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MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Amor eterno / Romance
Popularitas:131
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2: El Psicoanálisis (La Cafetería)

El Psicoanálisis era exactamente como Andrés lo había descrito. Y exactamente como yo lo había temido.

El local ocupaba el bajo de un edificio antiguo en el barrio de Gracia, con una fachada de ladrillo visto y un letrero de neón rosa con la forma del diván de Freud. Las paredes interiores estaban empapeladas con páginas de antiguos manuales de psicopatología. Las lámparas eran frascos de tinta Rorschach convertidos en casquillos. La barra, una mesa de disección de acero inoxidable.

Y el barista, un tipo delgado con gafas de pasta y tatuajes de manchas de tinta en ambos antebrazos, nos recibió con un "Bienvenidos al subconsciente. ¿Qué trauma quieren beber hoy?".

—Esto es insoportablemente maravilloso —murmuré.

—Lo sé —dijo Andrés, guiándome hacia una mesa junto a la ventana—. Da vergüenza ajena y orgullo propio a partes iguales. Es mi sitio favorito.

Nos sentamos. Él pidió un "Complejo de Edipo" (espresso con leche de avena y un toque de canela, servido en una taza con forma de esfinge). Yo pedí un "Ello, Yo y Súper Café" (café solo, intenso, sin azúcar, con una galleta de la fortuna que, según el barista, contenía un aforismo de Carl Jung).

—¿Y bien? —dije, rompiendo la galleta y extrayendo el papelito—. "Nadie se ilumina fantaseando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad". Jung. Qué oportuno.

—¿Por qué oportuno?

Porque estoy sentada frente a un espécimen con jersey de cachemir que huele a cedro y éxito profesional, y mi oscuridad interior está fantaseando con despeinarle el pelo meticulosamente despeinado. Eso pensé. Esto dije:

—Porque el café está decente. Pagamos a medias.

—Eso significa que no es suficientemente bueno para el libro firmado.

—Significa que es decente. Ni más ni menos. Los psicólogos valoramos la precisión semántica.

Andrés sonrió. Otra vez. Ya llevaba tres sonrisas en menos de una hora. Estaba batiendo récords de activación de mi sistema simpático.

—Hábleme de esos artículos académicos —dijo, dando un sorbo a su Complejo de Edipo—. ¿Sobre qué escribe, doctora Núñez? Aparte de ANOVA y gráficas aburridas.

—Percepción interpersonal. Microexpresiones. Cómo interpretamos las señales no verbales en contextos de cortejo.

—O sea, cómo saber si le gustas a alguien sin preguntárselo.

—O cómo saber si te está mintiendo cuando te dice que le gustas.

—Cínico.

—Científico.

—¿Y funciona?

—¿El qué?

—Eso de leer microexpresiones. ¿Puede mirarme ahora mismo y saber qué estoy pensando?

Apoyé la taza sobre la mesa. Lo miré. Sostuve su mirada durante cinco segundos exactos. Sus pupilas estaban ligeramente dilatadas (luz ambiental constante, descartado efecto lumínico). Su postura era abierta, torso orientado hacia mí, manos visibles sobre la mesa (señal de no amenaza, disposición a la conexión). Su sonrisa era asimétrica, con una elevación milimétricamente mayor en la comisura izquierda (sonrisa genuina, no social). Su frecuencia de parpadeo era estable, quizá ligeramente inferior a la media (atención focalizada).

—Está pensando —dije lentamente— que esto es un juego. Y que le gusta jugar.

—No se equivoca.

—Y está pensando también que yo estoy analizando cada uno de sus gestos, lo cual le divierte y le inquieta en igual medida.

—Tampoco se equivoca.

—Y está pensando —añadí, inclinándome ligeramente hacia delante— que le gustaría saber si estoy analizándolo porque me interesa clínicamente o porque me interesa... de otra manera.

Silencio. Esta vez no era el silencio tenso de la sala de conferencias. Era un silencio más cálido, más denso, como el aire antes de una tormenta de verano.

—Eso también es correcto —dijo Andrés, y su voz era más grave que antes—. ¿Y bien? ¿Qué le dice su análisis?

—Mi análisis me dice que debería tener cuidado. Los publicistas son expertos en crear necesidades donde no las hay.

—Y los psicólogos son expertos en encontrar problemas donde quizá solo hay... posibilidades.

Touché. Otra vez.

El barista apareció con la cuenta. La dejó sobre la mesa junto con dos chocolatinas envueltas en papel dorado. "Cortesía de la casa. Son Complejos de Inferioridad. Chocolate negro con sal marina. Ayudan a aceptar las propias limitaciones."

Cuando se fue, Andrés sacó su cartera. Yo saqué la mía. Pagamos a medias, tal como habíamos acordado. El ritual de la cuenta nos dio a ambos una excusa para apartar la mirada, para recuperar el aliento, para fingir que no acabábamos de coquetear como dos adolescentes con máster.

—Doctora Núñez —dijo Andrés mientras guardaba la cartera—. ¿Puedo serle sincero?

—Depende. ¿Es una sinceridad de publicista o una sinceridad de espécimen con modales?

—De las dos. Hay una razón por la que investigué su perfil antes del taller.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—Me gusta leer. Mucho. Sobre todo antes de dormir. Hay una plataforma que se llama Noveltoom. ¿La conoce?

El mundo se detuvo.

Literalmente. El zumbido de la nevera de la cafetería desapareció. La conversación de la pareja de la mesa de al lado se convirtió en un murmullo ininteligible. El latido de mi corazón, en cambio, se amplificó hasta retumbar en mis tímpanos como un tambor de guerra.

—La conozco —dije, y mi voz sonó extrañamente lejana, como si perteneciera a otra persona—. Vagamente.

—Hay una escritora allí. Firma como V. Núñez. Escribe novelas románticas. De las buenas. De las que tienen frases como "sus ojos eran dos océanos donde naufragar voluntariamente".

Mierda. Mierda. Mierda al cubo. Mierda elevada a la enésima potencia.

—Suena... cursi —conseguí articular.

—Lo es. Terriblemente cursi. Y maravillosamente adictiva. La leo cada noche. Dejo comentarios. Soy su fan número uno, creo. Mi nick es MrBrightside_Ads.

El suelo se abrió bajo mis pies. Metafóricamente. O quizá literalmente. Ya no estaba segura de nada.

—Qué... curioso —dije, aferrándome a mi taza vacía como a un salvavidas—. ¿Y por qué me cuenta esto?

Andrés se inclinó hacia delante. Sus ojos color avellana con motas doradas brillaban con una mezcla de diversión y algo más profundo, algo que no supe identificar.

—Porque cuando leí su biografía profesional antes del taller —dijo—, vi su nombre. Valeria Núñez. V. Núñez. Y pensé: "Qué coincidencia más curiosa". Luego la vi hablar. La vi gesticular. La vi fruncir el ceño cuando algo no le cuadraba. Y reconocí esa voz narrativa. Esa ironía. Ese cinismo que se derrite en ternura cuando cree que nadie la observa.

—Eso es... una especulación muy aventurada.

—¿Lo es?

Sostuvo mi mirada. Esta vez no había juego. No había coqueteo. Había una curiosidad genuina, casi tierna, que me desarmó por completo.

—Doctora Núñez —dijo, bajando la voz—. Si usted es V. Núñez, quiero que sepa que "Veinte Maneras de Enamorarte (Sin Morir en el Intento)" me ayudó a superar una ruptura muy jodida el año pasado. La leí tres veces. Lloré en el capítulo catorce. Y le dejé un comentario que decía: "Esta escena es material de archivo clínico, pero quiero más".

Lo recordaba. Recordaba ese comentario. Lo había leído a las dos de la madrugada, con Schrödinger ronroneando sobre mi teclado, y me había hecho sonreír como una idiota durante diez minutos seguidos.

—Y si no es usted —continuó Andrés—, entonces he quedado como un completo imbécil delante de una psicóloga especializada en microexpresiones, y probablemente debería buscar un agujero donde esconderme para el resto de mi existencia.

El barista pasó a recoger las tazas. Le dedicó a Andrés una mirada de complicidad masculina que significaba "ánimo, colega, la estás cagando con estilo".

Yo respiré hondo. Una vez. Dos veces. Tres veces. En terapia cognitivo-conductual lo llamamos "respiración diafragmática para la regulación emocional". En la vida real lo llamamos "no te desmayes, Valeria, que el suelo está sucio".

—Andrés —dije, y fue la primera vez que usaba su nombre sin el apellido—. Tengo una confesión que hacerle.

—Soy todo oídos.

—Sí. Soy V. Núñez. Escribo novelas románticas cursis en Noveltoom. Y usted, MrBrightside_Ads, es mi lector más fiel. El que corrige mis besos anatómicamente imposibles. El que pone corazones rojos en cada capítulo. El que, sin saberlo, me ha estado escribiendo durante ocho meses.

Los ojos de Andrés se abrieron. Su boca se curvó en una sonrisa que no era AU6 ni AU12 ni ninguna unidad de acción facial codificable. Era simplemente la sonrisa de alguien que acaba de encontrar un tesoro enterrado en el jardín de su propia casa.

—Joder —dijo.

—Joder —asentí.

—Esto es...

—Un desastre. Un completo desastre metodológico. No hay forma de controlar las variables.

—O es el mejor argumento para una novela que he visto en mi vida.

—Eso también.

Nos quedamos en silencio. El barista, desde la barra, puso una canción de los Smiths. "There Is a Light That Never Goes Out". Por supuesto. Porque el universo tiene un sentido del humor ridículo.

—Doctora Núñez —dijo Andrés finalmente—. Valeria. ¿Qué hacemos ahora?

—No lo sé —respondí, y era la primera vez en años que pronunciaba esas palabras sin que me aterraran—. ¿Usted qué propone?

—Propongo que me regale ese libro firmado. Y que mañana, a la misma hora, volvamos a tomar café. Y que me cuente cómo se le ocurrió el final de "Bajo el Cielo de Tus Ojos", porque lloré como un idiota en el aeropuerto de Barajas y casi pierdo el vuelo a Frankfurt.

—Era ficción.

—Era la ficción más real que he leído en años.

Miré por la ventana. La calle estaba animada, llena de gente que volvía del trabajo, de estudiantes que reían, de parejas que paseaban de la mano. Gente normal. Vidas normales. Sin secretos literarios. Sin lectores anónimos que resultaban ser especímenes con jersey de cachemir.

—Trato hecho —dije—. Pero con dos condiciones.

—Usted dirá.

—Primero: no le cuenta a nadie lo de V. Núñez. Mi madre lo sabe. Mi gato lo sabe. Mi mejor amiga lo sabe. Nadie más. Si mi departamento descubre que escribo novelas románticas, me revocan el título por cursi.

—Aceptado. ¿Y la segunda?

—Segundo: el próximo café lo paga usted. Por haberme espiado en Noveltoom durante ocho meses sin decirme que era usted.

Andrés se llevó la mano al pecho, fingiendo una herida de muerte.

—¿Espiar? Yo lo llamo "apreciación literaria anónima".

—En psicología lo llamamos "conducta de acecho de baja intensidad".

—¿Y en el amor?

La pregunta cayó entre nosotros como una piedra en un estanque quieto. Ondas concéntricas. Expansión. Imposibilidad de volver atrás.

—En el amor —dije lentamente— lo llamamos "primer capítulo". Y ya veremos cómo termina.

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Aquella noche, en mi apartamento del barrio de Gràcia, con Schrödinger ronroneando sobre mi regazo y la pantalla de Noveltoom abierta en el capítulo quince de mi nueva novela, recibí un comentario nuevo.

MrBrightside_Ads: "Hoy he conocido a la autora de mis insomnios. Es aún mejor en persona. Capítulo quince, perfecto. El beso de la página doce, anatómicamente plausible. Sigue así. P.D.: Mañana café. P.D.2: No tengo Trastorno Narcisista de la Personalidad. Lo he comprobado en el DSM-V."

Sonreí como una idiota. Schrödinger me miró con ese desprecio milenario que solo los gatos saben conjurar.

Por primera vez en años, no analicé por qué.

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