Nací entre lujos, rodeada de poder, creyendo que el amor sería el único territorio donde nadie podría obligarme.
Me equivoqué.
Mi padre decidió mi destino con una firma.
Mi esposo selló mi condena con su desprecio.
Y yo… yo aprendí demasiado tarde que no todos los cuentos de hadas comienzan con una boda.
y que incluso en jaulas doradas se puede morir lentamente.
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capitulo 2 confesiones
Salí de la mansión sin recordar cómo crucé el jardín. La fotografía seguía apretada entre mis dedos, arrugada, húmeda por el sudor nervioso de mi mano.
aún no podía creer que era el.
Antonio Valderrama, ese que siempre había Sido mi refugio, mi confidente, mi mejor amigo.
El único hombre que parecía comprenderme más allá del apellido Soler, el mismo que ahora estaba obligado a casarse conmigo.
El destino tenía un cruel sentido del humor.
uno que yo aún no entendia. Conduje hasta su casa, el camino fue fácil para mí, lo conocía de memoria, incluso aunque estuviera ciega, sabría cómo llegar.
Cuando llegué, mi corazón latía con una esperanza absurda. Si alguien podía detener aquella locura, era él.
Siempre era él.
Toqué la puerta, tres veces, como tantas otras noches.
Antonio abrió.
llevaba una camisa blanca, con las mangas arremangadas, el cabello ligeramente desordenado. Tan familiar. Tan mío… o eso creía mi corazón ingenuo.
—Renata…
Su voz no sonó cálida, sonó tensa.
Entré sin esperar invitación. Nunca la necesitaba, ¿por qué ahora la tendría que necesitar?.
no sabía cómo comenzar así que lo solté de una vez, mientras pasaba a su lado.
—Mi padre quiere obligarme a…
—Lo sé.
Me detuve en seco.
—¿Qué?
Antonio cerró la puerta lentamente detrás de mi. Demasiado lentamente.
—Nuestros padres hablaron hoy.
El frío recorrió mi espalda.
—Antonio… dime que no aceptaste.- lo mire con esperanza, mientras esperaba su respuesta, pero solo hubo silencio.
un maldito silencio.
—No tenía opción.- respondió luego de meditarlo.
Sentí cómo algo dentro de mí comenzaba a resquebrajarse.
—Siempre hay una opción.- le asegure.
Sus ojos se endurecieron.
—No cuando mi futuro depende de ello.
—¿Mi futuro? - enfatice lo que acababa de decir.
Antonio caminó hacia el minibar, sirviéndose un trago con cara tensa.
—Mi padre fue muy claro.
Bebió hasta el fondo y volvió a servirse otro trago.
—Si no me caso contigo, la empresa…
No terminó la frase.
No hacía falta.
—La empresa será de tu hermano—susurré.
Su mandíbula se tensó.
Confirmando lo que yo ya sabía.
—Así que soy el precio a pagar.
—no eres el precio, Eres la condición.- me corrigió como si eso me hiciera sentir un poco mejor.
—Pensé que… Esto podría pasar si...
Las palabras se ahogaron en mi garganta.
—Nunca te prometí nada, Renata.
El golpe fue suave.
Pero letal.
—Pero eras el único en quien confiaba, mi refugio...mi amigo- lo último lo dije en un susurro casi que inaudible.
—Y lo sigo siendo.- afirmó
Lo miré incrédula.
—¿Esto te parece amistad?
Antonio suspiró, como si yo fuera el problema.
—Esto es supervivencia Renata.
Las lágrimas amenazaron con escapar.
—yo no puedo casarme contigo solo por una maldita condición... Yo te amo…
Sus ojos se cerraron apenas un segundo.
Solo uno.
Pero fue suficiente.
—No digas eso.
—Es la verdad.
—No para mí.
El mundo se detuvo.
—¿Hay alguien más?- pregunté sin querer escuchar la respuesta.
El silencio fue devastador.
Antonio no respondió.
No lo necesitaba, para saber que había alguien más.
—Antonio…- le apremie
—Sí.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Quién es?
Su mirada se volvió fría. Protectora. Implacable.
—Eso no importa.
Cada palabra fue una cuchilla.
—¿No importa?
—No Renata, no cambia nada.
El dolor se mezcló con incredulidad.
—¿La amas?- sentía que mis piernas en cualquier momento iban a fallarme y caería en el piso.
La pausa fue mínima. Pero eterna.
—Sí.
Mi corazón se rompió en silencio.
—Desde hace mucho.- continuo.
Mientras yo…
me enamoraba de él, ya el amaba a alguien más, nunca he tenido oportunidad con él, y el lo sabía... entonces ¿por que?... ¿Por qué me beso?
—Entonces este matrimonio...
—No tiene nada que ver contigo.
La frase me destrozó.
—Tiene que ver con lo que voy a perder si no sucede.
Sentí cómo algo oscuro comenzaba a despertar dentro de mí, como podría importarle tan poco lo que yo sientiera... O lo que su amor...
—¿Y ella?
Antonio desvió la mirada.
—Ella entiende.
Una risa amarga escapó de mis labios.
—Claro…
—Siempre hay una mujer que “entiende”. -dije con sarcasmo.
Antonio se acercó, no con ternura.
Con resignación.
—Renata… podemos hacerlo funcionar.
—¿Un matrimonio sin amor? ¿cómo crees que funciona?
—Un matrimonio útil Renata. No te pido que sea perfecto solo que sea creíble.
Ahí murió algo dentro de mí.
Definitivamente.
Lo miré por última vez… al hombre que había amado en secreto durante años, al que yo pensaba que era diferente, Pero me equivoqué.
—Algún día vas a arrepentirte de arruinar mi felifad- le sentencie.
Antonio sostuvo mi mirada.
Frío. Seguro. Despiadado.
—No.
Se inclinó un poco más a mi y me susurro al odio.
—tú eres mi mejor opción…
Sus palabras se clavaron como una daga final.
—tu no eres mi gran amor.