde la paz parecía finalmente establecida, una amenaza resurge desde las sombras: el temido Loto Rojo. Mientras tanto, en la era moderna, una joven fanática revive por milésima vez la historia del Avatar en su tableta, completamente enamorada del príncipe Zuko. Lo que no imagina es que su destino cambiará para siempre cuando una misteriosa luz azul la transporta a ese mismo universo… pero no como espectadora, sino como una poderosa maestra agua.
Ahora, atrapada en Ciudad República, en un cuerpo que no es el suyo y con una nueva vida rodeada de secretos, descubre una conspiración que amenaza con destruir al Avatar Aang y romper el equilibrio del mundo. Al advertir al Equipo Avatar, se ve envuelta en una batalla peligrosa contra enemigos implacables, donde el honor, la lealtad y el amor serán puestos a prueba.
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Sombras en la ciudad
El amanecer en Ciudad República llegó con una suavidad engañosa.
Los primeros rayos de sol atravesaban las cortinas blancas de la habitación, dibujando líneas doradas sobre el suelo pulido. El aire era fresco, y el murmullo lejano del agua seguía siendo ese sonido constante que ahora, poco a poco, comenzaba a sentirse… familiar.
Ella abrió los ojos lentamente.
Tardó unos segundos en recordar.
Luego todo volvió de golpe.
—…No fue un sueño —murmuró, incorporándose despacio en la cama.
Su mirada recorrió la habitación, reconociendo cada rincón de ese lugar que ya no le resultaba completamente ajeno. Se llevó una mano al pecho, sintiendo su respiración agitada, pero más controlada que el día anterior.
—Estoy aquí… de verdad.
Se levantó con cuidado, caminando hacia el espejo.
Se inclinó un poco hacia el reflejo, analizando sus rasgos.
Se quedó en silencio.
—…Ok, esto sigue siendo raro.
Un golpe suave en la puerta la hizo girarse.
—¿Ya despertaste? —preguntó la voz de la anciana desde afuera.
Ella se tensó apenas.
—Sí, abuela… ya voy.
“Abuela.”
La palabra ya no le resultaba tan ajena.
Salió de la habitación y bajó las escaleras, encontrando a la anciana acomodando algunos utensilios en la cocina. El aroma a té caliente y pan recién hecho llenaba el ambiente.
—Siéntate —dijo la mujer sin mirarla—. Debes comer.
Ella obedeció, sentándose frente a la mesa.
El silencio duró unos segundos.
Luego, la anciana habló.
—Ayer estabas… extraña.
Ella tragó saliva.
—Lo sé.
—No recordabas ni tu propia casa.
—…Perdón.
La anciana suspiró, dejando la tetera sobre la mesa.
—No te pedí disculpas. Te pedí una explicación.
Ella bajó la mirada.
—Solo… me sentía confundida. Como si… hubiera olvidado cosas.
No era del todo mentira.
La mujer la observó con atención, sus ojos buscaban algo más allá de sus palabras.
—¿Y ahora estás mejor?
Ella levantó la vista.
—Un poco.
La anciana asintió lentamente.
—Entonces será mejor que recuerdes lo importante.
Ella se tensó.
—Tu nombre.
Ella sintió presión, pero un recuerdo lejano la invadió.
Y entonces… apareció.
Como una chispa encendiéndose en su mente.
—…Sereya.
La palabra salió sola.
Sus ojos se abrieron un poco más.
—Me llamo… Sereya.
La anciana sonrió apenas.
—Bien. Al menos eso sigue en su lugar.
Sereya sintió una extraña mezcla de alivio y desconcierto.
“Así que… ese es mi nombre.”
—Sereya —repitió en voz baja.
—Ahora —continuó la anciana—. También deberías recordar por qué estamos aquí.
Sereya frunció ligeramente el ceño.
—¿Aquí… en Ciudad República?
La mujer asintió.
Hubo un silencio breve.
Y entonces… llegaron los recuerdos de la memoria de Sereya.
No como imágenes completas, sino como fragmentos.
Dolor.
Oscuridad.
Un sonido fuerte.
Metal.
Vidrio.
Frío.
Sereya llevó una mano a su cabeza, apretando los ojos.
—Un… accidente…
La anciana bajó la mirada.
—Sí.
El ambiente cambió.
El aire se volvió pesado.
—Tus padres —continuó con voz más baja—. Murieron en ese accidente.
El pecho de Sereya se contrajo.
Aunque no eran sus recuerdos… el dolor se sentía real.
—Después de eso… —la anciana tomó una taza con manos firmes, aunque sus ojos temblaban—. Tu abuelo no resistió mucho tiempo.
Sereya levantó la mirada.
—Él… también murió.
—Era maestro agua —añadió la mujer—. Como tú.
Silencio.
—Nuestra familia siempre tuvo ese don… pero ahora…
Sus ojos se clavaron en Sereya.
—Solo quedas tú.
El peso de esas palabras cayó sobre ella como una ola.
—La única…
Sereya miró sus manos.
—La única maestra agua de la familia…
Respiró hondo.
—Entiendo.
La anciana asintió lentamente.
—Nos mudamos aquí para empezar de nuevo. Para darte una vida mejor.
Sereya levantó la vista.
—Gracias…
La mujer no respondió, pero su expresión se suavizó apenas.
Después del desayuno, el ambiente se volvió más ligero. Sereya ayudó a recoger la mesa, moviéndose con una naturalidad que la sorprendió.
Su cuerpo recordaba cosas que su mente aún no.
—Voy al mercado —anunció la anciana, tomando una bolsa de tela.
Sereya reaccionó rápido.
—Yo voy.
La mujer alzó una ceja.
—¿Estás segura?
—Sí. Quiero… salir un poco.
La anciana dudó un instante, pero luego asintió.
—Está bien. Compra verduras frescas. Y no te distraigas.
Sereya sonrió levemente.
—Lo intentaré.
Salió de la casa con la bolsa en mano, sintiendo el aire fresco acariciar su rostro.
Ciudad República estaba más viva que nunca.
Los puestos del mercado estaban llenos de colores, aromas y voces. Frutas exóticas, especias, verduras, carnes, telas… todo se mezclaba en una sinfonía caótica y vibrante.
Sereya caminaba entre la gente, observando todo con curiosidad.
—Ok… esto es increíble —murmuró—. Literalmente estoy comprando en Ciudad República…
Se detuvo frente a un puesto de verduras.
—Eh… buenos días.
El vendedor sonrió.
—Buenos días, joven Sereya.
Ella parpadeó.
“¿Me conoce?”
—¿Lo de siempre?
Sereya dudó un segundo.
—Sí… lo de siempre.
“Improvisa.”
Mientras el hombre preparaba la bolsa, Sereya miró a su alrededor.
Y entonces…
Algo llamó su atención.
A unos metros de distancia, entre la multitud, vio a tres hombres vestidos completamente de negro. No era solo la ropa. Era la forma en que se movían.
Demasiado coordinados.
Demasiado silenciosos.
Demasiado… fuera de lugar.
Sereya frunció el ceño.
—¿Quiénes…?
Uno de ellos miró a su alrededor, como asegurándose de que nadie los estuviera observando.
Sereya apartó la vista rápidamente.
Su corazón empezó a latir más rápido.
—Gracias —dijo al vendedor, tomando la bolsa sin siquiera revisar su contenido. Después le pago.
—Que tengas buen día.
—Igualmente…
Sereya se alejó unos pasos, pero no dejó de observarlos de reojo.
Los hombres comenzaron a caminar.
Y algo en su interior le gritó.
“Síguelos.”
Se quedó quieta un segundo.
—No. No. No hagas eso —murmuró—. Esa es exactamente la clase de decisión que hace que los personajes mueran en historias.
Dio un paso atrás.
Luego otro.
Los hombres doblaron una esquina.
Y ella…
Suspiró.
—…Maldita sea.
Comenzó a seguirlos.
A una distancia prudente.
Intentando parecer natural.
Pero claramente no lo era.
—Ok… tranquila… solo camina… no te veas sospechosa…
Chocó con alguien.
—¡Ah! Perdón, perdón.
Siguió caminando.
—Nada sospechosa…
Los hombres avanzaban por calles menos transitadas ahora.
El ambiente cambiaba.
Menos gente.
Más silencio.
Más sombras.
Sereya tragó saliva.
—Esto ya no me gusta…
Pero no se detuvo.
Los hombres se detuvieron frente a un callejón.
Miraron alrededor.
Y entraron.
Sereya se quedó quieta.
Su corazón latía con fuerza.
—Última oportunidad para irte…
Pero sus pies no se movieron.
Respiró hondo.
Y avanzó.
Se acercó lentamente al callejón, pegándose a la pared.
Se asomó apenas.
Oscuridad.
Y figuras moviéndose.
Su pulso se aceleró.
Sereya cerró los ojos un segundo.
Dio un paso dentro del callejón.
Luego otro.
El sonido de sus propios pasos le parecía demasiado fuerte.
Se detuvo cuando escuchó voces.
Bajas.
Susurrantes.
Se inclinó un poco, intentando escuchar mejor.
—…todo está listo…
—…el templo…
—…no podemos fallar…
El corazón de Sereya se detuvo por un segundo.
—¿Templo…?
Sus ojos se abrieron.
Una sensación fría recorrió su espalda.
Algo no estaba bien.
Para nada bien.
Y sin saberlo aún…
Acababa de meterse en algo mucho más grande de lo que imaginaba.