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Lo Nuestro No Estaba Permitido

Lo Nuestro No Estaba Permitido

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Matrimonio arreglado
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabriela

Forzada a un matrimonio por conveniencia, Keyla encuentra en un amor prohibido y con el, la fuerza para romper las cadenas de una vida de mentira.

NovelToon tiene autorización de Gabriela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Con el corazón herido.

Andrés permanecía oculto en el pasillo, apoyado contra la pared de mármol, con los brazos cruzados y una sonrisa fría dibujada en el rostro. Había visto salir a Ulises de la oficina como una tormenta desatada de furia: el paso acelerado, los puños apretados, el rostro desencajado por la furia y la decepción. No necesitaba escuchar nada para saber que el golpe había sido certero.

—Perfecto… —murmuró—. Justo como lo planeé.

Esperó unos segundos más, asegurándose de que Ulises estuviera lo suficientemente lejos, y entonces empujó la puerta de la oficina de Keyla sin tocar. El sonido del llanto llenaba el ambiente. Keyla estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra el escritorio, cubriéndose el rostro con las manos, rota, deshecha.

Andrés no mostró ni una pizca de compasión.

Entró con tranquilidad, cerró la puerta y se sentó sobre el escritorio, cruzando una pierna con absoluta calma, como si estuviera observando una obra que le resultaba profundamente satisfactoria.

—Muy bien, querida esposa —dijo con ironía—. Estás haciendo un trabajo impecable. No sabes lo orgulloso que estoy de ti.

Keyla no respondió. Sus hombros temblaban, pero poco a poco comenzó a controlar el llanto. Andrés continuó hablando, disfrutando cada palabra.

—Ahora sí estoy completamente seguro de que todo lo que había entre tú y ese imbécil terminó. ¿Viste su cara al salir? —sonrió—. Un espectáculo digno de aplausos.

Keyla respiró hondo. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y, con una dignidad forzada, se puso de pie. Caminó hasta su silla y se sentó lentamente, acomodando algunos papeles solo para tener algo a qué aferrarse.

—Sal de aquí —dijo con voz serena, aunque por dentro estaba hecha trizas—. Lo último que quiero en este momento es lidiar contigo.

Andrés soltó una carcajada corta.

—Te estás volviendo más valiente —respondió—. Me gusta eso. Pero no olvides algo, Keyla… —se inclinó hacia ella—. Todo esto sigue siendo un juego que yo controlo.

Keyla levantó la mirada, desafiante.

—Ya hiciste lo que querías. Ahora vete.

Andrés la observó unos segundos más, evaluándola, y finalmente se incorporó.

—Disfruta tu nuevo puesto, señora Montenegro —dijo antes de salir—. Recuerda que mientras obedezcas, todo estará bien.

La puerta se cerró, y el silencio volvió a envolver la oficina. Keyla cerró los ojos. Había sobrevivido… pero a costa de perderlo todo.

Ulises estaba destrozado.

Se había refugiado con Joel en un bar discreto, lejos de la empresa, lejos de todo lo que le recordara a Keyla. Tenía un vaso en la mano que apenas había tocado. Su mirada estaba perdida, clavada en algún punto invisible.

—Dime que no es verdad —dijo finalmente, con la voz rota—. Dime que todo esto es una locura.

Joel lo observaba con el ceño fruncido. Nunca lo había visto así. Ulises siempre había sido fuerte, seguro, centrado. Ahora parecía un hombre vacío.

—Ulises… —empezó—. Tal vez hay algo que no sabemos. Keyla no es así.

—¡La vi besarlo! —explotó—. ¡Me miró a los ojos y me dijo que yo fui un error!

Joel guardó silencio. No tenía argumentos. Ver a su amigo tan herido le confirmaba que, al menos para Ulises, aquello era real.

Ulises apretó el vaso con fuerza.

—¿Sabes qué es lo peor? —continuó—. Que yo estaba dispuesto a enfrentar todo por ella. Y ella eligió quedarse con él.

Algo se quebró dentro de Ulises en ese instante. Joel lo sintió.

—Voy a dejar de ser el idiota enamorado —dijo Ulises, con una frialdad nueva en su voz—. Ya no voy a sentir. Ya no voy a perder por nadie.

—Ulises, eso no es una solución — No puedes convertirte en alguien que no eres.— Joel trató de hacer entrar en razón a su amigo.

Ulises lo miró, decidido.

—Sí puedo. Y lo voy a hacer.

Las semanas siguientes marcaron un cambio radical.

Ulises comenzó a comportarse como alguien irreconocible. Sonreía, coqueteaba, lanzaba miradas provocadoras. Las secretarias murmuraban, algunas se sentían halagadas, otras intrigadas. Él no se detenía. No sentía nada. O eso creía.

Joel lo observaba con preocupación.

—Esto no eres tú —le dijo más de una vez.

—Eso murió —respondía Ulises.

Las noches se volvieron vacías, y los días una sucesión de encuentros sin significado. Era una forma de anestesiar el dolor, de convencerse de que ya no le importaba.

Mientras tanto, Keyla se hundía en el trabajo. Pasaba horas encerrada en su oficina, diseñando, revisando proyectos, evitando pensar, evitando sentir. Su embarazo avanzaba en silencio, como un secreto pesado en su interior.

Un día, sumida en una montaña de documentos, olvidó tocar la puerta de una oficina cercana. Estaba distraída, agotada, con la mente en mil cosas.

Empujó la puerta.

El sonido la golpeó primero. Una voz femenina, entrecortada, unos fuertes gemidos, fuera de lugar. Luego vio el escenario completo.

El mundo se detuvo.

Ulises estaba allí.

Desarreglado, la camisa abierta, el rostro encendido, los pantalones abajo, y frente a él, una de las secretarias recostada sobre el escritorio, disfrutando de placer, era demasiado evidente lo que estaba ocurriendo.

Las carpetas cayeron de las manos de Keyla al suelo, haciendo un ruido seco que rompió el momento.

Ulises giró de inmediato. Sus ojos se encontraron con los de ella.

El tiempo se congeló.

La mujer reaccionó primero. Se paro rápidamente, se acomodó la ropa como pudo y salió casi corriendo, sin mirar atrás.

El silencio se volvió insoportable.

Keyla no podía moverse. Sentía un nudo en el estómago, una mezcla de náuseas, dolor y una culpa que la asfixiaba.

Ulises se terminó de acomodar con calma, sin rastro de vergüenza. La miró de arriba abajo, con una expresión distante, casi cínica.

—Sabes… —dijo con frialdad—. Aunque seas la esposa del dueño, deberías tocar la puerta antes de entrar.

Cada palabra fue un golpe.

Keyla sintió que el aire le faltaba. Quiso hablar, explicarse, gritar, llorar. Pero no podía. Nada salía.

Ulises pasó junto a ella sin mirarla de nuevo.

Ella se quedó allí, de pie, con los papeles esparcidos en el suelo y el corazón hecho pedazos.

Había tomado la decisión de alejarse para protegerlo… y ahora estaba viendo cómo lo perdía de la forma más cruel posible.

Y lo peor de todo era saber que, en parte, ella misma había empujado todo hacia ese abismo.

1
Alicia Lagos
genial
Alicia Lagos
linda novela no tardes tanto en subir más capítulos porfa
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