El destino de los imperios no siempre se decide en los campos de batalla, bañados en sangre y acero. A veces, el rumbo de la historia se tuerce en el silencio de un pasillo de seda, en el suspiro de un Omega que se niega a ser quebrado y en la mirada de un Sultán que descubre que su mayor conquista no es una tierra, sino un alma.
Dorian no era un regalo. Era una tormenta envuelta en gasa y orgullo. Selim no era solo un monarca. Era un fuego que lo consumía todo. En el corazón del Imperio Otomano, donde las leyes de los Alfas y Omegas son tan antiguas como el mismo Bósforo, un vínculo prohibido está a punto de nacer. Un vínculo que podría ser la salvación del Sultán... o el incendio que reduzca a cenizas su trono.
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Capítulo 9: El Juicio del Pavorreal
El amanecer sobre Constantinopla no trajo la calidez habitual, sino un cielo gris plomizo que amenazaba con una tormenta sobre el Cuerno de Oro. En el Diván Imperial, el corazón político del palacio, el aire estaba tan cargado que los cortesanos apenas se atrevían a respirar. Los visires, generales y embajadores extranjeros estaban alineados contra las paredes de mármol, susurrando sobre el escándalo que había estallado en mitad de la noche.
En el centro de la sala, bajo la mirada impasible de los jenízaros, se encontraba Ibrahim Pasha. Ya no lucía sus galas de seda; vestía una túnica sencilla, y sus manos, las manos que habían firmado el destino de miles, estaban libres pero temblaban imperceptiblemente.
En el trono de oro, Selim permanecía sentado como una deidad de la guerra. A su lado, en una silla de plata ligeramente más baja pero no menos imponente, estaba la Valide Sultan. Y de pie, a la derecha del Sultán, envuelto en una túnica de terciopelo negro que contrastaba con su piel de mármol, estaba Dorian.
Dorian no llevaba joyas, salvo el puñal de marfil que Selim le había devuelto tras limpiarlo de sangre. Su presencia en el Diván era un sacrilegio para la tradición, pero nadie se atrevió a cuestionar al hombre que, según se decía, había sobrevivido a un asesino profesional en la biblioteca real.
—Ibrahim Pasha —la voz de Selim retumbó en la cúpula, fría y cortante como el viento del norte—. Habéis servido a mi padre y me habéis servido a mí durante años. Pero parece que vuestra lealtad tiene un precio que mi tesoro no puede pagar.
Ibrahim se inclinó, su voz aún manteniendo un rastro de esa arrogancia melosa que Dorian tanto odiaba. —Majestad, las acusaciones contra mí son calumnias de envidiosos. Ese... joven extranjero —dijo, señalando a Dorian con un desprecio apenas contenido— ha envenenado vuestra mente con cuentos de hadas y libros de cuentas falsificados. No hay pruebas de mis supuestas traiciones.
Dorian dio un paso adelante. No gritó, no se mostró furioso. Su calma era lo que más aterraba a los presentes. —Las pruebas, Visir, no son cuentos de hadas. Son los gritos de vuestros propios hombres —dijo Dorian, su voz clara y melódica recorriendo cada rincón de la sala—. El asesino que enviasteis a mi habitación anoche no era un mudo, a pesar de vuestro entrenamiento. Antes de que el verdugo del Sultán empezara su trabajo esta madrugada, nos entregó algo muy valioso.
Dorian hizo una señal a los guardias. Dos jenízaros entraron arrastrando un cofre de hierro pesado. Al abrirlo, no salió oro, sino una pila de pergaminos sellados con cera roja: el sello privado del Gran Visir.
—Estos son los registros reales del puerto de Gálata —continuó Dorian, caminando alrededor de Ibrahim como un depredador alrededor de una presa herida—. Los que creíais haber quemado hace tres lunas. En ellos se detalla cómo habéis desviado el diez por ciento de la pólvora del imperio hacia los rebeldes de Anatolia a cambio de diamantes. Diamantes que, curiosamente, encontramos ocultos en el forro de vuestras sillas de montar durante la cacería de ayer.
Ibrahim palideció hasta volverse ceniciento. Miró a la Valide Sultan, buscando un rastro de compasión en la mujer que había sido su aliada, pero ella solo lo miró con el desprecio que se le reserva a una herramienta defectuosa.
—Fuisteis descuidado, Ibrahim —sentenció la Valide—. Creísteis que un omega solo servía para el placer, y no os disteis cuenta de que mientras me hablabais de política, Dorian estaba analizando cada inconsistencia de vuestros informes. Él vio lo que vuestra arrogancia os impidió ocultar.
Selim se puso en pie. Su aura de Alfa inundó la sala, haciendo que los visires de las filas traseras se arrodillaran por instinto. —Habéis intentado asesinar a quien está bajo mi protección. Habéis robado a mi pueblo. Habéis traicionado mi confianza —Selim bajó los escalones del trono hasta quedar frente a frente con Ibrahim—. No habrá exilio para ti, Ibrahim. No habrá una muerte rápida en la oscuridad.
Selim miró a Dorian, un mensaje silencioso de respeto y devoción pasando entre ellos. —Dorian —dijo Selim—, tú descubriste su traición. Tú sobreviviste a su acero. ¿Cuál debe ser su castigo según las leyes de tu tierra?
Dorian miró a Ibrahim. Por un segundo, recordó las cadenas en sus muñecas al llegar, el miedo en los ojos de los otros omegas y la forma en que este hombre lo había tratado como una mercancía. Pero Dorian no buscaba venganza ciega; buscaba justicia poética.
—En mi tierra, Majestad, a los que traicionan a su señor se les quita lo que más aman antes de quitarles la vida —respondió Dorian con una voz que heló la sangre de los presentes—. Quitadle sus títulos. Confiscad sus tierras y repartidlas entre los huérfanos de los soldados que murieron por falta de la pólvora que él vendió. Y luego... dejad que el pueblo vea cómo termina el hombre que creyó ser más grande que el Sultán.
Selim asintió. —Que así sea.
Los guardias agarraron a Ibrahim, quien finalmente perdió la compostura y empezó a suplicar clemencia, gritando que Dorian era un demonio enviado para destruir el imperio. Sus gritos se desvanecieron a medida que lo arrastraban fuera del Diván hacia el patio de las ejecuciones.
El silencio que quedó fue denso. Selim se giró hacia la corte, su mano buscando la de Dorian frente a todos. Ya no era un secreto, ya no era un favor oculto entre sedas. Era una declaración oficial.
—A partir de hoy —anunció Selim—, Dorian no es un habitante del Harén. Es mi consejero personal y el Guardián del Sello Real. Quien le falte al respeto, me lo falta a mí. Quien intente dañarlo, conocerá la misma suerte que Ibrahim Pasha.
La Valide Sultan se levantó y, por primera vez, inclinó la cabeza ligeramente hacia Dorian. Era el reconocimiento de que el omega no era una debilidad para su hijo, sino el arma más poderosa que el imperio había obtenido jamás.
Cuando la sala se vació, dejando solo a Selim y Dorian bajo la inmensa cúpula dorada, la tensión política se transformó en algo mucho más íntimo. Selim atrajo a Dorian hacia él, rodeando su cintura con fuerza, enterrando el rostro en su cuello, inhalando el aroma a lirios y victoria.
—Lo has logrado —susurró Selim, su voz vibrando contra la piel de Dorian—. Has limpiado mi corte de ratas en menos de una semana. Eres aterrador, mi pequeño león.
Dorian cerró los ojos, permitiéndose finalmente relajarse contra el cuerpo sólido del Alfa. —No lo hice solo por vos, Selim. Lo hice por mí. Necesitaba demostrar que no soy una presa.
—Ya nadie se atreverá a pensarlo —replicó Selim, levantando el rostro de Dorian para besarlo con una pasión que quemaba—. Pero ahora que Ibrahim ha caído, el trono está vacío. Y yo no quiero a nadie más sentado a mi lado. ¿Aceptarás ser mi consorte, Dorian? No como un regalo, sino como mi igual ante Dios y ante los hombres.
Dorian miró los ojos ámbar del Sultán. Sabía que el camino por delante sería difícil, que habría más conspiraciones y más guerras. Pero al mirar a Selim, ya no veía a un captor. Veía al Alfa que había aprendido a respetar su mente tanto como su belleza.
—Aceptaré —respondió Dorian con una sonrisa desafiante—, pero con una condición.
Selim arqueó una ceja, divertido. —¿Cuál?
—Que nunca olvidéis que, aunque vos tengáis la corona, yo soy quien decide cómo brilla el oro.
Selim soltó una carcajada llena de amor y deseo, sellando el destino de ambos con un beso que marcó el inicio de una nueva era para el Imperio Otomano. La caída de Ibrahim Pasha fue solo el principio; la leyenda del Sultán y su Omega de Hielo acababa de nacer.
Espero disfruten esta nueva aventura