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DOMANDO A LA BESTIA

DOMANDO A LA BESTIA

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Malentendidos / Romance / Completas
Popularitas:5.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?

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capitulo 12

Narrado por: Isabella

El sudor todavía se enfría en mi nuca, un recordatorio punzante de la fuerza de Alexander sobre el tatami. Sus manos... todavía puedo sentir la presión de sus dedos en mis costados, una marca invisible que quema más que cualquier herida física. Me dijo que volviera a mi habitación, que el entrenamiento había terminado, pero Alexander olvida que no soy una de sus armas que se pueden guardar en una vitrina cuando él decide que ya ha tenido suficiente de mí.

Me ducho con agua casi hirviendo, dejando que el vapor empañe los espejos de mi baño de mármol. Al salir, me envuelvo en una bata de seda negra, el mismo color que he adoptado como uniforme de guerra. Me observo el reflejo: mis labios están un poco más rojos, mis ojos más brillantes. El roce de Alexander no me ha roto; me ha despertado.

La mansión está en un silencio tenso esta tarde. Alexander se ha encerrado en su despacho con Miller y otros tres hombres que parecen salidos de una pesadilla de hormigón. Sé que algo está pasando. El ataque al perímetro no fue un hecho aislado; fue un tanteo, una caricia de muerte antes del golpe final.

Bajé las escaleras con el sigilo que Miller me ha estado enseñando. No iba hacia la cocina, ni hacia el jardín. Iba hacia el cuarto de vigilancia, una habitación pequeña y oculta detrás de la biblioteca que Alexander cree que no conozco. La descubrí hace dos días, observando a través de las rendijas de los libros mientras él daba instrucciones.

La puerta no tiene cerradura electrónica; Alexander confía en que nadie se atreve a desobedecer la "Regla número cinco". Pobre Alexander. Sigue pensando que soy la niña que lloraba por su padre, cuando en realidad soy la mujer que ha aprendido que la información es el único escudo real en este lugar.

Entré en la sala. Las pantallas de monitoreo parpadeaban con imágenes en blanco y negro de los jardines, los pasillos y la entrada principal. Me senté frente a la consola principal, mis dedos temblando ligeramente mientras buscaba en los archivos de audio recientes. Gracias a las clases de informática que mi padre me obligó a tomar, no me costó mucho saltar la seguridad básica.

—...Varga no va a esperar a la próxima semana, Alexander —la voz de Miller surgió de los altavoces, distorsionada pero clara—. Tienen un topo en el puerto. Saben que el cargamento de mañana es tu única forma de financiar la defensa.

—Que lo intenten —la voz de Alexander era un trueno gélido—. Estaré allí personalmente. No quiero que Isabella sepa nada. Si algo me pasa, asegúrate de que el fideicomiso se active y sácala del país inmediatamente.

Sentí un vacío en el estómago. "Si algo me pasa". La idea de Alexander, de esa mole de músculo, cicatrices y tormentas, dejando de existir, me provocó un dolor físico. No era solo por mi seguridad; era por él. Por el hombre que anoche me besó como si yo fuera su última esperanza de redención.

De repente, una de las pantallas captó mi atención. En el límite del sector sur, cerca de la vieja casa de botes que da al río, vi una sombra. No era uno de nuestros guardias. Los guardias de Alexander caminan con una rigidez militar; esta sombra se movía con la fluidez de una serpiente. Llevaba algo en la mano: un dispositivo que brilló bajo la luz de la luna.

—Están aquí —susurré.

Mi primer instinto fue correr al despacho y gritárselo, pero me detuve. Alexander me enviaría a mi habitación bajo llave y no me dejaría salir en un mes. No me escucharía. Me trataría como a una carga.

Recordé lo que me dijo en el gimnasio: "Tus enemigos no te pedirán permiso antes de romperte el cuello".

Fui a mi habitación y me puse ropa oscura: unos vaqueros ajustados, una sudadera negra y las botas de cuero que mi padre me regaló. Abrí el cajón de mi mesilla y saqué el pequeño estilete de plata que había escondido bajo mi ropa. No era un arma de guerra, pero tenía el filo suficiente para causar daño.

Salí por la ventana del primer piso, usando la hiedra que cubría la pared de piedra. El aire nocturno era gélido, cargado con el olor a tierra mojada y a peligro. Me moví entre las sombras de los árboles, con el corazón martilleando en mis oídos como un tambor de guerra.

Llegué a la casa de botes. El lugar estaba en ruinas, un vestigio de una época en la que la familia Thorne todavía sabía lo que era el ocio. Escuché voces bajas provenientes del interior.

—...Alexander no se lo esperará. Pondremos las cargas en los cimientos del ala oeste. Si no muere en la explosión, morirá entre los escombros.

Sentí una oleada de furia pura. Querían destruir su hogar. Querían matarlo mientras dormía. Me asomé por la ventana rota. Había dos hombres, vestidos de gris, colocando cables negros en las vigas principales. Parecían profesionales, pero estaban confiados.

Vi una palanca de hierro apoyada contra la pared exterior. La tomé con ambas manos, sintiendo el frío del metal. No pensé. No analicé. Solo sentí la necesidad visceral de proteger lo que es mío. Porque Alexander, con todas sus sombras y sus reglas, es mío.

Entré en la casa de botes con un estruendo. Los hombres se giraron, sorprendidos, pero no fueron lo suficientemente rápidos. Usé la palanca para golpear la mano del que sostenía el detonador. El sonido del hueso rompiéndose fue seco y satisfactorio.

—¡Es la chica! —gritó el otro, lanzándose sobre mí.

Recordé el entrenamiento de Miller. Usa tu peso. No luches contra su fuerza, úsala a tu favor. Me agaché, dejando que su impulso lo llevara hacia adelante, y le propiné un codazo en la boca del estómago. El hombre se dobló, gimiendo, pero logró agarrarme del brazo, tirándome al suelo.

Forcejeamos en la oscuridad. El olor a sudor y tabaco barato del atacante me daba náuseas. Me inmovilizó contra el suelo de madera podrida, sus manos apretando mi cuello. Sentí que el aire me faltaba, que el mundo empezaba a oscurecerse.

—Varga se divertirá mucho contigo antes de matarte —siseó en mi oído.

En ese momento, la puerta de la casa de botes saltó de sus bisagras con la fuerza de un huracán.

Alexander entró como un demonio surgido del infierno. No llevaba su abrigo, solo su camisa negra, con las mangas arremangadas y los ojos inyectados en sangre. En un movimiento que apenas pude seguir con la vista, agarró al hombre que estaba sobre mí y lo lanzó contra la pared con tal fuerza que la madera crujió.

El otro hombre intentó sacar un arma, pero Alexander fue más rápido. Le propinó un golpe en la mandíbula que lo dejó inconsciente en el acto. Se giró hacia el que me había atacado primero y empezó a golpearlo con una ferocidad ciega, una violencia que no tenía nada de táctica y todo de instinto protector.

—¡Alexander, basta! —grité, gateando hacia él—. ¡Lo vas a matar!

Él se detuvo con el puño en el aire. Sus nudillos estaban cubiertos de sangre y su pecho subía y bajaba con violencia. Se giró hacia mí, y por un segundo, no vi al hombre. Vi a la verdadera Bestia, aquella de la que todos huían. Sus ojos no tenían pupila, eran solo dos pozos de furia gris.

Caminó hacia mí y me levantó del suelo con una brusquedad que me hizo soltar un pequeño gemido. Me revisó la cara, el cuello donde todavía se marcaban los dedos del atacante, y sus manos temblaban de una forma aterradora.

—¿En qué demonios estabas pensando? —rugió. Su voz no era humana; era un sonido roto, cargado de un terror que intentaba ocultar con rabia—. ¡Podrías haber muerto! ¡Te dije que te quedaras en tu habitación!

—¡Iban a poner bombas, Alexander! —le grité de vuelta, agarrándolo por las solapas de la camisa—. ¡Iban a matarte! ¡Nadie los vio en las cámaras más que yo!

Él me pegó contra su cuerpo, enterrando su rostro en mi cuello, apretándome con tal fuerza que casi no podía respirar. Sentí su corazón latiendo salvajemente contra el mío, una sincronía perfecta de miedo y alivio. La tensión sensual que siempre nos rodeaba mutó en algo mucho más oscuro y potente en medio de la violencia y la adrenalina.

—Eres una estúpida —susurró contra mi piel, sus labios rozando mi oreja—. Una estúpida valiente y hermosa que me va a volver loco.

Me apartó un poco para mirarme. Sus ojos ya no eran solo de furia; estaban llenos de una necesidad desesperada. Sin decir una palabra, me tomó de la nuca y me besó. Fue un beso que sabía a sangre, a sudor y a una posesión absoluta. No fue un beso de amor; fue un beso de supervivencia. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis glúteos a través de los vaqueros, pegándome a su erección que estaba tan tensa como su mandíbula.

En medio de la casa de botes en ruinas, rodeados de dos hombres inconscientes y cables de explosivos, la sensualidad estalló con una fuerza incontrolable. Alexander me subió a una de las mesas de trabajo antiguas, abriendo mis piernas para encajarse entre ellas. Sus manos subieron por debajo de mi sudadera, tocando mi piel desnuda con una urgencia que me hizo soltar un gemido ronco.

—Alexander... aquí no... —traté de decir, pero mi cuerpo estaba respondiendo a cada uno de sus toques.

—Aquí y ahora —respondió él, su voz vibrando en mi pecho—. Porque hoy casi te pierdo. Y porque necesito recordarte quién es el dueño de cada centímetro de tu cuerpo.

Me besó de nuevo, bajando por mi cuello hasta llegar al nacimiento de mis pechos, mientras sus manos desabrochaban con torpeza mis vaqueros. El contraste entre el peligro exterior y el incendio que ardía entre nosotros era una droga poderosa. En ese momento, Alexander no era mi guardián ni yo su protegida; éramos dos animales marcados por la tragedia buscando una forma de sentirnos vivos entre las ruinas.

Pero justo cuando el contacto se volvía más íntimo, el sonido de las radios de seguridad de sus hombres empezó a sonar fuera. Las luces de las linternas se acercaban.

Alexander se detuvo, apoyando su frente contra la mía. Estaba sudando, sus ojos todavía nublados por la pasión y la furia. Me ayudó a ajustarme la ropa con una delicadeza sorprendente, borrando con su pulgar una lágrima que se me había escapado.

—Vete con Miller —dijo, su voz recuperando la autoridad de piedra—. Ahora mismo. Y si vuelves a salir de esa casa sin mi permiso, te juro que yo mismo te pondré las cadenas.

—Ya las llevo puestas, Alexander —le dije, mirándolo fijamente—. Son tus manos.

Me escoltaron de vuelta a la mansión en un silencio absoluto. Al entrar en mi habitación, Miller cerró la puerta y escuché el sonido metálico de la llave girando. Pero esta vez no me importó.

Me acosté en la cama, todavía sintiendo el calor de Alexander en mi piel y el sabor de su rabia en mi boca. Había salvado su vida, pero al hacerlo, había entregado la mía por completo. Ya no había vuelta atrás. Las reglas habían muerto en la casa de botes, reemplazadas por algo mucho más peligroso que cualquier bomba de Varga.

La Bestia sabía que yo era su debilidad, y yo sabía que él era mi único refugio.

Esto apenas comenzaba, y mientras el sol empezaba a asomar por el horizonte, supe que la próxima vez que Alexander y yo nos encontráramos, no habría mesas de madera ni guardias que nos detuvieran. El incendio estaba fuera de control, y yo estaba dispuesta a arder hasta quedar convertida en cenizas.

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Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Te da miedo enamorarte y no lograr protegerla de ti mismo 🤣, esta muy buena 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Hay bestia, tu serás el domado por Isabella, estas muy seguro de que ganarás 🤣👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Tanto miedo le tienes a Isabella que no quieres ni que te mire, eres un blanducho no mas 🤣👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Tu derribaras las barreras de ese corazón de hielo 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Comenzó muy buena, pero triste para Isabella, ciando se entere 👏👏👏
Edith Hernandez
muy bonita la novela
Ivis Medina
muchas cosas no tienen sentido pero aquí de paso, como va a dejar una carta el Marcus protegiendo al fénix ? el fénix no existía antes de su muerte,
Ivis Medina
muchas cosas no tienen sentido pero aquí de paso, como va a dejar una carta el Marcus protegiendo al fénix ? el fénix no existía antes de su muerte,
Susy
Excelente historia me encantó♥️♥️♥️
Susy
Que capítulo 😈
Susy
Triste 😔
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