TEMPORADA 3 Y FINAL DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 12
Peinaban mi cabello con sumo cuidado, ahora de un delicado tono rosa.
Lo recogieron en un elegante peinado adornado con finas cadenas y pequeñas gemas oscuras que brillaban suavemente bajo la luz.
El vestido…
era simplemente impresionante.
Caía sobre mi cuerpo como un susurro de luz, etéreo y majestuoso. La falda, amplia y fluida, se extendía en capas delicadas que rozaban el suelo con gracia casi irreal, mientras finos bordados brillaban suavemente como pequeñas estrellas. El corsé ceñido realzaba mi figura con elegancia, dejando mis hombros al descubierto, adornados por detalles que caían como pétalos. El encaje ascendía hasta mi cuello, evocando una realeza antigua, y el velo translúcido completaba aquella imagen de pureza… y poder silencioso.
Me miré en el espejo.
En silencio.
Por un momento…
no vi a la humana.
No vi a la reencarnada.
No vi a la mujer cargando maldiciones.
Vi…
a alguien que estaba a punto de cambiar su destino otra vez.
—Mi señora… —susurró una de las doncellas—. Está lista.
Asentí.
Aunque mi corazón…
latía con fuerza.
Antes de salir, mi mente entró a mi anillo.
Dentro, Fenrael y Naevira dormían acurrucados en sus formas de cachorros.
Sonreí.
—Espérenme…
Mi mente salió del anillo.
Y avancé.
Mientras tanto…
en la iglesia...
El altar se alzaba imponente en la penumbra, tallado en madera oscura y rodeado por la luz temblorosa de innumerables velas que formaban un camino dorado hasta él. Flores blancas aportaban una pureza frágil en contraste con la atmósfera solemne y cargada, donde cada sombra parecía observar… como si el lugar no solo bendijera la unión, sino también la juzgara.
La élite del imperio vampírico ya se encontraba reunida.
Nobles.
Marqueses.
Condes.
Princesas.
Incluso enviados del palacio imperial.
Los murmullos recorrían el lugar.
—¿Una plebeya…?
—¿De verdad el duque se casará con alguien así?
Pero nadie alzaba demasiado la voz.
Porque él estaba ahí.
Cassian Bloodthorn.
De pie frente al altar.
Impecable.
Vestido completamente de negro, con detalles carmesí que evocaban sangre y poder. Su traje se ajustaba a su figura con una elegancia inquietante, como una sombra hecha hombre. Cada detalle en él transmitía autoridad… peligro… y una presencia imposible de ignorar.
Pero sus ojos grises…
no estaban en la multitud.
Esperaban.
Las puertas se abrieron.
El sonido resonó en todo el lugar.
El murmullo se detuvo.
Todos voltearon.
Y ahí estaba yo.
De pie en la entrada.
El vestido brillando suavemente.
El velo moviéndose con delicadeza.
Las miradas se clavaron en mí.
Sorpresa.
Juicio.
Silencio.
Pero yo…
solo tenía ojos para él.
Cassian.
Nuestros ojos se encontraron.
Y en ese instante…
todo lo demás desapareció.
Avancé.
Paso a paso.
Sin dudar.
Sin detenerme.
Porque al final del camino…
estaba él.
Y cuando por fin llegué frente a Cassian…
se quedó completamente inmóvil.
Sus ojos se abrieron apenas…
como si por un instante hubiera olvidado respirar.
Como si todo su porte impecable se hubiera desmoronado en silencio.
Por primera vez…
el duque imperturbable parecía…
un tonto enamorado.
Sus labios se entreabrieron levemente.
Y sin poder evitarlo, lo dijo.
—Estás muy hermosa…
Su voz fue baja.
Casi un susurro.
Pero suficiente para que mi corazón latiera con más fuerza.
Se inclinó levemente hacia mí.
—Pensé que no vendrías… —añadió después, recuperando apenas la compostura.
Sonreí apenas.
—Dijiste que no había marcha atrás… ¿lo recuerdas?
Sus ojos brillaron.
Entonces tomó mi mano.
Y esta vez…
no como actuación.
No como estrategia.
Sino como algo real…
la sostuvo con firmeza.
Como si temiera…
que desapareciera.
......................
Mientras tanto…
en las mazmorras del palacio imperial…
El ambiente era frío.
Húmedo.
Pesado.
El sonido del agua cayendo en algún rincón lejano marcaba el paso del tiempo, mientras el eco de cadenas y susurros se perdía entre las celdas.
Entre delincuentes y condenados…
una voz destacaba.
Desesperada.
—¡Su majestad! ¡Soy su hija… la gran princesa Ana!
—¡Sáquenme de aquí!
Sus gritos resonaban una y otra vez, agudos, cargados de rabia y miedo.
Desde el exterior de la celda…
un guardia chasqueó la lengua con fastidio.
De un golpe, pateó los barrotes.
—¡Cállate!
El sonido metálico retumbó.
—¡Esto te lo provocaste tú misma!
La princesa retrocedió apenas, pero su expresión pronto se torció en furia.
—¡Yo…! ¡Todo esto es culpa de esa zorra!
Sus manos temblorosas se aferraron a su propio cabello, desordenándolo aún más mientras sus ojos brillaban con una locura creciente.
—¡Ella sedujo a mi duque…!
—Sí… sí… todo es su culpa…
Murmuraba para sí misma, repitiéndolo como si así pudiera hacerlo verdad.
El guardia la observó unos segundos.
Luego suspiró.
Con desdén.
Y se dio la vuelta.
Mientras se alejaba por el pasillo oscuro, pensó con frialdad:
Si no hubiera intentado asesinar a la futura duquesa…
el duque nunca se habría tomado la molestia de exponer todos sus crímenes.
El eco de los pasos del guardia se desvaneció.
Y con él…
la última pizca de dignidad que le quedaba a la princesa.
—Al final…
solo recibió lo que se merecía.
......................
—EN LA IGLESIA—
La ceremonia había terminado.
Y ahora…
salía de la iglesia en brazos de Cassian.
Sus brazos me sostenían con firmeza, como si no existiera nada más en ese mundo que pudiera separarnos.
A nuestro alrededor…
los pétalos de cerezo caían suavemente desde lo alto, danzando en el aire como una bendición silenciosa.
El murmullo de los presentes se alzó una vez más.
Susurros.
Comentarios contenidos.
Miradas cargadas de todo tipo de emociones.
Pero ninguno de los dos prestó atención.
Yo…
solo podía sentir el latido constante bajo su pecho.
Y él…
no apartaba la mirada de mí.
Un carruaje elegante se detuvo frente a la entrada.
Oscuro.
Imponente.
El cochero descendió con rapidez y abrió la puerta con una reverencia impecable.
Sin detenerse…
Cassian avanzó.
Y con el mismo cuidado con el que me había alzado…
entró al carruaje aún sosteniéndome en sus brazos.
Como si no tuviera intención de soltarme.
El interior era amplio, lujoso, iluminado por una luz tenue que hacía brillar los detalles en terciopelo oscuro y plata.
Las cortinas se cerraron tras nosotros.
Aislándonos del mundo exterior.
Del ruido.
De las miradas.
Del juicio.
El carruaje comenzó a avanzar.
Suave.
Constante.
Yo levanté ligeramente la mirada hacia él.
—Cassian…
Sus ojos descendieron de inmediato hacia mí.
Más suaves que nunca.
Por un instante…
solo nos observamos.
En silencio.
Sin máscaras.
Sin juegos.
Sin contratos.
Entonces, con una calma inesperada…
me acomodó mejor entre sus brazos, acercándome un poco más a su pecho.
Como si quisiera asegurarse de que realmente estaba ahí.
—Ahora sí… —murmuró en voz baja— ya no hay nada que nos separe.
Sus palabras no fueron dichas con arrogancia.
Ni con solo posesión.
Sino también con una certeza tranquila…
peligrosamente real.
El carruaje siguió su camino bajo la noche.
Mientras los pétalos de cerezo, arrastrados por el viento…
seguían cayendo atrás.