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UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Grandes Curvas / Romance
Popularitas:224
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Helios

Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.

NovelToon tiene autorización de Anthony Helios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 11 De celos élficos, fierros solares y un abrazo que no esperaba

​Regresar a Villa Raíz después de la incursión en los huertos del sur fue como intentar caminar por el Eje Central en plena hora pico después de haber corrido un maratón sin tenis. Me dolía hasta la sombra. Cada vez que el Maná vibraba bajo mi piel morena clara, sentía un cosquilleo eléctrico en el tatuaje del león que me recordaba que, a mis 33 años, mi cuerpo ya no estaba para estos trotes de héroe de acción, por más que la adrenalina me quisiera vender lo contrario.

​Nereida, la ninfa dueña de la posada, nos recibió con un escándalo que casi me deja sordo, mezcla de regaño maternal y alivio genuino.

—¡Están vivos! ¡Y mi piso está lleno de lodo corrupto! —gritó, manoteando el aire como si espantara moscas—. ¡Marina, trae las sales de recuperación y dile al enano Durin que prepare una tina de agua caliente! ¡El humano alto se ve más pálido que un elfo con anemia y la guerrera necesita atención inmediata!

​—Chale, jefa, no sea así. Acabamos de ganarle a un general de sombras, denos chance —murmuré, dejándome caer en un banco de madera con la gracia de un costal de papas—. Soy un guerrero en proceso, no un trapeador de pisos.

​—Eres un flan con tatuajes, Alejandro —sentenció Ringo, saltando sobre la mesa y robándose una manzana azul con descaro—. Si no fuera por la jefa Kaia, ahora serías una mancha de aceite en el huerto. Pero bueno, admito que tus chispitas azules sirvieron de algo.

​Miré a Kaia. Estaba sentada frente a mí, permitiendo que Marina le limpiara una herida en el hombro. Ya se había quitado la armadura destrozada. Y, para mi sorpresa (y deleite de mis ojos), ya no traía esa blusa color vino que parecía ser su uniforme eterno. Ahora llevaba una túnica ligera de color azul noche, sin mangas, que dejaba al descubierto sus brazos tonificados y marcados por cicatrices blancas, y unos pantalones de lino gris que se ajustaban a sus caderas de una forma que debería ser ilegal en cualquier reino.

​Sus ojos ámbar se cruzaron con los míos. Hubo un silencio extraño, pesado. No era el silencio incómodo de un elevador, sino uno cargado de electricidad. Recordé cómo se había apoyado en mí en la oscuridad, cómo nuestros Manás se habían mezclado.

"No mames", pensé, sintiendo un hueco en el estómago que definitivamente no era hambre de pozole. "No te puedes estar enamorando de la mujer que te usa de costal de boxeo. Eso es síndrome de Estocolmo o de plano ya te urge terapia".

​Al día siguiente, Bastian me despertó con su habitual sutileza: un grito que probablemente despertó a los muertos tres pueblos más allá.

—¡EL SOL ESTÁ EN SU PUNTO MÁXIMO Y TU ESPÍRITU SIGUE EN PIJAMAS, ALEJANDRO! —Bastian abrió la puerta de una patada—. ¡VAMOS AL CLARO! ¡HOY TUS MÚSCULOS CANTARÁN EL HIMNO DEL ACERO!

​El entrenamiento fue distinto. Ya no me caía tanto. Mis pies se movían con una agilidad que no sabía que tenía, esquivando las embestidas de Bastian no por suerte, sino por instinto. Mis brazos, donde el león y el reloj de arena parecían cobrar vida con el sudor, respondían con una fuerza nueva.

Bastian me lanzó un tajo con una vara de madera reforzada. En lugar de cubrirme y cerrar los ojos, giré sobre mi eje, desvié el golpe con el antebrazo y le solté una patada al costado.

​No lo moví ni un centímetro, claro, porque el tipo es una estatua de mármol viviente, pero logré que soltara una carcajada de satisfacción.

—¡EXCELENTE! —rugió, dándome una palmada que me sumió cinco centímetros en la tierra—. ¡HAS DEJADO DE SER MASA PARA CONVERTIRTE EN ACERO! ¡TU VOLUNTAD ESTÁ CERRANDO LA BRECHA! ¡SIGUE ASÍ Y PRONTO PODRÁS CARGAR ROCAS MIENTRAS CANTAS ÓPERA!

​Pero el verdadero cambio vino por la tarde. El Sabio me citó en la cúpula del Gran Árbol. La tortuga mística estaba flotando en posición de loto, más seria que un contador en cierre de mes.

​—Has llenado suficientes páginas con tu sudor y tu miedo, Alejandro —dijo el Sabio, flotando hacia un cofre de madera antigua tallada con runas que pulsaban luz—. El libro te reconoce. Ya no eres un espectador. Es momento de que dejes de pelear con las manos vacías.

​Abrió el cofre y la luz que salió de ahí iluminó toda la habitación, obligándome a entrecerrar los ojos.

Dentro había una espada. Pero no era una espada cualquiera. El mango estaba hecho de una madera blanca, suave al tacto pero indestructible, entrelazada con filamentos de oro que parecían venas de luz. La hoja... la hoja era impresionante. No era de acero, sino de un material oscuro, casi negro, pero que brillaba con un filo de luz solar atrapada en su interior.

​—Se llama Amaterasu —dijo el Sabio con solemnidad—. Forjada con núcleo de estrella caída y templada en las aguas del primer amanecer.

​—Amaterasu... —susurré, tomando la empuñadura.

Al contacto, sentí una descarga brutal. No dolió; fue como si me hubiera conectado a un enchufe de pura vida. Mis tatuajes brillaron intensamente a través de la camisa. La espada no pesaba nada, era como una extensión de mi brazo, pero sentía que si quería, podía partir el árbol entero a la mitad.

​—No solo corta carne o sombra, Alejandro —explicó la tortuga—. Corta lo que tu voluntad desee. Puede cortar el miedo, puede cortar la duda. Y si concentras tu Maná... puede lanzar ráfagas de luz solar pura. Es un arma para un portador de luz.

​—¡A huevo! —exclamé, haciendo un movimiento al aire que dejó una estela dorada—. ¡Ahora sí, Rey Sombra, agárrate que ahí te voy!

​—Espera, hay más. —El Sabio sacó otro objeto del cofre. Era un brazalete ancho, hecho del mismo metal oscuro que la hoja de la espada, con una gema ámbar incrustada en el centro—. Este es el Brazalete del Eclipse. Te ayudará a canalizar el exceso de energía de Amaterasu para que no te quemes el brazo al usarla. Además, puede generar un escudo de luz sólido por unos segundos. Úsalo con sabiduría.

​Me puse el brazalete en el brazo izquierdo. Se ajustó solo, como si hubiera estado esperándome.

—Gracias, Sabio. De verdad. No sé qué decir.

​—No digas nada. Demuestra. —La tortuga se ajustó los lentes—. El Rey Sombra ya te ha marcado como objetivo prioritario. Tu presencia aquí pone en riesgo a Villa Raíz si no aprendes a controlar ese poder. Necesito que salgas.

​—¿Me está corriendo, profe? —pregunté, sintiendo un piquete en el orgullo.

​—Te estoy enviando a un retiro táctico. Mañana partirás hacia las Colinas de Cristal. Es un lugar donde el Maná es puro y caótico. Necesito que vayas, despejes tu mente, domines a Amaterasu y entiendas por qué peleas. Además, el aire de allá te ayudará a aclarar... otros sentimientos que te tienen distraído.

​Sentí que me ponía rojo. La maldita tortuga lo sabía todo.

​Bajé a la taberna con Amaterasu enfundada en la espalda y el brazalete brillando en mi muñeca. Me encontré a Briana en la entrada, acomodando unos suministros médicos.

—He oído que te vas, Alejandro —dijo la elfa, levantando la vista. Sus ojos violetas brillaban con determinación—. A las Colinas de Cristal.

​—Sí, la tortuga dice que necesito "aire fresco" y que deje de ser un peligro público aquí —bromeé—. Ringo viene conmigo.

​—Yo también voy —sentenció Briana.

​—¿Qué? No, Briana. Es peligroso.

​—Soy sanadora, Alejandro. Y por lo que vi en el huerto, tú y ese mono tienen una tendencia suicida a lanzarse contra cosas que los superan. Van a necesitar a alguien que los remiende. Además... —se sonrojó levemente— conozco las hierbas de esa zona. Me ofrezco como parte de tu equipo.

​Ringo, que estaba colgado de una lámpara, bajó de un salto.

—¡Eso es hablar! ¡Se ha formado el Escuadrón Flanecitos! ¡Tiemblen, villanos!

​Acepté. No podía negarme, y honestamente, me sentía más seguro con ella cerca.

Pero ahora venía la parte difícil: decírselo a Kaia.

​La encontré en la parte trasera de la posada, cerca del río, limpiando sus botas. Se veía tranquila, concentrada. El sol de la tarde le daba en el perfil, iluminando esa nueva túnica azul que le quedaba tan bien.

Me acerqué, carraspeando un poco.

—Hola, Kaia.

​Ella levantó la vista. Sus ojos ámbar se suavizaron al verme, pero luego notaron la espada en mi espalda y el brazalete.

—Veo que el Sabio te dio juguetes nuevos —dijo, poniéndose de pie—. Amaterasu. Es una hoja legendaria. No se la dan a cualquiera.

​—Sí, bueno... dice que tengo potencial —me encogí de hombros, tratando de hacerme el interesante—. Oye... quería contarte algo. ¿Te acuerdas de cómo nos veía el General Sombra? Pues la tortuga cree que soy un imán de problemas ahorita. Me mandó a hacer un reconocimiento a las Colinas de Cristal. Para entrenar y alejar el peligro de aquí.

​Kaia asintió, cruzándose de brazos.

—Es una buena estrategia. Las Colinas son traicioneras, pero te harán fuerte. Supongo que te irás solo con el mono.

​Tragué saliva. Aquí venía el golpe.

—Eh... no exactamente. Ringo viene, sí. Pero... ¿quién crees que se ofreció a ir también?

​Kaia arqueó una ceja.

—¿Quién?

​—La elfa. Briana.

​La expresión de Kaia cambió en un microsegundo. De esa calma guerrera pasó a una frialdad que hizo que la temperatura bajara diez grados. Sus mejillas, sin embargo, se tiñeron de un rojo furioso.

—¿Ah, sí? —su voz sonó tensa, afilada—. Y tú bien feliz por ir con ella, supongo.

​—No, Kaia, no es lo que estás pensando —me apresuré a decir, manoteando—. No es un viaje de placer. Ella... bueno, ella es sanadora. Sus pociones me van a ayudar un buen. Es como... es como llevar unas "Similares" conmigo.

​—¿Unas qué? —preguntó ella, frunciendo el ceño, visiblemente confundida pero sin bajar la guardia de sus celos.

​—Ya sabes... como mi propia curandera de bolsillo. Es práctico. Medicina barata y efectiva... bueno, no barata, pero a la mano. ¡Es por supervivencia!

​La explicación fue tan mala como tratar de explicarle el SAT a un niño de cinco años.

Kaia apretó los labios. Sus ojos destilaban una mezcla de molestia y algo más vulnerable.

—Ella te salvó en el huerto. Lo sé. No es una inútil —dijo Kaia, y me sorprendió que no atacara a Briana. Kaia era noble, a fin de cuentas—. Pero las Colinas no son un lugar para recolectar flores, Alejandro. Vas a tener que cuidarla. Y eso te distraerá.

​—No me voy a distraer. Voy a entrenar.

​—Como quieras —Kaia se giró, dándome la espalda. Sus hombros estaban tensos—. Espero que tu "curandera" sepa usar un cuchillo. Buen viaje, Narvarte.

​Empezó a caminar hacia la posada, alejándose de mí con paso firme.

Me quedé ahí parado, sintiéndome como el rey de los idiotas. "La estás cagando, Alejandro", me dijo mi voz interna (que curiosamente sonaba como Ringo). "No la dejes ir así".

​Sin pensarlo, sin planearlo, mis pies se movieron solos.

—¡Kaia, espera!

​Corrí hacia ella. Antes de que pudiera girarse por completo o sacar una daga para amenazarme, la alcancé. La abracé por la espalda, rodeando su cintura con mis brazos, pegando mi pecho a su espalda.

Me quedé helado al instante. ¿Qué chingados acababa de hacer?

​Kaia se tensó por completo. Sentí cómo sus músculos se ponían rígidos bajo la túnica azul.

—Alejandro... —su voz salió como un susurro estrangulado.

​No la solté. Al contrario, apreté un poquito más el abrazo, apoyando mi barbilla en su hombro.

—No te enojes, capitana —le susurré cerca del oído—. Sabes que preferiría mil veces que fueras tú la que me estuviera gritando y pateando el trasero en el viaje. Pero tienes que quedarte a cuidar el fuerte.

​Sentí cómo la tensión abandonaba su cuerpo lentamente. Kaia soltó un suspiro largo. Sus manos bajaron y, por un segundo, tocaron las mías que estaban en su cintura.

—Eres un tonto, Narvarte —dijo, pero no había veneno en su voz.

​Se giró entre mis brazos para quedar frente a frente. Estábamos muy cerca. Demasiado cerca. Podía ver las pequeñas motas doradas en sus ojos ámbar. Podía oler su aroma a bosque y acero.

Ella levantó la vista y me regaló una sonrisa. No la sonrisa burlona de siempre, ni la sonrisa de batalla. Era una sonrisa tímida, pequeña, casi imperceptible, que le iluminó la cara.

​—Cuídate —me dijo suavemente, acomodándome el cuello de la camisa—. Y si regresas muerto, te revivo para matarte yo misma.

​—Trato hecho —respondí, con el corazón latiéndome como si estuviera corriendo los 100 metros planos.

​Nos quedamos así un momento, mirándonos, en ese silencio donde se dicen todas las cosas que las palabras arruinarían. Ambos sabíamos que algo había cambiado. Ya no éramos el "godínez" y la "guerrera". Éramos algo más, algo que todavía no tenía nombre pero que se sentía más fuerte que cualquier magia.

​Kaia se separó despacio, rompiendo el contacto, pero la electricidad quedó en el aire.

—Vete. Antes de que me arrepienta y le diga al Sabio que te mande a limpiar letrinas.

​Se fue caminando rápido hacia la posada. Yo me quedé ahí, junto al río, con una sonrisa de estúpido en la cara y el corazón a mil por hora.

​—¡Qué escena tan conmovedora! —gritó Ringo desde un árbol cercano, fingiendo secarse una lágrima—. Casi vomito mi desayuno. Vámonos, Cabrón. Las Colinas de Cristal nos esperan, y Briana ya tiene listas las vendas para cuando te rompas la cara.

​Tomé a Amaterasu, miré el brazalete en mi muñeca y luego miré hacia donde se había ido Kaia.

—Vámonos, Ringo —dije, sintiéndome más vivo que nunca—. Tenemos un mundo que salvar y una guerrera celosa a la que regresar.

​El viaje hacia las Colinas de Cristal comenzaba, pero mi brújula ya apuntaba hacia un solo lugar: de regreso a ella.

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