"El Vuelo de la Libélula"
Un matrimonio por contrato. Un enemigo en la cama. Una venganza que no admite piedad.
Cuando el prometido de Alessa Rossi huye horas antes de la boda, su destino queda en manos de un misterioso sustituto: Máximo. Atractivo, impecable y protector, parece el salvador que su familia mafiosa necesita para mantener el poder.
Lo que Alessa no sabe es que ha dejado entrar al lobo en el redil. Máximo es el único superviviente de un clan que los Rossi exterminaron años atrás, y ha regresado con una sola misión: destruir a sus enemigos desde adentro. Su plan es perfecto: fingir ser el esposo ideal, ganar el corazón de la inocente Alessa y usar sus secretos para aniquilar su imperio.
Pero el odio tiene un punto débil. Entre besos fingidos y manipulaciones crueles, Máximo empieza a dudar: ¿Podrá ejecutar su venganza cuando la mujer que debe destruir es la única que ha logrado darle paz?
En este juego de traición y deseo, el amor es el arma más peligrosa de todo
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Capítulo 6: El Veneno de la Gratitud
El traslado a la mansión de la Toscana se realizó bajo un cielo azul impecable que contrastaba con el humor sombrío de Máximo. Para Alessa, dejar la fortaleza costera de los Vanzetti fue un alivio momentáneo; sentía que en esa casa de la costa las paredes tenían oídos y las sombras, ojos. Sin embargo, la llegada a su nuevo hogar no suavizó el carácter de su esposo. Al contrario, estar en una propiedad que llevaba el sello de los Rossi parecía recordarle a cada segundo la "deuda de sangre" que creía tener pendiente.
La nueva mansión era una joya: piedra cálida, viñedos que se extendían hasta el horizonte y una bodega que guardaba vinos con décadas de historia. Era un hogar diseñado para la paz, pero Máximo lo recorría como un general inspeccionando territorio enemigo.
—Es una casa hermosa, Máximo —dijo Alessa mientras caminaban por el salón principal, donde las vigas de madera antigua daban un aire de nobleza al lugar—. Mi padre dice que aquí el tiempo se detiene.
—El tiempo no se detiene para nadie, Alessa. Solo se disfraza —respondió él, dejando el sobre de las escrituras sobre una mesa de caoba con un desprecio mal disimulado—. Mañana vendrán mis contadores. Hay que regularizar la propiedad bajo la nueva estructura de la alianza.
Alessa se detuvo y lo miró, herida por su frialdad. —¿Por qué tanta prisa con los papeles? Apenas estamos llegando. Mi padre nos dio esto para que viviéramos, para que formáramos un hogar. No para que lo convirtiéramos en un trámite de oficina.
Máximo levantó la vista. La luz de la tarde acentuaba las líneas duras de su mandíbula.
—En este mundo, lo que no está legalmente blindado, se pierde. Tu padre es un hombre que se mueve por impulsos y "honor". Yo prefiero la seguridad de los contratos.
Lo que Máximo no le decía era que Giacomo le había dado instrucciones precisas: hipotecar la propiedad a través de un banco fantasma. El dinero obtenido se usaría para financiar un golpe contra las rutas de suministro de los Rossi, mientras Vittorio creía que el capital estaba siendo reinvertido en los viñedos. Era una puñalada por la espalda financiada por la propia víctima, y tener las escrituras en su mano le quemaba como si fueran brasas.
El Maltrato del Silencio
Esa noche, la inmensidad de la mansión se sintió más vacía que nunca. Alessa había preparado una cena sencilla, esperando que la intimidad del nuevo lugar ablandara el corazón de Máximo. Pero él se mantuvo distante, sus ojos fijos en unos documentos mientras comía mecánicamente.
—Mi madre me llamó hoy —comentó Alessa, tratando de romper el hielo—. Dice que papá está tan feliz de que estemos aquí que ya está planeando una fiesta de inauguración para el próximo mes.
Máximo dejó los cubiertos con un sonido metálico que resonó en el salón.
—Dile que no es necesario. No somos un espectáculo de feria para que tus parientes vengan a celebrar.
—No son "mis parientes", Máximo. Es nuestra familia. —Alessa sintió que la paciencia se le agotaba—. Se portaron increíble contigo. Te dieron este lugar, te abrieron las puertas de su casa... ¿Por qué te empeñas en tratarlos como si fueran tus enemigos?
Máximo se puso de pie, rodeando la mesa hasta quedar frente a ella. El maltrato emocional no siempre eran gritos; a veces era esa forma en que él la miraba, como si ella fuera una niña pequeña que no entendía la suciedad del mundo.
—Me trataron así porque creen que me han comprado, Alessa. Es muy fácil ser "bondadoso" cuando tienes el pie en el cuello de los demás. Tu padre regala mansiones porque tiene las manos manchadas de la sangre de los que no pudieron defenderse. ¿Y tú? Tú eres el adorno perfecto para su conciencia limpia.
—¡Basta! —Alessa se levantó, con lágrimas de frustración—. ¡No voy a dejar que hables así de él! Si tanto odias este lugar y tanto nos odias a nosotros, ¿por qué no te vas?
Máximo la tomó de los hombros, invadiendo su espacio personal. Podía oler el perfume de jazmín de ella, un aroma que empezaba a grabarse en sus sentidos y que odiaba porque lo hacía dudar.
—Porque tengo un contrato que cumplir, Alessa. Y porque alguien tiene que estar aquí para cuando tu burbuja estalle. No te voy a dejar ir... pero no esperes que te de las gracias por vivir en una casa que huele a traición.
La Entrega Involuntaria
A pesar de la pelea, el magnetismo entre ambos era una fuerza física que ninguno podía controlar. Más tarde, en la penumbra del dormitorio, Alessa se cepillaba el cabello frente al tocador. Máximo entró y la observó a través del espejo.
Vio su vulnerabilidad, la forma en que sus hombros temblaban levemente. Una parte de él quería destrozar a los Rossi, pero otra parte, una que nacía del contacto diario con ella, quería protegerla de la tormenta que él mismo estaba provocando.
Se acercó por detrás y le quitó el cepillo de la mano. Alessa se tensó, esperando otra palabra hiriente, pero él comenzó a cepillarle el cabello con una delicadeza sorprendente.
—¿Por qué eres así? —susurró ella, cerrando los ojos ante el contacto—. Un minuto me destruyes y al siguiente me tratas como si fuera de cristal.
Máximo no respondió. No podía decirle que verla defender a su padre con tanta fe lo volvía loco de rabia, pero también de envidia. Él nunca tuvo eso. Él solo tuvo el rencor que Giacomo le inyectó.
—Mañana vendrán los hombres de mi tío para revisar las tierras —dijo él, su voz volviéndose fría de nuevo—. Quiero que te quedes en la casa. No quiero que hables con ellos, ¿entendido?
—¿Por qué tanto misterio, Máximo? ¿Qué es lo que realmente están haciendo con los viñedos de mi padre?
—Hacer que produzcan algo más que uvas amargas, Alessa. Duerme. Tienes una vida larga por delante... si aprendes a no hacer tantas preguntas.
Máximo se acostó a su lado, pero no la tocó. En la oscuridad, Alessa se sentía más sola que nunca. El hombre que amaba —porque, muy a su pesar, se estaba enamorando de esa sombra de bondad que veía en él— era el mismo que estaba cavando la tumba de su familia.
Ella no sabía nada de hipotecas ni de traiciones financieras. Ella solo sabía que, mientras Máximo dormía, ella buscaba su calor inconscientemente. Y Máximo, aunque juraba odiarla, no se alejó. La rodeó con el brazo, protegiéndola del frío de la noche, mientras en su mente terminaba de trazar el plan que le arrebataría todo lo que ella amaba.
Vittorio Rossi creía que había ganado un hijo. Giacomo Vanzetti creía que tenía el arma perfecta. Y Alessa... Alessa solo esperaba que el amor fuera suficiente para vencer al monstruo que habitaba en el corazón de su esposo.
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