En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.
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Capítulo 03
La tensión entre Emara y Kellan crece.
El silencio en el refugio improvisado bajo las raíces del Gran Roble era tan denso que Emara podía escuchar el goteo de la sangre de Kellan golpeando las hojas secas. Lo había arrastrado hasta allí, a una cavidad oculta por el musgo y la hiedra, lejos de las rutas de patrulla de su hermano Martín. El cuerpo del demonio era sorprendentemente pesado, no solo por su musculatura, sino por una gravedad antinatural que parecía emanar de su esencia.
Kellan estaba recostado contra la madera rugosa, con los ojos cerrados y la respiración errática. Su piel, de un tono pálido casi marmóreo, contrastaba con las runas violetas que ahora palpitaban con una luz débil y agónica.
—¿Por qué no lo has hecho todavía? —preguntó él de repente, sin abrir los ojos. Su voz era un hilo de seda rasgada—. Tu instinto te dice que soy una plaga. Que si me dejas vivir, la oscuridad que porto infectará tu precioso bosque.
Emara estaba arrodillada a su lado, sosteniendo un trozo de su propia túnica que había rasgado para limpiar la herida. Sus manos temblaban.
—Cállate, demonio —replicó ella con una dureza que no sentía—. No te ayudo por bondad. Te ayudo porque dijiste que otros como tú vienen en camino. Si mueres aquí, no tendré a nadie que me diga cómo detener esa grieta que abriste.
Kellan abrió los ojos. Eran dos pozos de hielo blanco que parecían leer cada duda en el alma de Emara. Una sonrisa amarga y sangrienta curvó sus labios.
—Mentiras. Los de tu raza son nobles hasta la náusea. Sientes lástima. Es la debilidad de los que viven bajo la luz; creen que todo puede ser sanado con un poco de compasión.
—No tienes ni idea de lo que siento —estalló Emara, presionando la venda sobre su costado con más fuerza de la necesaria.
Kellan soltó un gruñido de dolor, y por un instante, sus dedos se cerraron sobre la muñeca de Emara. Su tacto no estaba frío; quemaba. Era un calor seco, como el de un desierto a medianoche. La tensión eléctrica que había sentido antes volvió a sacudirla, recorriendo su brazo hasta anidarse en su pecho.
—Suéltame —susurró ella, aunque no se apartó.
—Eres diferente, Emara Alarcón —dijo él, usando su nombre por primera vez. Sus pupilas verticales se dilataron—. He vivido siglos en el Abismo, rodeado de odio puro, y sin embargo... tu luz no me hiere. Me escuece, sí, pero hay algo en tu sangre que resuena con la mía. Una nota discordante en la sinfonía de este mundo.
—Soy una mujer lobo. Mi sangre es de la luna. La tuya es... —ella buscó la palabra— ...del vacío. No hay resonancia posible.
—¿Estás segura? —Kellan se inclinó hacia ella, ignorando el dolor de su herida. La cercanía era abrumadora. Emara podía oler el azufre y la tormenta que emanaban de él—. ¿Por qué no gritaste cuando me viste? ¿Por qué tu lobo interno no me desgarró la garganta? Porque tú también sientes que el mundo que te rodea es una prisión de reglas y tradiciones que no entiendes.
Emara se quedó sin aliento. Las palabras del demonio golpeaban las grietas de su propia identidad. Siempre se había sentido una extraña entre los suyos, demasiado curiosa, demasiado independiente para las leyes estrictas de Tibor y los ancianos.
—No hables como si me conocieras —dijo ella, con los ojos empañados por una rabia repentina—. Eres un príncipe del Abismo. Has traído la guerra a mi puerta.
—He huido de la guerra, loba —corrigió él, su expresión tornándose sombría—. Mi padre, el Rey de las Sombras, quiere usar el poder de la Luna de Plata para abrir un portal permanente. Yo me negué a ser el sacrificio que anclara ese portal. Me llamaron traidor. Me cazaron como a un animal. ¿Te suena familiar? ¿No es eso lo que hacen los tuyos con cualquiera que se desvíe del camino?
La tensión entre ellos alcanzó un punto de ruptura. No era solo odio, ni solo desconfianza; era un reconocimiento magnético entre dos parias. El aire en la pequeña cueva se volvió pesado, cargado de una atracción prohibida que desafiaba milenios de odio racial.
—Si te ayudo... —comenzó Emara, su voz apenas un susurro— ...si te oculto y te ayudo a cerrar esa grieta, ¿qué gano yo? ¿Cómo sé que no me traicionarás cuando recuperes tus fuerzas?
Kellan la miró fijamente. Por un momento, el orgullo del príncipe demonio desapareció, dejando paso a una sinceridad cruda.
—No puedo prometerte que mi naturaleza no me empuje a la oscuridad. Pero puedo prometerte esto: mi vida está ligada a la tuya ahora. Si yo caigo, la grieta se expandirá y tu aldea será la primera en arder. Necesitamos un pacto, Emara. Un vínculo que ni mi padre ni tu clan puedan romper.
—¿Qué tipo de pacto? —preguntó ella, sintiendo un presentimiento en el corazón.
Kellan no respondió con palabras. Su mano, aún caliente, se deslizó desde su muñeca hasta su nuca, atrayéndola hacia él. Emara debería haber luchado. Debería haberle clavado las garras. Pero la luna sobre ellos parecía empujarla, susurrándole que este era el momento para el que había nacido.
Cuando sus labios se encontraron, el mundo exterior desapareció. No fue un beso suave; fue una colisión de dos fuerzas elementales. El sabor a hierro y sombras de Kellan se mezcló con el frescor de los bosques y la plata de Emara. Una ráfaga de energía violeta y blanca estalló en el claro, sellando sus destinos con una marca invisible que quemó sus almas.
Fue un juramento de sangre y espíritu, un pacto que no necesitaba palabras. Al separarse, ambos estaban sin aliento, mirándose con una mezcla de horror y fascinación.
—Ya está hecho —dijo Kellan, su voz ahora un eco profundo—. Ahora, loba, somos uno en la traición.
Un pacto sellado por un beso.