"Para mi familia, mi peso era el tamaño de mi vergüenza. Para mi esposo, yo solo era un contrato que cumplir."
Elena siempre fue "la gorda" de la familia, el blanco de las burlas de su madre y la sombra de su perfecta hermana. Cuando las deudas de su padre alcanzan el límite, deciden venderla a un hombre que todos rumorean es un viejo decrépito y cruel.
Pero el destino tiene otros planes. El hombre que la espera en el altar no es un anciano, sino Thiago, un CEO tan frío como apuesto que solo se casó para heredar una fortuna. Entre el desprecio de su nueva familia y el desamor de un esposo que ama a otra, Elena llegará a su límite. Es hora de dejar de ser "la gordita buena" y demostrarles que, cuando el corazón se congela, la venganza es el mejor postre.
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Capitulo 10
El gimnasio de la mansión Nova parecía un templo a la disciplina, pero esa mañana se había convertido en el escenario de una comedia dramática. Yaneth estaba sobre la cinta de correr, con el rostro rojo y la respiración agitada, mientras un entrenador con cara de pocos amigos marcaba el ritmo.
—¡Cinco minutos más, Yaneth! ¡No bajes el ritmo! —gritó el entrenador.
—¡Dale, nena! ¡Piensa que estás escapando de las rebajas de una tienda de diseñador y solo queda un par de zapatos de tu talla! —chillaba Fabián desde una pelota de yoga, donde intentaba mantener el equilibrio mientras sostenía un batido verde con cara de asco—. ¡Mírame a mí, que estoy sufriendo contigo por solidaridad moral! Bueno, yo no sudo porque mi hidratante es carísimo, pero te apoyo con el alma.
Yaneth no podía ni responder. Sentía que sus pulmones iban a estallar, pero cada vez que sus piernas flaqueaban, recordaba la mirada de desprecio de Rebeca y la frialdad con la que su madre la había "vendido". Ese dolor era más fuerte que el cansancio.
Desde el pasillo, Thiago observaba la escena oculto tras una columna. Debería estar en la oficina, pero esa mañana no podía concentrarse. Estaba insoportable. Había gritado a tres analistas por errores minúsculos y había cancelado una reunión porque el sonido del aire acondicionado le molestaba. Sandra incluso le había preguntado si tenía fiebre.
Lo que Thiago no quería aceptar es que su mal humor tenía nombre: Yaneth. No podía sacarse de la cabeza la imagen de ella en ese vestido negro, ni la seguridad con la que le había respondido a su madre. Le atraía. Le atraía de una forma visceral que lo enfurecía, porque sentía que estaba perdiendo el control.
"Es solo el instinto", se decía, apretando la mandíbula al verla secarse el sudor del cuello. "No es ella, es el cambio. No caigas en la trampa otra vez". Pero sus pies no se movían; se quedaba allí, cautivado por la voluntad de hierro de la mujer que él creía que era de cristal.
Una hora después, Yaneth estaba sentada en la terraza junto a Beatriz. Fabián se había ido "a retocarse la existencia" tras el trauma del gimnasio. El ambiente era tranquilo, pero Beatriz, con esa intuición de madre que no se deja engañar, dejó su taza de té sobre la mesa y miró fijamente a su nuera.
—Yaneth, querida... hemos hablado de dietas, de la empresa y de Thiago. Pero nunca me has hablado de ellos. De tus padres. De tu familia.
Yaneth sintió que el aire se enfriaba. El tema de su familia era una herida abierta que siempre intentaba cubrir con silencio.
—No hay mucho que decir, Beatriz —susurró Yaneth, bajando la mirada hacia sus manos—. Ellos... siempre pensaron que yo era un error. Mi hermana es hermosa, delgada, perfecta. Yo era la sombra que servía para limpiar sus desastres o para ser el blanco de sus burlas.
Beatriz frunció el ceño.
—Nadie es un error, hija. Pero dime, ¿por qué aceptaron este trato de forma tan... repentina? Roberto me dijo que tu padre estaba desesperado, pero la forma en que te entregaron, casi sin negociar...
Yaneth soltó un suspiro tembloroso y, por primera vez, le contó todo. Le contó cómo su madre le prohibía comer para que no "ensanchara más", cómo su padre la ignoraba a menos que fuera para culparla de su mala suerte, y cómo la noche antes de la boda, celebraron que por fin se "librarían de la carga".
—Me vendieron como si fuera una mercancía defectuosa —dijo Yaneth con la voz quebrada—. Según ellos, yo no valía nada más que el dinero que Thiago podía pagar por mi mano. Me despreciaban por mi peso, por mi cara, por existir. Mi madre decía que mi única función en la vida era no avergonzarlos demasiado frente a sus amigos.
Beatriz escuchaba en un silencio sepulcral. Su rostro, usualmente dulce, se endureció hasta parecer tallado en piedra. Como mujer de la alta sociedad, conocía la frialdad, pero esto era diferente.
—Eso no es falta de cariño, Yaneth —dijo Beatriz con una voz que destilaba peligro—. Eso es odio. Yo conozco a familias que no se llevan bien, padres que son distantes... pero lo que me cuentas es una cacería. Te usaron como sacrificio para salvarse ellos. Hay algo en ese odio que no me cuadra. Es demasiado personal, demasiado profundo para ser solo por unos kilos de más.
En ese momento, Thiago, que venía a buscar a su madre para salir, se detuvo detrás de la puerta acristalada. Escuchó cada palabra. Escuchó el dolor en la voz de Yaneth y la confesión de cómo su propia sangre la había traicionado de una forma mucho más cruel que la que él había vivido.
Él sufrió la traición de una amante y un amigo; ella había sufrido el abandono y el odio de quienes debían protegerla desde el primer día de su vida.
Thiago sintió una punzada en el estómago. Una mezcla de rabia hacia los Del Valle y una necesidad asfixiante de entrar y... ¿hacer qué? ¿Abrazarla? ¿Decirle que en su casa nadie volvería a tocarle un cabello? Su orgullo se lo impidió, pero el hielo en su interior volvió a crujir.
—Escúchame bien, Yaneth —continuó Beatriz, tomándole las manos con firmeza—. En esta casa eres una Nova. Y si esa familia de víboras cree que puede seguir usándote o humillándote, se van a encontrar con una pared de hierro. Roberto y yo no vamos a permitir que nadie te vuelva a hacer sentir pequeña.
Yaneth sollozó, asintiendo. Era la primera vez que se sentía protegida por una madre, aunque no fuera la suya.
Beatriz se quedó pensando, con la mirada perdida en el jardín. “Nadie odia así sin un motivo oculto”, pensó la señora Nova. “Aquí hay un secreto que esos miserables están guardando, y juro que lo voy a descubrir”.
Thiago se dio la vuelta y se alejó en silencio hacia su despacho. Ya no estaba insoportable de mal humor. Ahora estaba inquieto. La atracción que sentía por Yaneth se estaba mezclando con algo mucho más peligroso: la empatía. Y para un hombre que había jurado no volver a sentir nada por nadie, eso era el comienzo de su mayor derrota... o de su verdadera salvación.