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Ecos Del Destino

Ecos Del Destino

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno / Reencarnación
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.

Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.

Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.

Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.

Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.

Porque hay amores que regresan.

Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: El primer eco

El vestido negro estaba sobre la cama desde las seis.

Monserrat lo miró un momento antes de tocarlo. Largo, de seda, con la espalda descubierta exactamente lo suficiente para que las fotografías tuvieran algo que destacar. Su madre lo había elegido tres semanas antes de morir, hacía ya diez años, y desde entonces era el uniforme de todas las ocasiones importantes. Como si ponérselo fuera también ponerse algo de ella.

Las medias primero. Luego el vestido, deslizándose sobre la piel con esa frialdad que solo la seda tiene cuando acaba de salir del armario. Después las joyas: los pendientes de perlas que habían sido de su abuela, el brazalete delgado que Alessandro le regaló en su primer aniversario.

Se miró en el espejo de cuerpo entero.

La mujer que le devolvía la mirada era exactamente quien debía ser. El cabello recogido en un moño bajo, el maquillaje justo para que las facciones destacaran sin parecer excesivo, los labios en un tono que alguien había llamado una vez “Bellini rosa” y que desde entonces usaban todas las mujeres de la familia.

Monserrat giró ligeramente la cabeza. El escote de la espalda dejaba ver la línea de la columna, las vértebras marcadas bajo la piel. Se preguntó, sin querer, si alguien miraría eso esa noche.

Se respondió que no importaba.

Salió de la habitación con los pasos justos para que los tacones sonaran sobre el mármol con la autoridad que se esperaba de ella.

El palazzo Bellini hervía de gente cuando llegó.

La entrada, las escaleras, los salones: todo estaba lleno de cuerpos vestidos de noche, joyas que atrapaban la luz de las arañas y conversaciones que sonaban a música de fondo, aunque fueran el verdadero propósito del evento. Monserrat los atravesó con la sonrisa colocada, saludando aquí y allá, dejando que su nombre flotara en el aire antes de que ella pasara.

—Monserrat.

Alessandro apareció a su lado. Él también llevaba el uniforme: esmoquin impecable, el pelo ligeramente despeinado a propósito, esa sonrisa que parecía decir todo está bajo control, aunque no lo estuviera.

—Llegas tarde —dijo, besándola en la mejilla.

—Tarde para ti. Puntual para todos los demás.

Él rió. Le ofreció el brazo. Ella lo tomó.

Caminaron juntos hacia el centro del salón, y Monserrat sintió cómo las miradas se ajustaban a su paso. La pareja perfecta. El hijo de los Vitale y la hija de los Bellini. El futuro de Florencia en un solo cuadro.

—¿Cómo estás? —preguntó Alessandro.

—Bien.

—¿Segura?

—Sí.

Él apretó su mano un instante sobre su antebrazo. Un gesto pequeño, privado, que nadie más vio.

—Me alegra.

Siguieron caminando.

El salón principal era un mar de seda y lentejuelas.

Monserrat conocía a casi todos los presentes. Los nombres, las familias, las historias que los unían o separaban desde hacía generaciones. Sabía con quién debía hablar y durante cuánto tiempo. Sabía qué temas evitar y cuáles cultivar. Sabía cuándo reír y cuándo asentir con seriedad.

Lo hacía todo sin pensar. Como si su cuerpo recordara un guion que su mente ya no necesitara leer.

—…y entonces le dije: si quieres vino, pídelo tú, que yo ya no tengo edad para estas cosas —decía una señora mayor, amiga de su abuela.

Monserrat sonrió.

—Qué bien hizo, signora. El vino de esta casa es excelente, pero hay que saber pedirlo.

La mujer rió, complacida. Monserrat asintió y siguió adelante.

Alessandro hablaba con unos socios cerca de la barra. Su padre posaba para una foto con el alcalde. Valentina, al otro lado del salón, gesticulaba con precisión mientras cerraba algún trato que nadie veía venir.

Todo estaba en su sitio.

Y entonces, sin razón, sin aviso, Monserrat levantó la vista hacia la entrada.

Él estaba ahí.

No lo vio llegar. No oyó que anunciaran su nombre. Simplemente, de pronto, estaba. Apoyado contra el marco de la puerta, con una copa en la mano que no bebía, mirando el salón como quien observa un mapa antes de decidir por dónde empezar.

Monserrat sintió el peso del vestido sobre los hombros, el roce de la seda contra la piel, un latido inesperado en la garganta. Las conversaciones alrededor se volvieron lejanas, como si llegaran desde el otro lado de un cristal grueso. La luz de las arañas se reflejaba en su copa, en sus ojos, en la línea de su mandíbula.

No supo cuánto tiempo pasó así.

—¿Monserrat? ¿Me escuchas?

Alessandro. La mano de él en su codo.

—Sí —dijo, volviéndose—. Perdón. Me distraje.

—¿Con qué?

—Con nada. La luz. Decías algo.

Alessandro la observó un momento. Luego retomó el tema del que hablaba.

Monserrat asintió en los momentos correctos. Pero algo en ella había cambiado de lugar, como una brújula que encuentra el norte sin que nadie la toque.

No volvió a mirar hacia la puerta.

Pero supo, durante toda la noche, exactamente dónde estaba él.

—¿Quién es ese? —preguntó en un descuido a Valentina.

Su hermana siguió la dirección de su mirada sin girar la cabeza. El talento Bellini para ver sin ser vistos.

—D’Angello. El mayor. Negocios en Milán, aunque últimamente está más aquí. ¿Por qué?

—Curiosidad.

—Pues ahógala. Los Vitale y los D’Angello no son precisamente amigos.

—Ya.

Valentina la miró entonces. Directamente. Con esa intensidad que solo usaba cuando quería asegurarse de que el mensaje había llegado.

—Va en serio, Monse. No te acerques.

—No voy a acercarme. Solo preguntaba.

Valentina asintió y se alejó hacia otro grupo.

Monserrat se quedó donde estaba, con la copa en la mano, mirando un punto neutro de la pared. No necesitaba mirarlo para saber que seguía allí. Lo sentía en la nuca, en los hombros, en la manera en que su respiración había cambiado sin que ella lo decidiera.

Dorian D’Angello.

El nombre del mensaje. El nombre que había leído dos veces.

Ahora tenía rostro.

La noche avanzó.

Monserrat habló con más gente, sonrió más veces, posó para más fotos. Alessandro se mantuvo a su lado la mayor parte del tiempo, y cuando no, ella sabía exactamente dónde encontrarlo. La coreografía de siempre.

Pero algo era distinto.

Cada vez que alguien se movía en la periferia de su visión, ella sabía si era él o no. Sin mirar. Sin comprobar. Lo sabía igual que se sabe si va a llover sin asomarse a la ventana: por el olor, por el cambio en la presión del aire.

En un momento dado, él cruzó el salón de un extremo a otro. Monserrat hablaba con un periodista cuando sintió su presencia pasar a sus espaldas. La conversación continuó. Ella siguió respondiendo. Pero cuando él ya había pasado, se dio cuenta de que no recordaba nada de lo que había dicho en los últimos segundos.

—¿Señorita Bellini? ¿Está bien?

—Sí. Perdón. Un poco de calor.

El periodista asintió, comprensivo. Ella bebió un sorbo de agua y continuó.

Pero sus dedos, alrededor de la copa, estaban más fríos que el cristal.

El balcón estaba vacío cuando salió.

El aire de la noche la golpeó con una frialdad bienvenida, limpia después del calor de los cuerpos y las luces. Florencia se extendía abajo, iluminada, silenciosa desde esa altura: cúpulas, campanarios, tejados que había mirado toda su vida.

Apoyó las manos en la balaustrada de piedra. Respiró hondo. Una vez. Otra.

Los pasos llegaron detrás.

No necesitó girarse para saber de quién eran. Algo en la nuca, en la tensión de los hombros, en la forma en que el aire se volvió más denso, se lo dijo antes de que hablara.

—El aire aquí es diferente —dijo él, sin preámbulo, como si continuara una conversación que ya existía.

Monserrat no se volvió.

—¿Diferente a qué?

—A lo que hay adentro.

Ella asintió. Era verdad. Dentro olía a perfume caro, a esfuerzo, a versiones calculadas de sí mismos. Afuera olía a piedra húmeda y a noche.

—Dorian D’Angello —dijo él.

Entonces se giró.

Estaba más cerca de lo que esperaba. La luz del salón llegaba filtrada, suave, dibujando sombras en su rostro que no existían bajo las arañas. La miró de una manera que ella no supo clasificar: no era la mirada de quien evalúa ni la de quien desea. Era otra cosa. Como si ya la conociera y estuviera comprobando algo.

—Monserrat Bellini —respondió.

Él asintió despacio. El gesto de quien confirma algo que ya sabía.

—¿Conoce el palazzo? —preguntó ella, por decir algo.

—De cierta manera.

—¿Qué significa “de cierta manera”?

Él sonrió apenas.

—Hay lugares que uno conoce antes de haberlos pisado. No sé si eso tiene sentido.

Monserrat sintió algo en el pecho. No dolor, no miedo, no alegría. Algo más antiguo, más profundo, sin nombre.

—Tiene sentido —dijo.

Antes de poder evitarlo.

Él la miró entonces. Solo un instante. Pero era la mirada de alguien que acaba de escuchar exactamente lo que esperaba, sin saber que lo esperaba.

El silencio entre ellos duró tres segundos. Tal vez cuatro.

—Buenas noches, señorita Bellini —dijo él.

—Buenas noches.

Se fue. Sus pasos sobre la piedra. La puerta cerrándose. El silencio otra vez.

Monserrat se quedó en el balcón, con las manos apoyadas en la balaustrada, mirando Florencia sin verla.

El frío de la piedra se le metía en las palmas. Los nudillos blancos. El aire, de pronto, no alcanzaba.

No recordaba haberse dormido.

Solo que un momento estaba en la cama, mirando el techo y sus grietas conocidas, y al siguiente estaba en otra parte.

Hay una habitación. Hay luz de velas, muchas velas, parpadeando sobre paredes de piedra. Hay una cama deshecha, sábanas blancas revueltas. Hay una ventana abierta por la que entra el olor de algo que no es Florencia: mar, quizá, o campo mojado.

Ella está ahí. Es ella y no lo es: el cabello más largo, las manos más jóvenes, una marca en el hombro que no tiene en esta vida.

Y él está ahí.

No lo ve del todo. Ve sus manos sobre la piel de ella, grandes, morenas, con un anillo en el meñique que no reconoce. Ve su boca moverse, diciendo cosas que no alcanza a oír, solo fragmentos: “…siempre…”, “…esta noche…”, “…te quedas…”

Ve cómo él la mira. Y esa mirada es la misma. La del balcón. La de hace unas horas. La de siempre.

Él dice algo en un idioma que mezcla palabras que entiende y palabras que no. Español e italiano entrelazados, como si fueran uno solo.

—No te vayas.

Eso lo entiende. Eso lo oye claro.

Y entonces él la besa. Y ella le responde. Y hay algo en ese beso que no es solo deseo, no es solo amor; algo que se parece al reconocimiento, algo que se parece al regreso a casa.

Y entonces—

Monserrat abrió los ojos.

La habitación estaba oscura. El techo, con sus grietas. El silencio de la villa. Las tres de la madrugada, otra vez.

Llevó la mano al pecho sin pensar.

Ahí, justo en el centro, la forma de un hueco.

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Graciela Valenzuela
está muy bonita 😍😍😍 pero yo pienso que ya deben avanzar los personajes principales ya va por el 22 y nada . si son de vidas pasadas por lo menos ella debería ya sentir amor quizás de querer buscarlo.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
Xoo Moon
no se.por que pero la.trama esta muy lenta y no atrapa
GALATEA CORAZÓN ❤️🇨🇴🇨🇴❤️
Ellos son novios, creo que no viven juntos, pero si duermen juntos algunas veces, o sea tienen intimidad. Entonces
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴
annix
muy lenta repite casi lo mismo en cada capítulo.
Lorena del pilar Fritz Torres
lenta lenta la historia, nada memorable hasta el capítulo 15
annix
cada cuando salen los capítulos me.enganche
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