✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️
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Armoton
El sol de la tarde comenzó a ocultarse tras las murallas de arcilla de Kala-Zul, tiñendo el cielo del sur con un tono anaranjado sucio que parecía el reflejo del hierro oxidado. En la habitación número seis de El Telar Roto, la penumbra se había vuelto densa, pero nadie se atrevía a encender una sola vela. El olor a cordero asado del almuerzo ya se había desvanecido, reemplazado por el aroma metálico del aceite de las ballestas y el sudor frío de la espera.
Lin permanecía de pie a un lado de la ventana estrecha, mirando de reojo hacia la calle inferior. Su túnica gris de tejedor estaba empapada en la espalda, no por el calor del sur, sino por la tensión acumulada. Cada pocos minutos, sus dedos grandes y curtidos acariciaban el relieve del diario de Norman bajo su chaleco de cuero viejo. El hormigueo de su palma derecha se había transformado en una vibración sorda, un latido helado que le recorría el brazo como un cable tensado a punto de romperse.
—Se están acercando, capitán —susurró Marcos desde la penumbra de la puerta, con su machete pesado ya desenvainado y apoyado contra su pierna—. El ruido de los cascos de los caballos se detuvo al inicio del callejón. Armoton está estrechando el cerco.
Vetmi estaba sentado en el rincón más oscuro, con las rodillas pegadas al pecho y la manta de lana apretada entre sus manos temblorosas. Sus ojos seguían fijos en la puerta de madera carcomida, esperando ver aparecer la maza de espinas de su hermano mayor en cualquier momento.
—Él sabe que estamos aquí, Lin —murmuró Vetmi con una voz que apenas era un silbido de terror—. Conozco a Armoton. No va a dejar una sola piedra sin voltear en este barrio. Si sus guardias huelen el jabón de cabra que usamos para limpiarnos de las alcantarillas, sabrá que estuvimos abajo.
Ettore se acercó a Vetmi con paso suave, agachándose a su lado con esa sonrisa pícara que parecía desafiar al miedo mismo. Tenía tres saetas pesadas colocadas entre los dedos de su mano izquierda y la ballesta lista en la derecha.
—Tranquilo, príncipe de barro. Tu hermano mayor puede ser todo lo "Verdugo" que quiera en su palacio, pero aquí abajo las paredes son de adobe delgado. Si intenta entrar con esa maza inmensa, se va a quedar atascado en la arcilla antes de que pueda pestañear. Mantén la cabeza baja y déjanos el trabajo sucio a los profesionales.
Lin se giró hacia ellos, su rostro transformándose en esa máscara de piedra que infundía respeto en los cuarteles. Su voz profunda sonó con una fijeza que cortó los susurros de la habitación.
—No vamos a usar la ballesta a menos que sea el último recurso, Ettore. El sonido de una saeta perforando el hierro negro resonará en todo el mercado inferior. Si una patrulla entra a registrar esta habitación, la eliminaremos en absoluto silencio. Marcos, colócate detrás del cortinaje de la izquierda. Ettore, quédate en la sombra del jergón con la daga lista. Yo recibiré al que abra la puerta.
—¿Y yo qué hago, capitán? —preguntó Vetmi, poniéndose en pie con cuidado, buscando una piedra o un trozo de madera en el suelo.
Lin lo miró y, con un movimiento rápido, le entregó una pequeña daga de caza que llevaba oculta en su bota.
—Si el sigilo falla, Vetmi, tu único deber es proteger tu propio cuello. No dejes que te toquen.
El sonido de unas botas pesadas golpeando los escalones de madera de la escalera trasera rompió el silencio de la posada. Eran pasos mecánicos, lentos, cargados con el peso de las armaduras negras de la Guardia de Hierro. Las maderas crujían con un quejido sordo que hacía que el corazón de todos en la habitación seis latiera al ritmo de un tambor de guerra.
Afuera, en el pasillo, la voz ronca de un soldado de Erke resonó con una arrogancia cruel.
—¡Abre las habitaciones, viejo sordo! —rugió el guardia, y se escuchó el golpe seco de una pica contra una puerta vecina—. El Consejero Val dice que los traidores del norte visten con lino marrón y huelen a lodo. Si encontramos a alguien escondido en tus camas, te colgaremos de las murallas de arcilla antes de la cena.
El posadero balbuceó algo incomprensible, sus llaves tintineando con un sonido metálico que se detuvo justo frente a la habitación número seis. El pomo de madera se movió despacio.
La puerta se abrió con un chirrido perezoso.
Un guardia inmenso, vestido con la armadura de placas negras de Yalnizlik y un casco que ocultaba sus facciones, entró en la estancia con la pica de gancho levantada. La luz mortíbola de la tarde se reflejó en el hierro de su peto. Detrás de él, otros dos soldados esperaban en el pasillo con las dagas desenvainadas, bloqueando la salida.
El primer soldado no tuvo tiempo de registrar nada.
En cuanto su bota pisó el suelo de madera, Lin se movió con la velocidad de una ráfaga. Con su mano izquierda, el capitán le tapó la ranura del casco, ahogando cualquier intento de grito, mientras que con la derecha hundió su espada corta directamente por debajo de la gola de la armadura, allí donde la carne del cuello estaba expuesta. El acero entró limpio, cortando la respiración del guardia al instante. El hombre se desplomó hacia adelante, pero Lin sostuvo el peso de su armadura negra con sus propios hombros para evitar que el hierro chocara contra las maderas del suelo.
El segundo guardia, al ver a su compañero caer en silencio, intentó retroceder y sacar su cuerno de bronce para dar la alarma, pero Marcos emergió de detrás del cortinaje como un espectro de piedra.
El ex-cazador veterano le tomó el brazo derecho con un agarre que crujió el hueso y, con un movimiento rápido y ascendente de su machete pesado, le atravesó la garganta de abajo hacia arriba. El soldado soltó un silbido de sangre ahogada, sus ojos abiertos por el shock absoluto antes de que Marcos lo arrastrara hacia el interior de la habitación, cerrando la puerta con el pie de un golpe seco.
El tercer soldado, que se había quedado en el pasillo custodiando la escalera, escuchó el crujido y desenvainó su daga con furia, intentando empujar la madera de la entrada.
—¡Eh! ¡¿Qué pasa ahí dentro?! —gritó el guardia en un susurro alarmado—. ¡Respondan!
La puerta se abrió un palmo. El soldado asomó la cabeza con la daga en alto, listo para matar, pero Ettore ya lo estaba esperando arrodillado en el suelo. El joven arquero no usó la ballesta; se lanzó hacia adelante con su agilidad de gato y le clavó su propia daga de caza en el costado, justo en el espacio donde las placas de hierro negro se unían con el cuero de la axila. El soldado se retorció de dolor, soltando su arma, mientras Vetmi, en un acto de pura valentía, ayudaba a Ettore a meter el cuerpo en la habitación tirando de las botas del soldado caído.
Tres guardias de hierro yacían inmóviles sobre los jergones de paja de la habitación número seis. La carnicería fue hecha, rápida y en un silencio tan sepulcral que los clientes de la taberna inferior seguían bebiendo su cerveza agria sin sospechar nada.
—Rápido —dijo Lin, jadeando levemente mientras limpiaba el acero de su espada con una manta limpia—. El cuarto y el quinto soldado se quedaron abajo vigilando los caballos. En cuanto vean que sus hombres no bajan, Armoton ordenará sitiar el hostal.
Ettore se limpió la sangre de los dedos en su pantalón, volviendo a colgarse la ballesta pesada a la espalda.
—Vaya con el "silencio"… Tres hombres de maza menos en la meseta, capitán. Pero Marcos tiene razón: la greda de este suelo está empezando a oler a hierro caliente. No podemos salir por la escalera del patio.
Vetmi se acercó a la ventana estrecha, mirando hacia los techos de arcilla que se extendían como una constelación de lomas grises bajo la primera luz de las estrellas.
—Los techos, Lin —dijo Vetmi, y su mirada azul reflejó esa misma astucia con la que había abierto la reja de las cloacas—. Kala-Zul está construida de forma que las casas del barrio de los tintoreros se tocan entre sí. Los techos de adobe son planos y están conectados por pasarelas de madera que los obreros usan para secar las madejas de lana. Si saltamos por esta ventana, podremos cruzar el barrio entero por las alturas y salir cerca del mercado de ganado antes de que la Guardia de Hierro note el vacío en la escalera.
Lin miró el espacio estrecho de la ventana y luego miró los cuerpos de los soldados. El plan del príncipe era la única ruta hacia la libertad.
—Marcos, ve primero. Asegura la pasarela. Ettore, ayuda a Vetmi. Yo cerraré la marcha.
Marcos no lo pensó dos veces. Rompió el marco de madera vieja con un golpe silencioso de su codo y se deslizó hacia el exterior, cayendo con la agilidad de un felino sobre la greda templada del techo vecino.
—Está limpio, Lin —susurró el veterano desde el exterior—. El viento tapa el ruido. ¡Vengan!
Vetmi cruzó segundo, ayudado por Ettore. El joven príncipe se movía con una rapidez que demostraba que sus historias de infancia eran reales; conocía el agarre de la arcilla y el equilibrio de las cornisas de su ciudad. Ettore saltó tras él, sosteniendo su ballesta con una mano mientras se deslizaba por la greda.
Lin introdujo la mano bajo su chaleco por última vez, asegurándose de que el diario de Norman estuviera fijo contra su pecho. Sintiéndose fuerte gracias a la marca dorada de su palma, que ahora vibraba con una pulsación de pura adrenalina, el capitán saltó por la ventana, cayendo con un golpe seco junto a sus hombres.
Justo cuando Lin se ponía en pie en el techo de arcilla, un grito que no pertenecía al silencio de la noche retumbó desde el patio inferior de la posada.
Era una voz inmensa, profunda y cargada de una vibración metálica que hizo que las tejas de greda bajo sus botas temblaran.
—¡Soldados! ¡Bajen ahora mismo! —rugió la voz de Armoton desde el patio—. ¡El posadero dice que hombres extraños subieron a la habitación seis con el olor de las cloacas en la ropa! ¡Si no responden en tres segundos, romperé esta madera con mi propia maza!
Lin miró hacia abajo a través del hueco del patio. Armoton, el "Verdugo", estaba de pie en el centro del patio de caballos. Su figura descomunal se recortaba contra la luz de las antorchas de brea, y su maza de espinas de hierro descansaba sobre su hombro derecho. Los dos soldados que se habían quedado en la entrada ya tenían las antorchas encendidas, listos para lanzar el fuego sobre la paja del establo si sus hombres no aparecían.
—¡Nos han descubierto! —susurró Vetmi, su rostro palideciendo de golpe bajo la luna del sur—. Si mi hermano sube y ve los cuerpos, ordenará a los jinetes cerrar los techos del mercado.
—Entonces no le daremos el tiempo de contar los cadáveres, príncipe —sentenció Lin, y sus ojos brillaron con furia—. ¡Corran! ¡Marcos, guía la línea hacia el mercado de ganado! ¡Ettore, cubre la retaguardia!
El grupo inició una carrera desesperada por las alturas de Kala-Zul. Sus botas de lino golpeaban las pasarelas de madera y los bloques de arcilla cocida, levantando un polvo fino que flotaba en el aire de la noche. Detrás de ellos, un estruendo ensordecedor rompió la paz del barrio obrero: Armoton había descargado su maza pesada contra la escalera de madera de El Telar Roto, haciendo que el edificio temblara desde sus cimientos hasta el techo.
—¡¡TRAICIÓN!! —el rugido de Armoton resonó en todas las plazas de la ciudad, un grito de guerra que desató el pánico entre los tejedores—. ¡¡EL BASTARDO ESTÁ AQUÍ!! ¡¡CIERREN LAS MURALLAS!! ¡¡MATEN A CUALQUIERA QUE NO SEA DE AQUÍ!!
Las trompetas de bronce de la Guardia de Hierro empezaron a sonar desde las torres de vigilancia de Kala-Zul, una frecuencia de alerta que encendió las antorchas de todas las murallas de la ciudad. El cerco se había cerrado, y las tres capas grises, junto al príncipe Vetmi, se encontraban corriendo por los techos de greda en medio de una cacería humana donde el Verdugo ya marchaba detrás de sus pasos con el hambre de la muerte misma.
La gran travesía por el alma de Norman había llegado a su punto de máxima tensión. Mientras Lin corría por las pasarelas de madera sintiendo el calor del diario contra su pecho, la noche del sur se llenaba con el brillo de las picas de gancho de los jinetes de Armoton, dejando el destino del grupo suspendido en un hilo sobre el vacío de la ciudad fortificada.