Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
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CAPÍTULO 12
Adriano
La abracé con firmeza.
Alina todavía temblaba.
Podía sentirlo en la forma en que se aferraba a mi camisa, como si soltarme fuera una opción que no estaba dispuesta a considerar.
—Ya pasó —murmuré, acariciando su cabello—. Estoy aquí.
La guié hasta la camioneta con cuidado, abriendo la puerta para ella.
Antes de subir, envié un mensaje rápido a Lucio.
“Quiero a esos tres listos. Que no duerman.”
Cerré la puerta y rodeé el vehículo.
Cuando entré, ella estaba en silencio, mirando al frente.
—¿Quieres ir a comprar lo que necesitabas… o prefieres ir a casa?
Giró apenas el rostro.
—A casa.
Asentí.
—Está bien.
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El trayecto fue silencioso.
Pero no incómodo.
Era ese tipo de silencio donde el cuerpo todavía procesa el miedo.
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Al llegar, no le di oportunidad de caminar.
La cargué.
Sin preguntar.
Sin dudar.
Entré con ella en brazos, como si fuera lo más natural del mundo.
La llevé hasta la habitación, la recosté con cuidado y me senté a su lado.
Le di agua.
Acaricié su cabello.
Esperé.
Hasta que su respiración se volvió lenta.
Hasta que se quedó dormida.
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Tomé un papel.
“Tuve que salir. Es importante. Estoy contigo, incluso cuando no estoy. —A”
Lo dejé donde pudiera verlo.
Y me fui.
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El lugar olía a encierro.
A miedo.
A sudor.
Perfecto.
Los tres hombres estaban atados.
Golpeados.
Despiertos.
Cuando entré…
el silencio se volvió absoluto.
Y luego…
el pánico.
—Eres… eres el monstruo Vassari —dijo el más bajo, con la voz temblorosa—. Te diré todo, pero no me hagas nada.
Sonreí.
Lentamente.
—Ya vas tarde.
No tuve que hacer mucho.
Hablaron.
Todos.
Demasiado rápido.
Un nombre.
Una intención.
Un plan.
—Enrico… —repetí.
Un apellido menor.
Un territorio pequeño.
Pero suficiente para causar ruido.
—Quiere guerra —añadió uno.
Asentí.
—Los débiles siempre la quieren.
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Salí del lugar y marqué.
—No deberías estar con tu esposa en vez de llamarme a esta hora —respondió Alessandro.
—Hay un problema.
Silencio.
—Habla.
—Enrico… intentó tocar lo que es mío.
Pausa.
—Controla un par de barrios en el sur.
—Una cucaracha.
—Sí.
—Y las cucarachas… se multiplican.
El silencio fue suficiente.
—Yo me encargo —dijo finalmente.
—Eso esperaba.
—Hice bien en elegirte.
—Lo sé.
Colgué.
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Pero no era suficiente.
No todavía.
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Conduje directo al edificio de Lucca.
Nadie me detuvo.
Nadie se atrevería.
Entré.
Ascensor.
Último piso.
Puerta.
Un golpe seco.
Se abrió.
Desorden.
Música baja.
Risas que murieron al verme.
Caminé sin prisa hasta su habitación.
Abrí la puerta de una patada.
La mujer que estaba con él se cubrió de inmediato.
Lucca… ni se movió.
Ya sabía.
Siempre supo.
—Te juro que no vuelvo a decir nada —dijo.
Lo miré.
Fijo.
—Estás advertido.
No grité.
No amenacé.
No hizo falta.
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Cuando salí…
seguía molesto.
Pero controlado.
Siempre controlado.
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Antes de entrar a casa, respiré profundo.
No podía llevar eso adentro.
No con ella.
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Alina estaba en la sala.
Con mi nota en la mano.
—Esto no dice nada —dijo apenas me vio.
Me acerqué.
Me agaché frente a ella, apoyando los brazos en la mesa de centro.
—Tenía que resolver algo importante.
La miré.
—¿Cómo te sientes?
—Nerviosa —respondió—. Despierto… y no estás.
Su enojo era válido.
—¿Estás molesta?
—Claro que estoy molesta, Adriano Vassari —dijo, cruzándose de brazos—. Eso fue desconsiderado.
Asentí.
—Tienes razón.
Pausa.
—Pero era necesario.
—¿Qué puede ser tan importante?
Sostuve su mirada.
—Tú.
Silencio.
—Tu seguridad.
Sus ojos cambiaron.
—¿Qué hiciste?
—Nada grave.
Mentira a medias.
—Solo obtuve información… y la entregué a quien corresponde.
Nos quedamos en silencio.
—¿Es verdad…? —preguntó—. ¿Que consigues lo que sea… como sea?
—Sí.
Me puse de pie.
—No pierdo.
Nunca.
—¿Es verdad que han intentado matarte?
—Sí.
—¿Y tu abuelo…?
Asentí.
Levanté la mano.
Mostré mis dedos.
—Estos tres… casi no tienen sensibilidad desde ese día.
—¿Estabas ahí?
—Sí.
—¿Hace cuánto?
—Veinte años.
No esperaba lo que hizo.
Me abrazó.
Sin miedo.
Sin dudas.
—Gracias por decírmelo.
La abracé de vuelta.
Más fuerte.
—Vamos a dormir.
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La besé.
Con calma.
Sin prisa.
Esta vez… sin huir.
Sin miedo.
Sin interrupciones.
Solo nosotros.
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A la mañana siguiente…
desperté con su presencia aún cerca.
Alina estaba recostada, mirando su teléfono.
—¿Qué pasó?
—¿Hablaste con Lucca?
—Sí.
—Se está disculpando.
Cerré los ojos otra vez.
—Bien.
Mi mano descendió por su espalda baja, atrayéndola más hacia mí.
—Todo en orden.