Ella nunca imaginó que el peor día de su vida terminaría con un anillo en el dedo.
Él juró no volver a amar… hasta que la obligación lo ató a una mujer que se convirtió en su debilidad.
Un matrimonio por contrato para salvar el honor, los negocios y una familia en ruinas.
Mentiras, secretos y enemigos ocultos pondrán a prueba un vínculo que nació de la conveniencia, pero que pronto se vuelve demasiado real.
En un mundo donde nada es lo que parece, ¿el amor será suficiente para sobrevivir?
NovelToon tiene autorización de Cenit Tapia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11 – El precio del silencio
La madrugada encontró a Valeria en la biblioteca de la mansión Montenegro. La inmensa estancia, iluminada apenas por la luz mortecina de las lámparas de pared, estaba sumida en un silencio inquietante. Ella no podía dormir; el ataque en el restaurante seguía persiguiéndola como una sombra que se negaba a disiparse. Cerraba los ojos y todavía escuchaba aquella voz enmascarada, grave y venenosa:
“Eres una vergüenza para él. Lárgate antes de que sea demasiado tarde.”
Buscó refugio entre los estantes antiguos, pasando los dedos por los lomos de los libros encuadernados en cuero, tratando de encontrar en esas páginas olvidadas un poco de calma. Pero el temblor en sus manos la traicionaba. No podía engañarse: estaba asustada, confundida y, sobre todo, hambrienta de respuestas.
De pronto, escuchó pasos firmes detrás de ella. Giró la cabeza, con el corazón en un puño, y lo vio. Adrián Montenegro apareció en el umbral de la puerta, imponente incluso a esas horas, con el nudo de la corbata flojo y la chaqueta colgando de un hombro. La elegancia parecía natural en él, pero lo que realmente dominaba la escena era la gravedad de su mirada.
—Deberías estar descansando —dijo con voz profunda, que más que sugerencia sonaba a orden.
Valeria frunció el ceño y se volvió por completo hacia él.
—¿Cómo podría dormir después de lo que pasó? —replicó, conteniendo la rabia—. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué dijo que debía alejarme de ti?
Los ojos grises de Adrián se ensombrecieron, como si una tormenta los cruzara. Caminó lentamente hasta quedar frente a ella, tan cerca que Valeria pudo sentir el peso de su presencia.
—No es asunto tuyo.
Las palabras cayeron como un látigo. Valeria apretó los puños, indignada.
—¿No es asunto mío? ¡Soy tu esposa! Aunque sea por contrato, ¿pretendes que me quede de brazos cruzados mientras me atacan en plena calle?
Él sostuvo su mirada por un largo instante. En los ojos de Valeria había un brillo que lo desarmaba: una mezcla de furia, miedo y desafío. Finalmente, Adrián metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un sobre negro. Lo dejó sobre la mesa de lectura, con un gesto seco.
—Llegó esta noche. Sin remitente.
Con el pulso desbocado, Valeria lo abrió. Dentro había una sola fotografía: un coche envuelto en llamas. Bajo la imagen, una frase escrita a máquina la heló por completo: “El silencio se paga caro. Esta vez fue Diego. La próxima será ella.”
—¿Diego? —murmuró, apenas encontrando su voz—. ¿Tu hermano?
Adrián apartó la mirada. La tensión en su mandíbula lo delataba.
—Él no murió en un accidente —confesó con un tono áspero, casi quebrado—. Y alguien quiere que lo sepas.
El aire en la biblioteca se volvió insoportablemente denso. Valeria dio un paso hacia él, buscando respuestas, pero Adrián retrocedió, erigiendo un muro invisible entre ambos.
—No preguntes más, Valeria. Entre menos sepas, más segura estarás.
Ella lo miró incrédula, sintiendo cómo la impotencia la consumía.
—¿Segura? ¡Me atacaron anoche! Tu silencio no me protege, Adrián. ¡Me convierte en un blanco!
Él reaccionó con brusquedad. Avanzó y le tomó la muñeca con firmeza, obligándola a mirarlo de frente.
—No entiendes. Si descubres demasiado, no habrá marcha atrás.
Por un instante, sus rostros quedaron tan cerca que Valeria pudo sentir el calor de su respiración, ese peligroso torbellino en el que miedo y atracción se confundían. Entonces Adrián la soltó de golpe y, con un movimiento mecánico, se ajustó la corbata, como si el gesto pudiera devolverle el control.
—Vuelve a tu habitación —ordenó con voz implacable—. Y recuerda lo que te digo: hay cosas que es mejor no saber.
Valeria lo observó alejarse, con el corazón latiendo desbocado. Tenía la certeza de que él ocultaba algo enorme. Y lo peor de todo era que el precio de ese silencio estaba cada vez más cerca de alcanzarla.