De Rusia a México
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El aire cortaba como una navaja, pero dentro de la cabaña privada de la mansión, el fuego no provenía de la chimenea, sino de una botella de vodka premium que Ivanito había "expropiado" de la reserva personal de su padre. A sus 17 años, en la cúspide de su fuerza y arrogancia, los tres amigos decidieron que la mayoría de edad no era una fecha en el calendario, sino un estado mental que se conquistaba por la fuerza.
Alexei, que vivía bajo el régimen espartano de Igor, tuvo que ejecutar una operación de extracción digna de un espía. Igor dormía con un ojo abierto, pero Mikhail, con su precisión quirúrgica, hackeó los sensores de movimiento del ala de seguridad, creando un "punto ciego" de exactamente noventa segundos. Alexei se deslizó por la ventana del segundo piso y cayó sobre la nieve con el silencio de un depredador, corriendo hacia el jeep donde Ivanito ya aceleraba el motor.
—Si Igor me atrapa, me va a colgar de los pies en la Plaza Roja —dijo Alexei, subiendo al auto con la adrenalina disparada.
—No si bebemos lo suficiente para que no sientas las piernas —rugió Ivanito, lanzándole la botella mientras Misha revisaba en su tableta la ruta hacia el antro más exclusivo del centro.
La noche fue un borrón de luces de neón y música electrónica. Fue la primera vez que probaron la libertad sin supervisión. Ivanito se adueñó de la pista; Mikhail analizaba a la seguridad del lugar con desdén; y Alexei reía por primera vez en años, olvidando que era el guardián de una princesa que le quitaba el sueño.
El lío comenzó cuando un grupo de hijos de oligarcas locales cometió el error de insultar el acento de Alexei, llamándolo "el perro de los Petrov". El silencio que siguió fue letal. Ivanito no esperó; su puño conectó con la mandíbula del agresor antes de que Mikhail terminara su trago. En segundos, el lugar se volvió una zona de combate. No peleaban como borrachos, sino como una unidad táctica: Mikhail bloqueaba con una silla, Ivanito derribaba con fuerza bruta y Alexei despachaba enemigos con una gracia mortal.
Terminaron la noche sentados en la acera, con la ropa rasgada, los nudillos sangrando y una risa histérica que les salía del alma bajo la nieve.
—Mi papá nos va a matar —jadeó Ivanito.
—Probablemente —respondió Misha—, pero valió cada segundo.
Regresaron al amanecer, entrando por la cocina como sombras maltrechas. Sin embargo, no contaban con que Luna los esperaba con tres tazas de café cargado y una expresión que prometía un infierno peor que la resaca. Detrás de ella, Ivan e Igor los observaban con los brazos cruzados.
—¿Buena noche, caballeros? —preguntó Ivan con una voz que les bajó la borrachera de golpe.
Ese día entendieron que, aunque pudieran derrotar a un antro entero, en la mansión Petrov el verdadero poder seguía teniendo nombre de madre y mirada de padre. Fue el cierre perfecto para su adolescencia: una noche de gloria y el castigo más largo de sus vidas.