Cuando Isabel muere debido a una enfermedad, su alma se transporta al mundo de la última novela que leyó: "La Duquesa Libertina". Ahora, con una segunda oportunidad, Isabel decide tomar control de su destino y cambiar el curso de la historia. Pero lo que no esperaba era que sus padres la obligaran a casarse con un duque sanguinario, misterioso y posesivo. Sin embargo, ella tratará de hacer la suya y no molestarlo, pero él desea otra cosa...
¿Podrá Isabel equilibrar su deseo de libertad con la pasión que la consume?
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Capitulo 13
Isabel frunció disgustada al verlo, pues después de lo de anoche la había dejado dormir completamente sola.
Estaba por hablar cuando la sirvienta Yanina se adelantó.
—¡Oh señor, que oportuno ha llegado usted! – exclamó Yanina fingiendo ser la víctima de la situación.
Cedric levantó una ceja.
—¿Así qué ahora no lo llamas por su nombre? – preguntó irónica Isabel.
El bajo comentario fue escuchado por los oídos de Cedric, que frunció la cejas mirandolas a ambas.
—¿De qué está hablando Yanina? – preguntó Cedric con voz hostil.
—No sé de lo que la señora habla – se defendió ella rápidamente – siempre lo he tratado a usted con el debido respeto señor.
Cedric dudó, miró a Isabel que lo estaba fulminando con la mirada.
Él comprendió que preguntarle a ella sería terriblemente insensato, y así solo despertaría aún más su ira contra él. Notó por un movimiento a la otra sirvienta, Dalia.
—Dalia, tú también estabas presente, dime ¿que sucedió? – preguntó con seriedad y leve ansiedad a la jóven que se moría de nervios.
Ella se removió en su lugar, ahora tenía la atención de todos los presentes sobre sí. No le gustaba esa situación, pero debía resolverse cuando antes.
Miró a los presentes, a su señor que lo miraba expectante, Yanina la miraba con los ojos entrecerrados, una advertencia muda en la mirada. Y su señora, directamente ya no la miraba, miraba con furia a su señor, la entendía.
—La señorita Yanina le ha faltado el respeto a nuestra señora nada más entrar a la habitación – confesó finalmente Dalia – y previamente a venir a servirla, se jactaba de que no iba a hacerlo con amabilidad y que nadie debería servirla directamente.
—¡No es cierto, maldita mentirosa! – gritó furiosa Yanina, intentando atacar a su compañera por delatarla.
Isabel la tomó del cielo con fuerza justo en el momento que iba enloquecida hacía Dalia.
—Ni se te ocurra ponerle un dedo encima – advirtió Isabel levantando el mentón.
Y de un fuerte empujón la tiró al suelo, justo a los pies de Cedric que miraba todo impasible.
—Señor, le juro que no es cierto lo que dicen – sollozó Yanina a los pies de Cedric.
Él la miró, sus ojos no mostraban ninguna gentileza o calidez.
—¿En serio tienes la desfachatez de mentirme a la cara? – inquirió él, con tono severo – no es la primera vez que se te acusa de insubordinación o de que te jactabas en mi nombre y en nuestros padres.
El rostro de Yanina se desfiguró del miedo, no tenía idea de que Cedric estaba al tanto de todo.
—Yo... – balbuceó ella pálida.
—Solo lo he estado pasando por alto debido a que tus padres han servido al ducado por años, pero esto ya es inaceptable – declaró Cedric firme – deja tus asuntos, hoy mismo te irás del ducado para no volver.
Yanina salió corriendo de la habitación llorando y chillando.
Cedric se volteó a mirar a Isabel, y se sorprendió al ver la rapidez con la que se había vestido. Al parecer, luego de tirar a la sirvienta, le pidió ayuda a Dalia para vestirse.
Ahora con ropa encima, Isabel con la ayuda de Dalia, estaba totalmente arreglada y lista.
—Isabel... – murmuró él Duque cuando ella pasó indiferente junto a él.
—Sabías como era ella y los reportes que te venían dando y aun así dudaste de mí, teniendo que preguntarle a Dalia lo que sucedió – reprochó ella resentida, para luego seguir su camino – vamos Dalia, muéstrame el jardín, quiero ver las flores.
—Sí señora – respondió Dalia, contenta de tener a una señora justa y amable.
Cedric se quedó allí de pie sin saber que decir, ella tenía razón después de todo.
Más tarde, él se asoma por la ventana de su despacho, había estado todo el día encerrado trabajando cuando la vió.
Isabel estaba junto a Dalia y el jardinero del ducado arreglando las flores. Los tres estaban haciendo jardinería de lo más entusiasmados, aquello que causó mucha gracia, Isabel con sus ropas elegantes llena de tierra y lodo, pero con una calidez exorbitante.
Incluso el jardinero que era bien conocido por su forma malhumorada y ser arisco a cualquiera que tocase sus plantas, ahora las cambiaba de lugar y le pedía ideas a la azabache.
Cedric de tanto trabajar se quedó dormido en su despacho, recostado en su mesa. No sé había percatado de la hora ni nada, simplemente había caído rendido.
Cuando salió del despacho se llevó una gran sorpresa.
El ducado había cambiado, al menos la sala y algunos pasillos, las cosas habían sido cambiadas de lugar, o se habían colocado nuevas cosas. Había flores por todos lados, colores y nuevas decoraciones. En toda esa parafornalia, Isabel estaba junto a Dalia y la ama de llaves súper enérgicas dando órdenes a algunos sirvientes de dónde colocar las cosas.
No lo podía creer, sólo había dormido unas pocas horas...
Cuando entró a la sala, todos se volvieron a verlo, incluso Isa que andaba de buen humor por los arreglos.
—¿Qué le parece señor? – preguntó nerviosa el ama de llaves.
—Es curioso ver cómo los adornos pueden transformar un lugar tan...– dijo él mirando a su alrededor – austero en algo tan... llamativo.
Isabel sintió crítica en su comentario y no le gustó.
—¿Qué quieres decir con "llamativo"? – preguntó ella de brazos cruzados – ¿acaso no te parece bonito?.
—No, no es eso – se excusó el Duque, realmente nervioso al ver que todos los sirvientes lo veían con una mirada juzgadora, apoyándola a ella – simplemente es interesante ver cómo cada cosa tiene su propio carácter, aunque algunas parezcan un poco... exageradas.
Isabel se sintió ofendida por su comentario, ella no trataba de exagerar algo, solo quería darle un poco de brillo y color al que sería su nuevo hogar, además los sirvientes también se habían alegrado por ello, habían dicho que antes todo estaba muy oscuro y sombrío, que ahora se parecía más a un hogar.
Ella se fue de allí rauda, no quería verlo. Los sirvientes también se dispersaron poco a poco, dejándolo solo y confundido.
Por la noche, Cedric entró al cuarto matrimonial, donde ella estaba.
—¿Qué haces aquí? – preguntó ella sorprendida en la cama. Creía que como muchos matrimonios, no compartirían la cama.
—Vengo a entrenar – revoleo los ojos él – es obvio que vengo a dormir Isabel.
Ella guardó un tenso silencio.
—Si no te molesta, dormiré en el cuarto de invitados – anuncio ella, tomando una bata de dormir y marchándose del cuarto, sin darle la oportunidad de decir nada más.
Ya estaba acostada en su nueva cama cuando sintió que la puerta se abrió bruscamente, asustándola.
—¿Qué si no me molesta? – repitió Cedric con tono sarcástico y una sonrisa ladeada – pues claro que me molesta, eres mi esposa y sólo dormirás conmigo.
—No quiero compartir la cama contigo – respondió ella aún molesta. Para colmo la noche anterior él había sido quien no durmió con ella, se había quedado esperándolo hasta que finalmente se durmió.
—No te estaba preguntando – exclamó sin más.
La tomó en brazos y se la llevó a su cuarto mientras ella pataleaba. Paso los dedos suavemente por su hendidura y ella se quedó absolutamente quieta, sintiendo las agradables sensaciones. Él sonrió complacido.
—Esa es mi gatita traviesa – rió él con voz la voz ronca, cargada de erotismo.