Bruno, un joven omega y estudiante apasionado por la historia china, siempre creyó que el pasado debía permanecer intacto… hasta que el pasado lo eligió a él.
Durante una excursión, descubre que el antiguo collar que ha llevado toda su vida perteneció al emperador Cheng, una joya entregada a su prometido como símbolo de un amor eterno. Un amor que, sin embargo, fue rechazado por orgullo, odio y la sombra de otro hombre.
Pero el destino le concede a Bruno una oportunidad que jamás imaginó.
Transportado a la era imperial, Bruno no solo conocerá al emperador que siempre admiró… sino que también tendrá la oportunidad de cambiar su historia, sanar sus heridas y reclamar el lugar que siempre le ha pertenecido.
Aunque el pasado guarda secretos, errores y decisiones que aún pueden destruirlo todo.
Esta vez, Bruno no huirá.
Esta vez, luchará por su emperador.
—¡Emperador, cásate conmigo!
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TRAMPA REVELADA
El aire se mantenía tenso; ninguno de los dos príncipes había respondido. Luo Lang miraba fijamente hacia el centro desde lejos. Lo sentía en lo más profundo de su ser: algo no estaba bien.
“¿Por qué aún no respondes?”, se preguntó, con el ceño apenas fruncido.
Desde la distancia podía observar la escena con claridad.
Su amado príncipe… le estaba dando ventaja al hijo del rey Xianfao.
Eso no era propio de él.
No en una situación como esa.
—Alteza, me ha pedido el emperador traerle esta bebida para refrescarse —dijo un sirviente, inclinándose respetuosamente frente a él.
—Dele las gracias de mi parte —respondió Luo sin apartar la mirada del campo. Una sonrisa ladina se dibujaba en sus labios, como si algo ya estuviera encajando en su mente.
Tomó la bebida.
Y entonces
Lo sintió.
Un calor repentino lo invadió por completo, recorriendo su cuerpo como una corriente abrasadora.
Su respiración se volvió irregular.
—¿En qué momento…? —murmuró, girando ligeramente la cabeza.
La sirvienta ya no estaba.
El mundo comenzó a girar.
La vista se le nubló.
Y antes de poder reaccionar…
todo se volvió negro.
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Nunca debes bajar la guardia.
Porque cuando menos lo esperes… alguien puede acercarse lo suficiente para destruirte.
—Hermanito… —susurró una voz con falsa dulzura— debiste suponer que esto lo planeé junto al príncipe.
Wei acarició el rostro inconsciente de Luo con una sonrisa cruel.
—Llévenlo a la habitación.
Dos guardias obedecieron de inmediato.
Desde la distancia, Wei hizo una seña.
Feng la entendió al instante.
Todo estaba en marcha.
En ese preciso momento, Wanxi levantó una tela blanca en señal de rendición.
—Fui un incompetente —declaró con teatralidad—. El príncipe heredero Cheng Yu es el ganador.
La multitud estalló en murmullos y comentarios.
Algunos celebraban.
Otros observaban con sospecha.
Pero Cheng…
no sonrió.
Su mirada buscó entre la multitud.
Y no lo encontró.
Luo Lang no estaba.
Un leve movimiento de su cabeza fue suficiente.
Sus hombres comenzaron a dispersarse discretamente.
La celebración continuaba… pero para él, algo estaba mal.
Muy mal.
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A unos metros de distancia, Feng y Wanxi intercambiaban palabras en voz baja.
—¿Está todo listo? —preguntó Wanxi.
—Tal y como lo planeamos —respondió Feng con tranquilidad—. Mi sirviente lo llevará con él.
El sirviente avanzó sin levantar sospechas.
Pero no estaba solo.
Un guardia lo seguía.
En silencio.
Observando.
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Minutos antes…
En la habitación preparada.
—Señorita, ¿qué hacemos con la sirvienta? —preguntó un guardia del reino del Norte.
—Hagan con ella lo que quieran —respondió Wei con indiferencia—. No es relevante.
Una sonrisa burlona cruzó su rostro.
Pero no notó…
que Luo ya se estaba moviendo.
Lentamente.
Confundido.
Pero consciente.
Había logrado resistir.
Con esfuerzo, sacó un pequeño frasco oculto entre sus ropas.
Un antídoto.
Se lo administró sin dudar.
Luego, con manos aún temblorosas, utilizó una aguja impregnada con una sustancia que provocaría un efecto intenso… suficiente para mantener a Wei fuera de control por un tiempo.
Tomó de entre sus mangas una daga preparada y apunto hacia el cuello del guardia.
—Más te vale no decir nada —murmuró Luo con voz baja pero firme, mirando al guardia—. Y libera a mi sirvienta… si no quieres terminar vendido como eunuco en un burdel.
El hombre palideció.
Asintió sin dudar.
“Maldita… pensaba dejarte vivir más tiempo”, pensó Luo, con rabia contenida.
—Disfruta de ser una concubina… hermanita —susurró antes de apartarse.
El guardia ayudó a cargar a Xiao.
Al salir…
Wang los vio.
Y entendió todo.
Se acercó rápidamente cuando Luo estuvo a punto de caer nuevamente.
—Señorito Luo, el príncipe heredero ha sido declarado ganador —dijo, ofreciendo apoyo.
—Eso ya lo sabía —respondió Luo con sarcasmo—. Ayúdame… llévame a una habitación.
Wang obedeció de inmediato.
Una vez dentro, Luo cerró la puerta con cuidado.
—Lleva a Xiao con el médico —ordenó—. Yo me encargo del resto.
—Sí, señor.
—Y tú… —añadió, mirando al guardia— más te vale no haber visto nada. Nunca estuve ahí. Nunca nos conocimos.
El hombre asintió rápidamente.
Luo, cuando estaba enojado… no era el mismo.
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Wang cumplió la orden.
Después, fue directamente con Cheng.
—Intentaron drogarlo, señor.
La taza en manos de Cheng se hizo añicos contra el suelo.
Su aura se volvió peligrosa.
—¿Cómo está él? —preguntó con voz contenida.
—Está bien… pero… —Wang dudó— da miedo cuando está enojado.
Cheng estaba a punto de reaccionar…
cuando un sirviente del segundo príncipe llegó apresuradamente.
—¡Alteza! Han encontrado al joven Luo Lang… en una situación comprometida con el príncipe Wanxi.
El silencio cayó como un golpe.
Cheng no dudó.
Salió corriendo.
Aunque en el fondo…
ya sabía la verdad.
Al llegar, la escena ya estaba armada.
El rey Xianfao, Feng… y varios nobles estaban presentes.
También la familia del primer ministro.
—¿Quién se atreve a cometer tal vulgaridad en el palacio? —murmuraban los nobles.
—Majestad —dijo un sirviente—, vi entrar al hijo del primer ministro y al príncipe Wanxi a esa habitación.
—¡Dios mío! —exclamaron algunas mujeres, cubriendo sus rostros.
—Es por eso que los omegas son unos vulgares —comentó con desprecio la esposa de un noble.
—Podría ser cierto… hace rato que no los veo —añadió otro.
—¡Es imposible! —gritó el primer ministro, arrodillándose—. Majestad, el nombre de mi hijo ha sido manchado.
—Nuestro hijo no haría algo así —dijo Chao, también arrodillándose—. Mucho menos aquí.
—Padre —intervino Feng con falsa calma—, deberíamos ver primero quién está dentro… antes de juzgar.
“Si no eres mío… disfrutaré verte caer”, pensó Feng con crueldad.
—Parece que mi hijo al final obtendrá lo que quiere —dijo Xianfao con burla—. ¿No cree, emperador?
—¡Basta! —tronó la voz del emperador.
El silencio fue inmediato.
—Han, abre la puerta.
El eunuco obedeció.
Las puertas se abrieron lentamente.
Y entonces
Los sonidos se hicieron claros.
Gemidos.
Desorden.
Una escena innegable.
Pero no era Luo.
Eran Wei… y Wanxi.
Ambos sin prendas, completamente ajenos al mundo exterior.
El escándalo fue inmediato.
—¿Qué…?
—¡Esto es…!
—¡¿Qué significa esto?!
—¿Qué hacen todos aquí? —se escuchó entonces desde atrás.
Todas las miradas se giraron.
Luo Lang estaba ahí.
De pie.
Intacto.
Fingiendo sorpresa.
—Hermanita… pero… —balbuceó Wei, fingiendo no comprender aún lo ocurrido.
Sus padres y la señora Jiang corrieron hacia él, revisándolo con desesperación.
—¿Estás bien?— pregunto la señora Jiang.
—¿Te hicieron algo?— pregunto el primer ministro con sus hijos.
—¡Hijo!— dijo Chao revisando su rostro
Mientras tanto…
Wei y Wanxi seguían perdidos en el efecto de la sustancia.
Ajeno al caos.
Ajeno a la humillación.
Y Luo…
simplemente observó.
Con calma.
Con frialdad.
Porque la trampa…
se había cerrado.