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SOMBRAS DE AETHELGARD

SOMBRAS DE AETHELGARD

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Amor prohibido / Amor-odio / Completas
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa
SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.

Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.

Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: El Adiós al Hierro

La madrugada en la Fortaleza de Hierro no trajo el sol, sino una neblina espesa y azulada que se pegaba a los muros como un sudario. El fuego en el patio central apenas lograba combatir la humedad del aire. El silencio era inquietante; los gritos de la batalla de la noche anterior habían sido reemplazados por el sonido rítmico de los caballos herrados golpeando la piedra y el crujido del cuero al ser ajustado.

En los aposentos, Isolde se movía con una eficiencia que ella misma desconocía. Ya no buscaba sus cofres de joyas ni sus perfumes. Sus manos pequeñas, aún temblorosas por la adrenalina residual, doblaban una túnica de lana gruesa y guardaban un par de botas de cuero reforzado.

Se detuvo frente al gran baúl de madera y miró un vestido de seda dorada, el que usó en su última cena antes del asedio. Lo acarició un segundo, sintiendo la suavidad bajo sus dedos.

—Esa vida se terminó, Isolde —susurró para sí misma.

Cerró el baúl de golpe y se puso una capa de viaje gris oscuro, con capucha de piel de lobo. Ya no era la princesa de cuento; era una fugitiva en su propio reino.

La puerta se abrió con un estruendo familiar. Alaric entró, trayendo consigo el frío del exterior. Llevaba su armadura completa, pero sin el yelmo. Su cabello largo y oscuro estaba empapado por la neblina y su barba tenía gotas de humedad que brillaban como diamantes falsos bajo la luz de las velas.

—¿Estás lista? —preguntó él. Sus ojos café escanearon la habitación, deteniéndose un segundo en el rostro de ella para verificar cómo seguía el golpe en su mejilla. La marca estaba ahora de un color púrpura oscuro, una sombra que le daba a su belleza un aire trágico y guerrero.

—Lo estoy —respondió Isolde, colgándose una bolsa de cuero al hombro.

Alaric caminó hacia ella. Su sola presencia parecía absorber todo el espacio de la habitación. Se detuvo frente a ella, obligándola a levantar la barbilla. Su mano gigante, enguantada en cuero, se posó con una suavidad inesperada sobre el hombro de Isolde.

—El camino por los túneles es estrecho y está lleno de agua helada —dijo él, su voz era un ronquido bajo—. No podré llevarte en brazos todo el tiempo. Vas a tener que caminar, y vas a tener que hacerlo rápido. Si te quedas atrás, los guardias de Valerius te encontrarán antes que yo.

—No me quedaré atrás, Alaric —respondió ella, clavando sus ojos azules en los de él—. Deja de decirme lo que tengo que hacer como si no supiera lo que hay en juego.

Alaric apretó la mandíbula. Le gustaba ese fuego en sus ojos, pero le aterraba lo que ese mismo fuego podía atraer. Sin decir nada, sacó de su cinturón una pequeña funda de cuero y se la entregó.

—Toma esto.

Isolde la abrió. Era una daga más pequeña que la de hueso, pero con una hoja de acero negro, afilada como una navaja.

—La otra era un juguete —dijo Alaric—. Esta es para matar. No la uses a menos que tengas el cuello del enemigo a centímetros de tu mano.

Isolde guardó la daga en su cinturón, sintiendo el peso frío del acero contra su cadera.

—Vamos —ordenó Alaric.

Salieron de la habitación y bajaron por las escaleras de caracol hacia las cocinas. Allí, Cédric y Genevieve esperaban junto a una pesada losa de piedra que ya había sido movida. Los rebeldes estaban cargando los últimos suministros.

Genevieve abrazó a Isolde con fuerza. Sus ojos estaban rojos de cansancio pero firmes.

—Aethelgard caerá hoy, pero nosotros volveremos —susurró Genevieve al oído de su amiga.

Alaric se puso a la cabeza del grupo, encendiendo una antorcha que iluminó la boca oscura del túnel. Miró a Isolde una última vez antes de internarse en la oscuridad. Su cara de malo estaba más marcada que nunca, pero por un breve instante, Isolde vio en sus ojos una súplica silenciosa: No te mueras.

Entraron en el túnel y el olor a tierra húmeda y encierro los envolvió. El viaje hacia el Sur, hacia lo desconocido, acababa de comenzar.

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Helizahira Cohen
voy a empezar esta, lei tu primera novela entre Mareas muy bonita
Nelida Fuenteseca
Bastante caprichosita!!!
b zamitiz
🙂
Alexandra Ortiz Posada
Buen comienzo, gracias por compartir tu talento, bendiciones
mailyn rodriguez
Hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi. gracias.
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