Alessio De Luca compró un esposo omega para que fuera un adorno en su vida de capo, pero esa noche Renato Vieri murió de miedo. En su cuerpo despertó Dante, un alfa estratega que perdió su vida en otro mundo.
Ahora, fingiendo sumisión, Renato usará a Alessio para escalar hasta la cima del hampa. Su plan: ser la mano en la sombra que guíe cada movimiento de su alfa. Pero su verdadera naturaleza empieza a filtrarse en su aroma, lo que debería oler solo a algodón y flor de cerezo comienza a liberar pimienta rosa, un picante que Alessio no puede ignorar.
Entre la atracción de sus feromonas y la admiración por esa mente criminal, el alfa se verá obligado a replantearse todo lo que creía sobre los omegas, el poder y la lealtad. Juntos formarán una alianza letal. Pero cuando la máscara caiga y Alessio descubra que su esposo no es quien dice ser, ¿serán dueños de la ciudad o enemigos mortales?
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Capítulo 9: Las reglas de la jaula
Los días se volvieron una rutina: levantarse, vestirse, bajar al comedor, comer solo. Recorrer los pasillos con la cabeza baja, volver a la biblioteca, leer, observar, esperar.
Pero la vigilancia no cesaba.
Renato lo notaba en los sirvientes que aparecían en los sitios donde él estaba, en las puertas que se cerraban cuando él se acercaba, en las miradas que lo seguían sin disimulo. No lo encerraban, no le impedían moverse, pero cada paso que daba, alguien lo sabía.
Quiere asegurarse de que no vuelva a intentarlo, pensó, no por mí, por el dinero.
Esa tarde encontró a Luca en la despensa. El jefe de servicio ordenaba latas en estantes altos, con la parsimonia de quien ha hecho lo mismo durante décadas. Renato se detuvo en el umbral.
—¿Necesita algo, señor? —preguntó Luca, sin volverse.
—No, solo quería hablar.
Luca se giró, lo miró un momento, con una ceja ligeramente alzada. El Renato Vieri que él conocía no se acercaba a hablar con nadie, ese Renato bajaba la mirada y se escondía. Pero este... este estaba allí, en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, esperando.
—¿Señor? —Luca dejó la lata que tenía en la mano.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para Alessio? —preguntó Renato.
Luca parpadeó, la pregunta no era lo que esperaba.
—Treinta años, señor, serví al padre del señor Alessio, y ahora al hijo.
—Treinta años —repitió Renato, como si saboreara la cifra—. Entonces conoces bien a esta familia.
Luca asintió, con cautela.
—Sí, señor, los conozco.
—¿Y cómo son? —Renato se apoyó en el marco de la puerta, con una aparente indolencia que no encajaba con el omega asustado que había llegado a la mansión—. ¿Qué esperan de mí?
Luca lo miró un momento. Algo en ese omega había cambiado, no sabía qué, pero lo había.
—La familia De Luca es un linaje de alfas, señor —dijo, eligiendo las palabras con cuidado—. La signora es alfa, el padre del señor Alessio era alfa. Los hijos que tendrán... se espera que sean alfas.
—¿Y si no lo son? —preguntó Renato.
Luca bajó la voz.
—Entonces no son De Luca, señor, no a los ojos de la signora.
Renato asintió, como si ya lo supiera.
—¿Y los omegas que no dan herederos? —preguntó. Su tono era casual, como quien pregunta por el tiempo.
Luca sostuvo su mirada un momento, luego volvió a las latas.
—Los problemas, en esta casa, no duran mucho señor.
—¿Qué significa eso?
Luca no respondió, solo siguió ordenando.
Renato no insistió, se quedó allí, en el umbral, observando.
Cuando Luca terminó con esa fila de latas, se giró hacia él.
—El señor De Luca me ha ordenado que lo vigile —dijo, en voz baja—. Por su seguridad, dice, pero yo sé que es para que no vuelva a intentarlo.
Renato sintió un nudo en el estómago, no era miedo, era rabia. Rabia contenida, fría, que apretó los puños bajo los pliegues de la camisa.
—¿Y tú qué crees? —preguntó.
Luca no respondió, solo sostuvo su mirada un momento, luego volvió a ordenar las latas.
—Yo solo sirvo a la casa, señor —dijo, sin mirarlo—. Pero he visto muchas cosas en treinta años, y sé que los omegas que sobreviven aquí son los que aprenden a ser útiles.
Renato sostuvo su mirada un momento, luego asintió.
—Gracias, Luca, eso es justo lo que necesitaba saber.
Se giró y se fue, dejando al sirviente en la despensa, con la mano en el aire y una pregunta flotando entre los estantes.
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Caminó sin rumbo, pasillo tras pasillo, hasta que llegó a la biblioteca.
Cerró la puerta, apoyó la espalda contra la madera.
Un linaje de alfas, pensó, y yo soy el vientre que debe continuarlo.
La idea le revolvió el estómago, no por el acto en sí, por lo que implicaba, por lo que esperaban de él.
Él era un alfa, había sido alfa, su cuerpo ahora era omega, pero su mente seguía siendo la de un depredador. Y los depredadores no se someten, no se abren de piernas para que otro alfa los posea, no conciben hijos, no se convierten en la pieza reproductiva de un clan.
No voy a ser eso, pensó, no voy a ser un adorno, no voy a ser un vientre.
Se sentó en el sillón de cuero, la luz de la tarde entraba por la ventana, calentándole el rostro. Cerró los ojos.
En su vida anterior, había visto a omegas como se esperaba que él fuera ahora: callados, sumisos, vacíos. Algunos se conformaban, otros se rompían, pocos sobrevivían con algo de sí mismos intactos.
Él no iba a romperse, tampoco iba a conformarse.
Si no puedo ser el alfa que manda, seré la sombra que lo guía. Si no puedo dar órdenes, seré quien las inspira. Si no puedo empuñar el arma, seré quien aprieta el gatillo desde las sombras.
Alessio De Luca necesitaba un heredero, pero también necesitaba ganar dinero, mantener el territorio, aplastar a sus enemigos. Y en eso, él podía ser imprescindible.
No sería el esposo decorativo, no sería el vientre que diera un hijo.
Sería la mano derecha, la estratega, la que movía las piezas mientras el alfa creía que movía el tablero.
Abrió los ojos.
La biblioteca estaba en penumbra, el sol se había puesto, afuera, los guardias cambiaban de turno.
Se levantó. Caminó hasta la ventana.
Para eso, primero tengo que demostrar que valgo más que un heredero, tengo que mostrarles que sin mí, el imperio De Luca se desmorona. Y para eso, necesitaba información, necesitaba un plan, necesitaba una oportunidad.
La noche era larga, pero él había aprendido a esperar.
Gracias por el cap🫶🫂
Ale cada día me gusta más, está aprendiendo a coexistir con todo lo que es y significa Ren. Todavía falta pero va por buen camino🤓🤓🤓