Sara regresa a la granja de sus padres para cuidar a su madre en campania de su esposo Alejandro,
Al llegar Sara comienza a ver el fantasma de una niña en sus sueños y comienza a caminar dormida, despertando cada mañana, en un lugar diferente, cada vez más alejada de la granja
Alejandro pronto trata de investigar lo que esta pasando y poco a poco comienza a descubrir los oscuros secretos del pasado que oculta su Esposa
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SUCESOS SINIESTROS
Al día siguiente era sábado. Alejandro decidió llevarla al Museo de Arte Moderno, para distraerla, para distraerse a sí mismo. Caminaron por las salas blancas, entre Rothkos y Picassos. Sara se detuvo frente a un cuadro abstracto de agua turbulenta.
—Papá, ¿sabes qué? En mis sueños, mamá no está triste. Está feliz porque por fin puedo volver a casa.
—¿A casa? —preguntó él, la voz quebrada.
—A la cascada. Donde todo empezó.
Alejandro la tomó de la mano con demasiada fuerza. Salieron del museo bajo un cielo gris que amenazaba lluvia. Caminaron por las calles de Manhattan, el tráfico rugiendo a su alrededor. Él no dejaba de mirar a su hija de reojo, buscando en su rostro la confirmación que ya tenía.
Cruzaron la Quinta Avenida cerca de Central Park. El semáforo estaba en rojo para los peatones. Alejandro se detuvo en la acera, sujetando la mano de Sara. Del otro lado de la calle, un hombre mayor esperaba para cruzar. Tenía el cabello canoso, el rostro surcado por arrugas profundas, y llevaba un abrigo negro que parecía demasiado grueso para la primavera neoyorquina. Sus ojos se clavaron en la niña.
Era el padre de Mariana. Alejandro lo reconoció al instante. Lo había visto una sola vez, nueve años atrás, en el funeral de la niña ahogada, cuando Sara aún vivía y fingía inocencia. El hombre había envejecido veinte años en una década: hombros caídos, mirada perdida. Había venido a Nueva York por un tratamiento médico, o eso leería Alejandro después en las noticias locales. Un último viaje antes de que el cáncer lo consumiera.
El semáforo cambió a verde. El padre de Mariana dio un paso al frente, pero se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron como platos. Miraba directamente a la pequeña Sara, que lo observaba desde el otro lado con una calma sobrenatural.
La niña sonrió. No era la sonrisa de una niña de nueve años. Era la sonrisa traviesa de Mariana, la que Alejandro había visto en aquella foto de la cascada. Los mismos dientes ligeramente separados, el mismo brillo malicioso en los ojos.
—Mariana… —susurró el anciano, tan bajo que el viento casi se lo llevó. Pero Alejandro lo oyó. Y Sara también.
Ella levantó la mano libre y saludó con los dedos, como si reconociera a un viejo amigo. El padre de Mariana dio un paso más, ignorando el tráfico que empezaba a moverse. Un taxi tocó la bocina. El hombre no se movió.
—Hija… —murmuró, y su voz se quebró en un sollozo.
Sara soltó la mano de Alejandro. Dio un paso hacia la calle.
—No —dijo Alejandro, pero su voz era un hilo.
La niña se volvió hacia él por un segundo. Sus ojos ya no eran los de su hija. Eran los de Mariana, los de la amiga ahogada, los de la sombra que había perseguido a Sara hasta la muerte.
—Terminamos el juego, papá —susurró ella—. Ahora soy yo quien empuja.
El padre de Mariana cruzó la calle a trompicones, extendiendo los brazos como si pudiera abrazar a su hija muerta. Sara dio otro paso. Un camión de reparto viró bruscamente para evitar al anciano. El claxon aulló.
Alejandro se lanzó hacia ella, pero el tiempo se ralentizó. Vio cómo Sara —o Mariana— sonreía una vez más al hombre que había perdido todo. El padre de Mariana cayó de rodillas frente a ella, llorando, tocándole el rostro con manos temblorosas.
—Eres tú… Mi niña…
Sara no se resistió. Dejó que el hombre la abrazara allí, en medio de la avenida, mientras el tráfico se detenía y los curiosos sacaban sus teléfonos.
Alejandro se quedó paralizado en la acera. El álbum de fotos quemaba en su mochila. La verdad era peor de lo que había imaginado. No era solo reencarnación. Era venganza. Mariana había esperado nueve años en el cuerpo de la hija que él había criado. Y ahora, el ciclo se cerraba.
La niña levantó la vista por encima del hombro del anciano. Miró a Alejandro directamente a los ojos. Y en esa mirada no había amor, ni gratitud. Solo el agua fría de la cascada.
—Gracias por cuidarme, papá —dijo con voz clara, infantil y antigua al mismo tiempo—. Pero ya es hora de volver a casa.
El padre de Mariana sollozaba sin consuelo, repitiendo “Mariana, Mariana” como un mantra. Sara —la que ya no era Sara— lo tomó de la mano y lo ayudó a levantarse. Juntos, cruzaron la calle hacia el parque, desapareciendo entre los árboles como dos fantasmas que por fin se reconocían.
Alejandro no los siguió. Se quedó allí, bajo la lluvia que empezaba a caer, mientras la ciudad seguía su marcha indiferente. En su bolsillo, el teléfono vibró con una notificación de la galería: su última exposición se había vendido completa. Pero él ya no pintaría más ausencias.
Porque ahora sabía que la ausencia nunca había estado en los lienzos. Había estado en él todo el tiempo.
Esa noche, solo en el loft, Alejandro abrió el álbum una vez más. En la última página, una foto que no recordaba haber visto: Sara niña, sola junto a la cascada, mirando al agua con terror. Detrás de ella, casi invisible en la espuma, una silueta pequeña que sonreía.
Cerró el álbum y lo arrojó al fuego de la chimenea eléctrica. Las llamas lamieron el cuero rojo hasta que solo quedaron cenizas.
Pero en el rincón del estudio, uno de sus cuadros —el que mostraba una cascada abstracta— empezó a gotear pintura fresca, como si el agua que había pintado nueve años atrás por fin hubiera decidido derramarse.
Alejandro se sentó en el suelo y lloró por primera vez desde la granja. Lloró por Sara, por Mariana, por la hija que nunca había sido suya. Y en algún lugar, entre los rascacielos y el rugido del Hudson, oyó una risa infantil que se alejaba hacia el agua.
La ciudad nunca dormía. Pero esa noche, por primera vez, Alejandro deseó que lo hiciera.