En una era de antiguos reinos y secretos ancestrales, Astrid D'Avalon, heredera de un linaje con profundos lazos con lo místico, se encuentra en el umbral de un destino marcado por la reencarnación. Tras una muerte injusta, su alma renace en un mundo donde las sombras danzan y los demonios tejen intrigas. Decidida a reescribir su final y el de quienes la rodean, Astrid busca una vida alejada de las complicaciones que una vez la atraparon.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. Su camino se cruza con el enigmático Mason Dryad, un ser con un poder formidable y un pasado envuelto en misterio
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Capítulo 01
El último aliento de Astrid D'Avalon se exhaló con el sabor amargo de la traición en un mundo que apenas comenzaba a reconocer.
El aire en la torre de cristal estaba viciado por el olor a incienso quemado y el metal oxidado de la sangre. Astrid sentía el frío del suelo de mármol filtrándose a través de su túnica de seda, pero ese frío no era nada comparado con el vacío que se abría en su pecho. La daga, empuñada por la mano de quien juró protegerla, seguía allí, clavada con una precisión quirúrgica que solo el odio o una ambición desmedida podrían dictar.
—¿Por qué...? —logró articular ella, aunque sus labios apenas se movían. Su voz era un susurro roto, una pregunta lanzada al abismo.
Frente a ella, la silueta de su hermano mayor, Cedric, se recortaba contra la luz de las lunas gemelas que brillaban tras el ventanal. No había remordimiento en su rostro, solo una fría y calculadora satisfacción.
—Astrid, querida hermana... eres demasiado brillante para tu propio bien —dijo él, limpiándose una mancha de sangre imaginaria de su guante blanco—. Tu linaje es puro, sí, pero tu existencia es un obstáculo para el nuevo orden que este reino necesita. Los D'Avalon no necesitan una mística que cuestione los pactos. Necesitan un mártir.
Astrid sintió una punzada de ironía. Había pasado toda su vida estudiando los antiguos textos, tratando de entender la conexión mística entre su alma y la tierra, todo para ayudar a su familia. Y ahora, ese mismo conocimiento era su sentencia de muerte. Su visión empezó a nublarse, los bordes de la realidad se deshilachaban en sombras danzantes.
"Traicionada por mi propia sangre", pensó, y el pensamiento le dolió más que la herida física. Sintió la humedad de las lágrimas mezclándose con el sudor frío de su frente. Recordó los días de su infancia, cuando Cedric le prometía que juntos restaurarían la gloria de Avalon. Mentiras. Todo habían sido mentiras tejidas con seda y veneno.
El dolor comenzó a transformarse en un entumecimiento pesado. Astrid cerró los ojos y, por un instante, vio imágenes de su vida pasar como ráfagas de viento: el jardín de rosas donde aprendió su primer hechizo, la mirada severa de su padre, el peso de la corona que nunca quiso llevar. Todo se estaba desvaneciendo. Su corazón, ese motor de esperanzas y miedos, dio un último latido errático, como un pájaro herido que finalmente deja de aletear.
En ese último instante de conciencia, no sintió miedo. Sintió una rabia gélida. Si el destino le hubiera permitido un segundo más, habría quemado aquella torre hasta los cimientos. Pero el tiempo se había agotado para la heredera de Avalon. La oscuridad no fue violenta; fue una marea lenta que la reclamó, apagando los gritos lejanos de los guardias y el eco de la risa triunfante de Cedric.
Sin embargo, en la periferia de su alma, algo vibró. Un lazo antiguo, una promesa grabada en sus huesos que ni la muerte podía romper, se activó. No era el final que ella esperaba, ni la paz que los sacerdotes prometían. Era una atracción gravitacional hacia un lugar desconocido, un tirón que la arrastraba lejos de su cuerpo inerte y de aquel reino de traidores.
—No me olvidaré de esto... —pensó su espíritu mientras se desprendía de la materia—. No dejaré que el silencio sea mi última palabra.
La conciencia de Astrid se convirtió en un punto de luz en un océano de negrura infinita. Los recuerdos de su traición ardían como brasas, negándose a apagarse. Sentía que caía, o tal vez que ascendía, a través de dimensiones que la lógica humana no podía comprender. El sabor de la traición seguía ahí, un regusto metálico y amargo que se negaba a abandonar su esencia.
La fría oscuridad la envolvió, no como un final, sino como la promesa silenciosa de un nuevo comienzo, un eco que resonaría en el alba de otra era.