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CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amor prohibido / Romance
Popularitas:4.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?

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capitulo 1

El frío del mármol se colaba a través de las suelas de mis zapatos gastados, una sensación que contrastaba con el lujo asfixiante de la mansión de mi padre. El aire olía a incienso caro y a desesperación. Me detuve frente a la puerta doble del despacho, apretando los puños hasta que mis nudillos se pusieron blancos. No quería estar aquí. No quería ser la moneda de cambio en un juego de hombres que solo entendían de cifras y herencias.

—Zoe, deja de poner esa cara de mártir —la voz de mi padre, filosa como un cristal roto, llegó desde el interior—. Entra de una vez.

Al cruzar el umbral, el aroma a tabaco y cuero me golpeó. Mi padre, un hombre cuya única religión era su cuenta bancaria, estaba sentado tras su escritorio de caoba. Frente a él, las maletas de mi hermana gemela, Elena, yacían abandonadas como restos de un naufragio. Ella se había ido. Se había escapado con un instructor de esquí, dejando atrás una deuda de millones y un compromiso que era la única cuerda que nos mantenía a flote.

—Elena no va a volver —dijo mi padre, sin mirarme—. Y Dante Volkov llega en dos horas para la ceremonia civil privada. Sabes lo que tienes que hacer.

—No soy ella, papá —mi voz tembló, pero intenté mantener la barbilla alta—. Soy Zoe. Soy la hija que pintaba mientras ella destruía la reputación de esta familia. No puedo simplemente ponerme su ropa y pretender que su arrogancia es mía.

Él se levantó lentamente, rodeando el escritorio. Sus ojos, antes llenos de ambición, ahora destilaban una urgencia violenta.

—Tu madre necesita esa cirugía, Zoe. El tratamiento en Suiza no se paga con tus cuadros de paisajes —se detuvo a pocos centímetros de mí—. Volkov es un hombre que no perdona las estafas, pero tampoco perdona los incumplimientos de contrato. Si él descubre que Elena huyó, nos destruirá. Si tú ocupas su lugar por cien días, él nos dará el capital para salvar la constructora y la vida de tu madre.

El nudo en mi garganta se volvió insoportable. Mi madre. El rostro pálido de la única persona que me había amado sin condiciones apareció en mi mente. Por ella, yo era capaz de caminar por el fuego. Incluso si ese fuego tenía el nombre de Dante Volkov.

—Solo cien días —susurré, sintiendo cómo mi libertad se escurría entre mis dedos.

—Solo cien días. Ahora, vete arriba. La estilista te espera. Necesitas ser Elena. Necesitas ser cruel, caprichosa y, sobre todo, indiferente.

Dos horas después, me miraba en el espejo de cuerpo entero. El vestido de seda color marfil se ajustaba a mis curvas como una segunda piel, pero lo sentía como una armadura pesada. El maquillaje había borrado las ojeras de mis noches de insomnio pintando y había resaltado la frialdad en mis ojos. Ya no era la Zoe que soñaba con una galería propia. Era Elena de la Vega.

El sonido de un motor potente rugiendo en la entrada me hizo saltar. Unos minutos después, escuché pasos pesados y decididos subiendo las escaleras. La puerta de la habitación se abrió de golpe, sin previo aviso.

Dante Volkov entró como una tormenta negra. Era más alto de lo que recordaba en las fotos de las revistas de negocios. Su traje oscuro parecía esculpido sobre un cuerpo de atleta, y su rostro... Dios, su rostro era una obra maestra de la crueldad. Mandíbula cuadrada, pómulos afilados y unos ojos tan oscuros que parecían absorber toda la luz de la habitación.

Se detuvo a un metro de mí. El aire se volvió pesado, cargado de una electricidad estática que me puso los pelos de punta. Su mirada me recorrió de arriba abajo, lenta y carente de cualquier calor humano. Era una inspección, no una mirada de un futuro esposo.

—Te ves diferente —su voz era un barítono profundo que me vibró en el pecho.

Tragué saliva, recordando las instrucciones de mi padre. Elena no sería sumisa. Elena sería altiva.

—El maquillaje hace milagros, Dante. Aunque no esperaba que llegaras tan temprano. ¿Tanta prisa tienes por comprarme? —solté, imitando el tono nasal y aburrido de mi hermana.

Sus ojos se entrecerraron. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Pude oler su perfume: sándalo, cedro y algo metálico, como el filo de una espada.

—No te estoy comprando a ti, Elena. Estoy comprando el silencio de tu padre y el acceso a los puertos de tu familia —levantó una mano y, por un momento, pensé que iba a tocar mi mejilla. En lugar de eso, tomó un mechón de mi cabello y lo apretó con fuerza—. Pero recuerda el contrato. Eres mi esposa ante el mundo, pero en mi casa, no eres más que un mueble caro. No me toques, no me hables a menos que sea necesario, y sobre todo, no intentes entrar en mi vida privada.

Sentí una punzada de rabia genuina, lo cual fue bueno; ayudaba a mantener el disfraz.

—No te preocupes. No tengo el menor interés en saber qué hay detrás de esa máscara de hielo que llamas personalidad —respondí, clavando mis ojos en los suyos.

Una chispa extraña cruzó su mirada por una fracción de segundo. ¿Sorpresa? ¿Ira? No pude descifrarlo. Dante soltó mi cabello y dio un paso atrás.

—El juez espera abajo. No nos demoremos. Odio perder el tiempo.

Caminé a su lado, intentando que mis piernas no flaquearan. Cada paso que daba hacia la planta baja era un paso más lejos de mi propia vida. Al llegar al salón principal, mi padre nos esperaba con una sonrisa falsa que me revolvió el estómago. La ceremonia fue rápida, mecánica, despojada de cualquier rastro de romance. Cuando el juez dijo "puede besar a la novia", Dante se limitó a tomar mi mano y presionar sus labios fríos sobre mis nudillos. Fue un gesto tan formal que dolió de una manera que no esperaba.

Al firmar el acta, mis dedos temblaron levemente. Firmé como "Elena de la Vega", sintiendo que estaba sellando mi propia sentencia de muerte.

—Vamos —dijo Dante apenas terminó de firmar. Ni siquiera se despidió de mi padre. Tomó mi brazo con una firmeza que rozaba el dolor y me guio hacia la salida.

El coche que nos esperaba era un Maybach negro que parecía un tanque de lujo. Al subir, el silencio se volvió absoluto. Él se sentó lo más lejos posible de mí, sacando su teléfono y sumergiéndose en correos electrónicos antes de que el conductor cerrara la puerta.

Miré por la ventana mientras nos alejábamos de la casa de mi infancia. Sabía que Zoe se quedaba allí, enterrada bajo capas de seda y secretos. Lo que iba en ese coche era una cáscara vacía que debía sobrevivir cien días al lado de un hombre que parecía haber olvidado cómo sentir.

A medida que las luces de la ciudad pasaban a toda velocidad, sentí una extraña mezcla de miedo y determinación. Dante Volkov creía que se había casado con una mujer vacía y manipuladora. No tenía idea de que la verdadera mujer a su lado lo observaba con ojos de artista, buscando la primera grieta en su armadura de cristal. No sabía que yo no era el mueble que él creía haber comprado.

Y mientras el coche se adentraba en los terrenos de su mansión privada, una estructura de acero y vidrio que parecía una prisión moderna, me hice una promesa: sobreviviría a estos cien días sin perder mi alma, y tal vez, solo tal vez, encontraría la forma de que el gran Dante Volkov se arrepintiera de haberme llamado mueble. Porque el hielo puede ser fuerte, pero el fuego de una mujer que no tiene nada que perder puede derretir hasta el glaciar más profundo.

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Rozalia Dragos
Entretenido Muy bueno
ana vasquez
un tira y encoje entretenido, eso sí 🤭
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