Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
NovelToon tiene autorización de Melany. v para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 12: Los problemas llegan.
El auditor llegó antes en el palacio.
Anabel lo vio cuando cruzó el patio interno del palacio. Reconoció el sello en el estuche que llevaba bajo el brazo. No era una revisión rutinaria. Era una intervención.
En la sala de archivos, los escribientes ya estaban alineados cuando ella entró. Nadie habló. Anabel tomó asiento en su escritorio habitual. No se permitió mostrar tensión. Revisó un registro abierto, aunque sabía que nadie estaba leyendo realmente.
El auditor entró acompañado por Arturo.
—Mi esposa supervisa estas cuentas —dijo Arturo—. Consideré adecuado que estuviera presente.
El auditor inclinó la cabeza apenas.
—Eso facilitará las cosas —respondió él.
Pidió los libros de recaudación de los últimos días. No los del archivo general, sino los duplicados privados del consejo fiscal. Anabel notó el detalle. Alguien había preparado bien esa visita.
Durante horas, el auditor revisó cifras, comparó sellos, pidió explicaciones menores. No acusó directamente. No necesitaba hacerlo. Cada pregunta era una marca.
—Este cobro se repite dos veces —dijo señalando una línea—. Una en el registro del pueblo, otra en el del consejo.
—Eso no debería ocurrir —respondió Anabel—. La duplicación indica extracción posterior.
—¿Posterior a qué? —preguntó él.
—A la entrega oficial —respondió ella—. Cuando ya no está bajo supervisión local.
El auditor anotó algo.
Arturo observaba en silencio. No intervenía, para nada. Anabel entendió el mensaje. Si aquello se volvía peligroso, no sería él quien quedara expuesto.
Al mediodía, el auditor cerró los libros.
—Volveré mañana —dijo—. Quiero ver los informes de ruta. Especialmente los de Kasmar, Eredal y Lorn.
Anabel sintió el golpe interno. No lo mostró.
—Estarán listos —respondió.
Cuando quedaron solos, Arturo habló por fin.
—Te advertí. Solo falta que encuentren más evidencias y estarás acabada.
Se fue sin añadir nada más.
Esa misma tarde, en Kasmar, la guardia volvió.
No entraron con cautela. Entraron con un gran números de soldados. Treinta hombres armados, con órdenes. Cerraron caminos, requisaron mercancía, detuvieron a tres hombres al azar, incluyendo un niño.
El capitán leyó el edicto en la plaza.
—Por orden del rey, cualquier persona que oculte información sobre el criminal conocido como el lobo blanco será castigada.
Una mujer gritó desde atrás.
—¡¿Y por qué se llevaron a mi hijo?!
El capitán no respondió. Dos guardias arrastraron al joven hasta el centro. Lo arrodillaron.
—Por advertencia —dijo el capitán—. Para que recuerden.
La noche seguía. El miedo todavía estaba fresco, no había tenido tiempo de asentarse del todo. Eso hacía que la gente hablara más de la cuenta o que callara demasiado.
Vladimir caminaba por el borde del camino que conectaba Lorn con un pequeño asentamiento sin nombre oficial. No era un pueblo importante. No tenía plaza central ni guardia permanente. Precisamente por eso, algunos nobles menores lo usaban como paso seguro cuando no querían ser vistos. Esa noche, uno de ellos estaba allí.
La taberna estaba casi vacía. Dos mesas ocupadas, un olor persistente a cerveza agria y pan duro. Vladimir entró sin apuro. Llevaba el abrigo que le habían dado en Kasmar, la capucha baja. No buscaba pelea. Tampoco huía. Solo quería una cerveza o díez.
Se sentó cerca de la pared. Pidió una cerveza con un gesto. El tabernero asintió sin hacer preguntas. Había aprendido a no hacerlas.
En la mesa del fondo, un hombre hablaba en voz baja con otro. Vestía bien, pero no llamativo. Ropa de viaje de buena calidad, botas limpias. No parecía perdido. Tampoco parecía cómodo.
—Te digo que es una locura —murmuraba el acompañante—. Si te reconocen aquí, no habrá título que te salve.
—Nadie me reconoce —respondió el joven—. No soy nadie importante. Ya no.
Vladimir escuchó sin mirarlos. Bebió un sorbo. El hombre giró la cabeza un segundo. Sus ojos se cruzaron con los de Vladimir y se detuvieron ahí más tiempo del necesario.
Frunció el ceño.
—Espera —dijo, levantándose despacio—. ¿Nos conocemos?
Vladimir no respondió.
El joven se acercó un poco más. Dudó. Miró el rostro de Vladimir con atención, como si buscara algo específico.
—No… —murmuró—. No puede ser.
—Mierda...— susurró con fastidio.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí