Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 16 – DESPUÉS DEL FUEGO
El amanecer se filtraba por las pesadas cortinas de la habitación con una suavidad dorada, casi tímida, como si el sol supiera que debía entrar en absoluto silencio para no romper el hechizo. La luz tocaba sus cuerpos desnudos, aún entrelazados bajo las sábanas blancas, dibujando una promesa escrita con rayos tibios sobre la piel.
Camila fue la primera en abrir los ojos. Por un instante, permaneció completamente inmóvil, con la respiración contenida, temiendo que al moverse todo se desvaneciera como un sueño demasiado hermoso para ser real. Pero el peso cálido sobre su cintura le devolvió la certeza. Ahí estaba él. Leví, profundamente dormido a su lado, con el brazo rodeándola con la naturalidad de quien protege su tesoro más valioso sin siquiera saberlo.
Deslizó los dedos con una lentitud casi ritual por su pecho, reconociendo cada línea de sus músculos, cada respiración pausada que movía sus costillas. Había una paz nueva en ella, una serenidad que no nacía de lo que habían hecho físicamente, sino de la conexión eléctrica y espiritual que habían sellado. Cerró los ojos un segundo más, queriendo atesorar el aroma de él y la textura de ese momento en su memoria.
Él se movió levemente al sentir el roce de sus dedos. Sin abrir los ojos, Leví esbozó una sonrisa perezosa y la atrajo más hacia su cuerpo, pegándola a su calor.
—¿Dormiste bien? —murmuró con esa voz rasposa y profunda del despertar, que le erizó la piel.
—Como nunca antes en toda mi vida —respondió ella en un susurro, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello.
Se besaron sin ninguna urgencia, con la calma de quienes saben que tienen todo el tiempo del mundo por delante. Ya no hacían falta las palabras explicativas ni las defensas. El lenguaje del cuerpo, mucho más honesto, lo decía todo. Leví le acarició el cabello con una devoción casi religiosa, besando su frente y luego sus labios con una ternura que solo nace después de que el fuego ha consumido todas las dudas.
—Eres mía, Camila —le susurró él contra el oído—. Desde siempre lo fuiste, pero ahora, finalmente, siento que te he encontrado de verdad.
Camila sonrió contra su pecho. El corazón aún le palpitaba con los ecos vibrantes de la noche anterior, pero ya no era el vértigo del miedo, sino la plenitud de la entrega. No se trataba solo de sexo; se trataba de dos almas que, después de años de huida y desencuentros, se habían reconocido sin armaduras.
Pasaron la mañana entre abrazos perezosos y juegos suaves bajo las sábanas, permitiéndose caricias que ya no buscaban descubrir territorio nuevo, sino recordar y celebrar lo que habían hallado.
Después, se ducharon juntos. Entre el vapor denso y el agua tibia, volvieron a reír como los adolescentes que alguna vez fueron, antes de que el mundo les pusiera nombres y cargos importantes. Leví le lavó el cabello con una paciencia infinita, y Camila lo observaba con los ojos entrecerrados, disfrutando de cada mimo como si fuera parte de una coreografía que nunca quisieran terminar.
Bajaron a desayunar a la cocina, inundada de luz. Leví preparó el café mientras ella caminaba descalza por el suelo de mármol, usando únicamente una de sus camisas blancas de hilo, que le llegaba a medio muslo y olía intensamente a él. Camila se sentó en la barra de la cocina, cruzando las piernas con una tranquilidad que nunca antes había sentido en esa casa.
—Nunca imaginé que esto pudiera pasar entre nosotros, Leví —dijo ella, rodeando la taza caliente con ambas manos.
—¿Y qué piensas ahora que está pasando? —preguntó él, apoyándose en la barra frente a ella.
—Ahora... ahora no quiero ninguna otra cosa que no sea esto.
Se miraron en silencio. Fue un instante breve, pero definitivo, uno de esos momentos donde se firman contratos que no necesitan papel. En sus ojos ya no había deseo contenido ni temor al rechazo; solo había pertenencia.
Ese domingo, en lugar de volver a su apartamento o buscar refugio con su tía, Camila se quedó. No lo hablaron, no hicieron planes a largo plazo ni discutieron sobre el futuro. Simplemente, sucedió, como si el tiempo y el espacio hubieran entendido que sus cuerpos ya no sabían estar separados.
Al anochecer, mientras Leví trabajaba en unos documentos en su estudio y ella leía un libro junto a la chimenea, ambos levantaron la mirada al mismo tiempo. No dijeron nada, pero la comprensión fue mutua y absoluta: nada volvería a ser igual en sus vidas. Y por primera vez en mucho tiempo, esa idea no les dio miedo. Les dio esperanza.