Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
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capitulo 17
A la mañana siguiente, Pablo despertó primero.
El sol entraba suave por las ventanas de la habitación, pintando rayos dorados sobre las sábanas blancas. Podía escuchar los pájaros afuera, el viento moviendo los árboles del jardín, la respiración tranquila de Abril pegada a su pecho.
Sonrió.
No una sonrisa falsa, de esas que usaba en las fiestas o frente a sus compañeros de equipo. Una sonrisa real, quieta, que nacía desde algún lugar profundo que él ni siquiera sabía que existía.
Nunca había sentido paz en su vida como ahora.
No recordaba la última vez que había dormido sin pesadillas. Sin despertar sobresaltado pensando en la voz de su padre gritando, en el golpe seco de un puñetazo, en el silencio helado de su madre mirando hacia otro lado.
Pero ahí, con Abril acurrucada contra él, con su pelo revuelto sobre su pecho y su mano pequeña apoyada en su estómago, todo el ruido del mundo se apagó.
Ella era su paz.
Y él ni siquiera sabía que la estaba buscando.
Abril abrió los ojos lentamente. Sus pestañas se movieron como alas de mariposa. Parpadeó un par de veces, confundida, y luego lo vio a él. Pablo la estaba mirando. Esperando.
Y ella sonrió.
—Buenos días, mi amor —dijo, con la voz ronca por el sueño, pero sus palabras fueron como un hechizo.
Como palabras mágicas para Pablo.
Su corazón se aceleró. Sintió un cosquilleo en el pecho, en las manos, en la punta de los dedos. Podría haber volado.
—Buenos días —respondió él, y la besó.
Fue un beso suave. Tierno. Madrugador. Un "todavía no me voy, todavía no te suelto, todavía no salgo de esta cama".
Abril correspondió al beso con una sonrisa aún pegada en sus labios, y Pablo pensó que si el mundo terminaba en ese instante, no le importaría. Había vivido suficiente.
Bajaron a desayunar juntos.
La mesa larga de la mansión los esperaba con frutas, jugos recién exprimidos y una bandeja de panes que Rita, la empleada, había preparado con esmero. Abril le dio las gracias con una palmada en el hombro y Rita sonrió como si fuera su propia hija.
—Rita está feliz de verte así —le susurró Pablo mientras servía el café—. Se nota que te quiere mucho.
—Rita es familia —respondió Abril con naturalidad—. Lleva conmigo desde que era una niña. Ella y Roque son los únicos que nunca me han hecho sentir sola.
Pablo asintió, sin saber bien qué decir. Él nunca había tenido a nadie así. Ni empleados, ni amigos, ni familia. La palabra "familia" para él significaba gritos, silencios y puertas cerrándose.
Pero no quiso pensar en eso. No ahora.
Abril sacó su teléfono mientras mordía una manzana. Comenzó a escribir. Esperó. Escribió de nuevo. Esperó.
Su frente se frunció.
El ambiente se tensó sin que Pablo pudiera señalar por qué.
—¿Sucede algo, amor? —preguntó, dejando la taza sobre la mesa.
Abril mordió su labio inferior.
—Es Milo —dijo, con la voz más pequeña—. No responde mis mensajes. Creo que me está ignorando.
Pablo sintió una punzada en el pecho. No era celos. O sí. Un poco. Pero también era otra cosa. Era saber que Milo nunca había estado a la altura de ella, y que ella no lo veía. Que ella seguía queriendo a alguien que la hacía daño.
—No pienses en eso, mi amor —dijo, rodeando la mesa para sentarse a su lado—. Si él de verdad te quisiera, estaría feliz por ti.
Abril levantó la vista. Sus ojos estaban húmedos.
—Pero no lo entiendes —insistió ella—. Milo es como mi hermano. Lo quiero mucho. Estuvimos juntos en todo. En los momentos malos, en los buenos. Él ha sido mi roca.
Pablo tomó su mano con cuidado.
—Lo sé, mi amor —respondió, aunque en su interior una voz le decía que Milo nunca fue una roca. Fue una sombra. Alguien que la acompañaba pero no la defendía. Alguien que se bajaba del coche para que nadie los viera juntos.— Pero no todas las personas merecen el amor que uno les da.
Abril lo miró fijo. Sus labios temblaban.
—Él ha hecho mucho por mí —susurró.
—¿Como qué? —preguntó Pablo, y no fue una pregunta cruel. Fue honesta. Quería entender.
Abril quiso responder. Quiso decir "él es mi mejor amigo". Quiso defenderlo. Pero las palabras no salieron. Porque de pronto, sentada en su propia casa, con Pablo a su lado y Milo ignorándola... ya no estaba tan segura de qué había sido real y qué no.
Pablo acarició su mejilla.
—Él no se merece nada de ti —dijo—. Tú eres demasiado para él. Demasiado buena. Demasiado leal. Demasiado hermosa por dentro. Y él lo sabe. Por eso se fue. Porque no puede verte feliz con otro. Porque él nunca fue lo suficientemente valiente para hacerte feliz.
Abril bajó la cabeza.
—Duele —admitió—. Que me ignore duele.
—Lo sé —dijo Pablo, y la abrazó—. Pero el dolor se pasa. Y yo voy a estar aquí. Para lo que necesites. Siempre.
Abril se dejó sostener.
Y mientras sentía el latido del corazón de Pablo contra su mejilla, pensó que tal vez tenía razón. Tal vez Milo nunca estuvo del todo con ella. Tal vez siempre fue a medias.
Pero eso no dejaba de doler.
Afuera, el sol seguía brillando. Los pájaros seguían cantando. La vida seguía.
Adentro, Pablo la sostenía como si fuera el tesoro más frágil y valioso del mundo.
Y Milo seguía sin contestar.