COMPLETA
Mudarse parecía la única salida.
Para Andrés, Lili y su hijo Santiago, dejar la ciudad no fue una decisión… fue una necesidad. Una casa barata en un pueblo olvidado les ofrecía algo que ya no tenían: tranquilidad.
Y al principio, eso fue exactamente lo que encontraron.
Silencio. Calma. Espacio para empezar de nuevo.
Pero hay silencios que no son normales.
Y hay lugares donde la oscuridad no solo oculta… sino que observa.
Cuando cae la noche, la casa cambia.
Los rincones se vuelven más profundos. Los pasillos más largos. Y lo que no se ve… comienza a sentirse.
No hay monstruos.
No hay presencias.
Solo algo mucho más peligroso:
La mente.
Porque en la oscuridad, cada pensamiento toma forma…
y lo que imaginas… puede volverse real.
NovelToon tiene autorización de karolina oquendo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6 – Lo que no puede ser real
La mañana llegó, pero no trajo alivio.
La luz entraba por las ventanas igual que siempre, iluminando la casa con una normalidad que casi parecía forzada. Todo estaba en su lugar. Nada se había movido. Nada indicaba que algo estuviera mal.
Y aun así… ninguno se sentía tranquilo.
El desayuno fue más silencioso que los días anteriores. No era un silencio cómodo, ni siquiera uno que pudiera ignorarse fácilmente. Era un silencio lleno de pensamientos no dichos, de preguntas que ninguno quería formular.
Santiago evitaba levantar la mirada.
No quería ver a su madre mirando esquinas otra vez.
No quería ver a su padre fingiendo que todo estaba bien.
Y, sobre todo… no quería recordar claramente lo que había visto.
Porque cada vez que lo hacía, algo no encajaba.
La imagen era demasiado nítida.
Demasiado específica.
Eso no era normal.
—¿Dormiste bien? —preguntó Lili de repente.
Santiago tardó un segundo en responder.
—Sí.
Fue una mentira automática.
—Yo también —dijo Andrés, sin que nadie se lo preguntara.
Eso hizo que el silencio se volviera más pesado.
Porque ninguno de los tres sonó convincente.
—
El día avanzó lento.
Demasiado lento.
Santiago intentó distraerse con sus tareas, pero su mente regresaba constantemente a lo mismo. A la calle. A las dos niñas. A esa sensación imposible de explicar.
Y entonces apareció la duda.
No la duda sobre si era real.
Sino algo peor.
—¿Y si me lo inventé?
La idea llegó de forma suave, casi como un alivio.
Porque si era imaginación… entonces no había nada que temer.
Entonces todo tenía sentido.
Entonces él estaba bien.
Repasó la imagen en su mente.
La niña de cabello negro.
Los ojos.
La otra.
La sonrisa.
El estómago.
—
Santiago frunció el ceño.
Ahí.
Ese detalle.
—
El estómago.
—
Algo no encajaba.
¿Por qué había pensado en eso?
No tenía sentido.
No era un miedo que hubiera tenido antes.
No era algo que le diera miedo normalmente.
—
Se quedó quieto.
Pensando.
—
—Eso… no salió de la nada…
—
Sintió un leve escalofrío.
Porque si no lo había inventado completamente…
entonces, ¿de dónde venía?
—
En el segundo piso, Andrés se encontraba frente a su computador, pero no estaba trabajando realmente. Había leído la misma línea varias veces sin procesarla.
Su mente estaba en otro lugar.
No en la historia de la anciana.
No en el pueblo.
Sino en algo más simple.
Más racional.
—
—Esto es estrés.
—
Lo repitió en su cabeza varias veces.
Estrés por la deuda.
Por el cambio.
Por la casa nueva.
Todo encajaba.
Era lógico.
—
Pero entonces recordó algo.
Un pensamiento de la noche anterior.
—
Esa sensación de que alguien lo observaba desde el pasillo.
—
Cerró los ojos un momento.
—
—Eso fue imaginación.
—
Tenía que serlo.
No había otra opción.
—
Porque si no lo era…
entonces nada de lo que creía seguro lo era.
—
Abrió los ojos.
Miró hacia la puerta.
—
Vacía.
—
Normal.
—
Pero no se levantó a cerrarla.
—
—
En la cocina, Lili sostenía una taza entre sus manos.
No estaba haciendo nada más.
Solo estaba ahí.
Pensando.
—
Recordando.
—
La esquina.
—
No había visto nada claramente.
Eso era lo que se repetía.
No había visto nada.
—
Pero había sentido algo.
—
Y eso era lo que no podía explicar.
—
—Estoy exagerando…
—
Lo dijo en voz baja.
—
—Es una casa nueva…
un lugar diferente…
—
Pero la frase no se sentía completa.
—
Porque había algo más.
—
Algo que no quería admitir.
—
Había una parte de ella que no quería mirar directamente hacia ciertos lugares.
—
No porque hubiera visto algo.
—
Sino porque sentía que si miraba demasiado…
podría verlo.
—
—
Esa tarde, Santiago bajó a la cocina.
Se detuvo en la puerta.
Observó a su madre.
—
Por un segundo…
pensó en preguntarle.
—
“¿Viste algo?”
—
Pero no lo hizo.
—
Porque si ella decía que no…
entonces él estaría solo en eso.
—
Y si decía que sí…
entonces sería real.
—
Y ninguna de las dos opciones le gustaba.
—
—¿Necesitas algo? —preguntó Lili sin mirarlo.
—No…
—
Otra vez.
Nada.
—
—
La noche llegó más rápido de lo que esperaban.
O al menos así se sintió.
—
La oscuridad volvió a llenar los espacios.
A hacer que la casa se sintiera más grande.
Más profunda.
—
Santiago estaba en su habitación.
Sentado en la cama.
Pensando.
—
No quería mirar la esquina.
—
Pero lo hizo.
—
Nada.
—
Todo normal.
—
Soltó el aire lentamente.
—
—¿Ves?…
—
Pero justo cuando estaba a punto de relajarse…
—
una idea apareció.
—
Pequeña.
Insistente.
—
—¿Y si no lo imaginé todo…?
—
Santiago tragó saliva.
—
—¿Y si solo… no lo estoy viendo ahora?
—
Su cuerpo se tensó.
—
Miró otra vez.
—
La esquina seguía igual.
—
Pero ya no se sentía igual.
—
Y eso bastó.
—
Se recostó lentamente.
Sin apartar la mirada.
—
Porque ahora entendía algo.
—
No era necesario ver algo…
para sentir que estaba ahí.
—
—
En la habitación principal, Lili apagó la luz.
Se quedó en silencio.
—
No quería pensar.
—
Pero pensó.
—
En la historia.
En la niña.
En la sombra.
—
En la idea de que algo podía estar en la oscuridad…
sin mostrarse completamente.
—
Abrió los ojos.
—
Miró hacia la puerta.
—
Y por un segundo…
—
solo un segundo…
—
pensó que había algo ahí.
—
No lo vio.
—
Pero lo pensó con demasiada claridad.
—
Y eso fue suficiente para que su corazón se acelerara.
—
—
Andrés, en su lado de la cama, no dormía.
—
Miraba el techo.
—
Repitiéndose lo mismo.
—
—No es real.
—
Pero la frase ya no tenía el mismo peso.
—
Porque ahora había una grieta.
—
Pequeña.
—
Pero suficiente.
—
—
La casa permaneció en silencio.
—
Como siempre.
—
Pero dentro de ellos…
—
la duda crecía.
—
Y esta vez…
—
no era sobre lo que veían.
—
Sino sobre lo que creían.