El rey Adrien tiene cinco esposas por obligación, sin amor en su corazón. Todo cambia cuando conoce a Elara, la última esposa, quien no busca agradarle y despierta en él sentimientos desconocidos. Mientras el amor crece lentamente, los celos, las traiciones y la guerra amenazan con destruirlo todo. Adrien deberá decidir entre el poder… o el amor.
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Decisiones de sangre
El ambiente en la sala se volvió sofocante.
Isolda permanecía en la entrada, rodeada de hombres armados, con la mirada fija en Elara. Su presencia no era la de una reina caída… sino la de alguien que había esperado ese momento.
—Entréganla —dijo con frialdad—. Y tal vez deje a los demás con vida.
Adrien no se movió.
—No estás en posición de negociar.
Isolda sonrió.
—¿Seguro?
Sus hombres avanzaron un paso.
Elara sintió la tensión crecer, pero no retrocedió.
—Todo esto… ¿por celos? —preguntó.
Isolda la miró con desprecio.
—No lo entenderías.
—Entonces explícalo.
Por un instante, Isolda guardó silencio.
—No se trata solo de ti —respondió finalmente—. Se trata de lo que representas.
Adrien frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Isolda lo miró.
—Debiste darte cuenta hace tiempo.
El rey avanzó un paso.
—Habla.
Pero antes de que pudiera continuar, uno de los hombres de Isolda se lanzó al ataque.
Todo ocurrió en segundos.
Adrien reaccionó de inmediato, bloqueando el golpe y respondiendo con fuerza. El choque fue brutal.
El combate estalló nuevamente.
Elara se movió rápido, tomando a Teresa y llevándola hacia un lado seguro.
—Quédate aquí —le dijo.
—Ten cuidado…
Elara asintió y regresó al combate.
Un atacante intentó sorprenderla por la espalda, pero esta vez estaba lista. Giró con rapidez, esquivando el golpe y contraatacando con precisión.
No era una guerrera entrenada…
Pero estaba aprendiendo.
Y lo hacía rápido.
Adrien luchaba como una tormenta, imparable, protegiendo cada espacio, cada movimiento.
—¡Elara, atrás! —gritó al ver a otro enemigo acercarse.
Ella obedeció justo a tiempo.
Pero en medio del caos, Isolda desapareció.
—¿Dónde está? —preguntó Elara, alertando.
Adrien miró alrededor.
—Maldita sea…
Un grito ahogado los hizo girar.
Teresa.
Isolda la tenía sujeta por el cuello, con una daga en su garganta.
—¡Nadie se mueva! —ordenó.
El silencio cayó de golpe.
—Suéltala —dijo Adrien con voz tensa.
Isolda sonrió.
—Siempre fuiste débil cuando se trataba de proteger a otros.
—No la lastimes.
—¿Por qué? —replicó ella—. ¿Acaso su vida vale más que la de tu nueva favorita?
Elara dio un paso al frente.
—Esto es entre tú y yo.
Isolda la miró.
—Exacto.
—Entonces suéltala.
Un segundo de silencio.
Luego, Isolda habló.
—Arrodíllate.
Adrien reaccionó.
—No.
Pero Elara no dudó.
Se arrodilló.
—Elara… —murmuró Adrien.
—Estoy aquí —dijo ella, sin apartar la mirada de Isolda.
Isolda sonrió, satisfecha.
—Siempre supe que eras débil.
Elara negó suavemente.
—No es debilidad… es elección.
Isolda dudó un instante.
El suficiente.
Adrien aprovechó.
Se movió rápido.
Un golpe preciso.
Isolda perdió el control por un segundo.
Teresa logró soltarse.
Elara se levantó de inmediato.
El combate volvió a estallar.
Pero esta vez…
Era diferente.
Porque ya no solo peleaban por sobrevivir.
Peleaban por protegerse.
El uno al otro.
Y eso…
Lo cambiaba todo.
Elara se levantó con determinación, sintiendo la adrenalina recorrer su cuerpo. Sabía que no podía fallar. Adrien, a su lado, luchaba con furia contenida. Esta vez, ninguno estaba dispuesto a perder.
Nada volvería a ser igual ahora.