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Susanne confió en quien no debía, lo entregó todo y descubrió muy tarde que un falso juramento puede llevarte al infierno.
Sin nada más que perder, que una vida que la axficia, tomará un camino de venganza lento y hasta humillante, pero si quiere ver a su enemigo caer de la cima al fango, ella tendrá que meterse hasta en su cama, con una nueva identidad y destruir lo que ese hombre atesora
Lo que Susanne no sabe es que en medio de su venganza, su corazón vuelva a amar y que eso pueda ser más peligroso que cumplir con su venganza.
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12. Una nueva Samantha
Era una noche muy triste en el palacio de Salamanca, había silencio en cada rincón, incluso en la habitación de la niña más amada de la casa, solo roto por el sonido irregular de una respiración que se apagaba poco a poco.
Lord Antonio de Salamanca no se había movido de la antesala de los aposentos de Samantha, dónde caminaba de un lado a otro, con una angustia que lo había envejecido más rápido. El duque que había sido el más imponente de su generación, lucía devastado, ante los designios del destino que le había arrebatado a cada uno de los miembros de la familia que había formado.
Cada vez que la puerta se abría, su cuerpo se tensaba esperando lo inevitable y rogando que no fuera aún.
Don Íñigo de Alvarado, su hombre de confianza desde hacía más de treinta años, administrador del ducado, consejero político y guardián de secretos, aguardaba en silencio. Sabía que tal vez no era el momento más adecuado, pero necesitaba decir lo que había descubierto, porque si lo inevitable sucedía, el duque debía tomar una decisión muy importante.
Finalmente, Íñigo rompió el silencio.
- “Mi Lord, hay algo que debo decirle ahora, antes de que sea demasiado tarde”, dijo Iñigo.
Antonio se detuvo, como quien ya no resistiera algo más.
- “Si no se trata de mi hija, espera”, expresó Antonio, con voz cansada.
- “Se trata de sus hijos, de los que ya partieron y las verdaderas causas de sus muertes”, respondió Íñigo con voz grave.
Antonio cerró los ojos lentamente, él lo sospechaba, su corazón le gritaba.
- “Habla”, ordenó Antonio.
Íñigo bajó la voz, como si incluso las paredes pudieran traicionar.
- “He seguido cada rastro. Pagos, desplazamientos, silencios comprados. No hay una orden escrita, ni un testigo vivo que se atreva a hablar, pero todo apunta a un solo hombre”, manifestó Iñigo.
Antonio no preguntó el nombre.
- “Renato de Restrepo”, continuó Íñigo deteniéndose un poco, lo que revelaba era cosa seria. “Él no ensucia sus manos. Nunca lo ha hecho. Usa intermediarios, hombres descartables. Los ejecutores del accidente de cacería están muertos. Y los que saben algo están demasiado bien pagados para recordar”.
- “Entonces no hay pruebas”, dijo Antonio apoyando ambas manos en la pared.
- “No suficientes para acusarlo sin morir en el intento. Y aún si aparecieran, el rey no escucharía fácilmente”, respondió Íñigo sin rodeo.
- “¿Desde cuándo el rey protege a los asesinos?”, cuestionó Antonio, controlando su furia.
- “Desde que ese asesino sostiene media nobleza con su oro. Restrepo está emparentado con la corona. Financia campañas, favores, silencios. Usted no. Si lo acusa ahora, no caerá Restrepo. Caerá Salamanca; sin pruebas sólidas, la acusación de traición podría aparecer, su ducado es importante, más por la historia de sus ancestros, pero los valores que antes guiaban a los caballeros, ahora parece opacarse contra los oportunistas”, expresó Íñigo.
Un gemido apagado llegó desde el interior del aposento. Antonio sintió que algo se rompía dentro de él.
- “¿Cuánto tiempo le queda?”, preguntó Antonio, sin mirar a Íñigo; solo observando, desde el umbral a Lady Mercedes sosteniendo la mano de Samantha.
- “Horas, tal vez menos, mi Lord”, respondió el consejero.
Antonio pasó una mano temblorosa por su rostro.
- “Sin Samantha…, no queda nada, ya soy viejo, no tengo estoy seguro de poder ganar una batalla contra un hombre con tantos recursos” aseveró Antonio.
- “Sin heredero legítimo, cuando usted muera, el ducado volverá a la corona. Y el rey decidirá a quién entregarlo”, afirmó Íñigo. Antonio levantó la vista lentamente.
- “¿A Restrepo?”, cuestionó Antonio.
- “Exactamente, el duque no tiene un heredero legítimo para traspasar el ducado, el rey podría compensarlo con el suyo, al no haber una línea de sangre a quien perpetuar”, respondió Íñigo.
El silencio se volvió insoportable. Entonces Antonio miró hacia el fondo del corredor, hacia la habitación donde Susanne aguardaba, sin saber aún qué papel iba a exigirle el destino.
Samantha murió antes del amanecer. No hubo gritos. No hubo dramatismo. Solo un suspiro débil y luego nada. Antonio entró solo a la habitación. Se arrodilló junto al lecho, tomó la mano fría de la joven que había amado creyéndola su única hija, y apoyó la frente contra el colchón. No lloró. El dolor era demasiado grande incluso para eso.
Horas después, en un salón apartado del ala antigua del palacio, solo cuatro personas estaban presentes: Antonio, Susanne, Don Íñigo y Lady Mercedes de Alencastre, prima del duque, mujer prudente, inteligente y leal hasta el hueso; después de contarles que Susanne era una hija fuera del matrimonio, nacida el mismo día que nació Samantha.
- “Por ahora, nadie más debe saberlo, para el mundo, Lady Samantha sigue con vida. Enferma. Muy enferma”, dijo Íñigo.
Lady Mercedes asintió con gravedad.
- “Si la muerte se hace pública ahora, el rey enviará emisarios. Y detrás de ellos vendrá Restrepo, y tú vida estará en peligro primo, tenemos que fortalecer el ejército, sin heredera, a Restrepo le conviene mejor que estés muerto”.
Antonio miró a Susanne. Ella estaba de pie, pálida, pero firme.
- “Mató a sus hijos, y August me engañó y entregué todo, destruyendo mi virtud, mi pureza, y luego no le importó quemó a mi familia, y a mí también, porque él cree que yo morí en el incendio; y ahora además le arrebatará la suya para quedarse con todo. No se puede permitir, no lo tiene que permitir”, dijo Susanne, con la mirada de quien le han robado toda inocencia.
Antonio la observó con una mezcla de dolor y orgullo.
- “¿Qué propones? “, preguntó Íñigo. Susanne respiró hondo.
- “Que no gane”, respondió ella.
- "Las hijas ilegítimas no heredan un ducado”, dijo Lady Mercedes con cautela.
- “Lo sé”, respondió Susanne. “Por eso no seré Susanne”.
Antonio comprendió antes que nadie, que si se reconociera a sí mismo en su hija, la que desconocía, pero que le recordaba a su juventud perdida.
- “Serás Samantha”, susurró Antonio.
- “Lo que él espera, que usted le entregué una hija débil, dócil, desesperada por protección. Eso puedo fingirlo. Pero necesito tiempo”, manifestó Susanne.
- “Tiempo para entrenarte en lenguaje, protocolo, política y mentiras, las adecuadas para ganar su confianza, las adecuadas para hacerlo caer en su propio juego”, añadió Lady Mercedes.
- “Solo tengo un problema, él espera una virgen y yo ya no…”, dijo Susanne, bajando la mirada.
El silencio fue absoluto. Antonio cerró los ojos con dolor.
Entonces no podemos permitir que Restrepo exija consumar el matrimonio de inmediato. Necesitamos trabajar el engaño que haga creer que es el primero, ya algunas muchachas de sociedad lo han hecho antes, pero requiere tiempo, y mucho cuidado”, dijo Lady Mercedes con rapidez.
- “La edad. Exigir que “Samantha” cumpla dieciocho años antes de casarse, sabe que el cortejo y los preparativos de la boda tomarán seis meses más después de que los cumpla. Podríamos alegar que por razones de salud, debe viajar al extranjero para recuperarse, será mejor prepararla lejos, para que no se note el engaño”, aconsejó Íñigo.
- “Dos años”, murmuró Antonio. “Dos años para convertir a mi hija en alguien que pueda mirarlo a los ojos y destruirlo, no quisiera obligarte, esto es muy riesgoso", añadió mirando a Susanne.
Susanne alzó el mentón, y respiró profundo, le habían arrebatado todo, y los haría pagar.
- “No quiero huir. No quiero esconderme. Quiero que paguen. Y haré lo que sea necesario, aunque eso implique convertirse en la mujer de mi enemigo”, expresó Susanne.
Antonio se acercó y, por primera vez, la tomó de los hombros como a una hija.
“Entonces vivirás. Vivirás por tu hermana. Por tus abuelos. Por todos los que no pudieron hacerlo”, dijo Antonio con la voz rota.
A lo lejos, el alba aclaraba el cielo. Samantha había muerto, pero Susanne acababa de nacer con la identidad de su hermana, para convertirse en el mayor peligro que el duque de Restrepo jamás enfrentaría.
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