Abandonado en una raid urbana, Cael fue dado por muerto.
En las profundidades de una mazmorra oculta, despertó un Sistema prohibido que el mundo jamás debió conocer.
Mientras la ciudad sigue sus reglas…
él aprende a romperlas.
Y cuando regrese, no cambiará el ranking.
Cambiará el sistema.
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Capítulo 17 — — Bajo la Superficie
El foco no se veía desde la calle.
Eso era lo que más molestaba.
La cuadra parecía intacta: la ferretería con el letrero torcido, el kiosco medio cerrado, dos vecinos discutiendo por un auto mal estacionado. La vida seguía con su ruido pequeño, indiferente.
Y sin embargo, Cael sentía el tirón interno como una astilla clavada en la base del cuello.
—Es acá —dijo mirando el mapa—. Subsuelo del local de la esquina.
Lara estacionó media cuadra antes. Apagó el motor y dejó las manos un segundo sobre el volante. No era duda. Era concentración.
—Entramos, cerramos y salimos —dijo.
—Ojalá fuera tan simple —respondió Cael.
El hombre de la galería caminaba detrás, con la mochila floja en un hombro. No tenía postura de enemigo. Tenía postura de error.
La escalera al subsuelo crujió bajo el peso de los cuatro.
El aire era distinto allí abajo. No húmedo: metálico. Como si el espacio hubiera acumulado electricidad sin descarga durante años.
El foco era una ondulación baja, pegada al piso, apenas visible. El concreto vibraba con un pulso irregular. Una llave inglesa sobre una repisa temblaba milimétricamente.
No era grande.
Pero estaba creciendo.
—No toquen nada —dijo Maira, arrodillándose con los anclajes—. Si lo forzamos mal, rebota.
Cael no activó el Filo.
El impulso de cortar era fuerte.
Había aprendido a desconfiar de ese impulso.
—La alimentación pasa por esa caja —dijo el hombre, señalando una instalación eléctrica abierta—. Si bajan eso, pierde fuerza.
—Hacelo —ordenó Lara.
El hombre dudó. Miró el sistema como si estuviera traicionando algo propio.
Luego bajó la palanca.
Las luces titilaron.
El foco no murió.
Pero el pulso bajó un grado.
El tirón en el pecho de Cael también.
—Ahora —murmuró Maira.
Primer anclaje.
El aire vibró.
Segundo.
Estable.
Tercero…
Tardó.
Demasiado.
El concreto crujió en el fondo del pasillo.
No fue explosión.
Fue algo desplazándose.
La sombra se desprendió de la pared como si hubiera estado cosida ahí durante horas.
No tenía forma definida.
Tenía dirección.
Se arrastraba torpemente, pero con intención clara.
No fue hacia Cael.
Fue hacia la escalera.
Hacia arriba.
Hacia el edificio habitado.
—¡Anillo! —ordenó Lara.
Ivo cerró flanco.
Maira sostuvo el tercer anclaje.
La sombra giró de golpe.
Eligió al hombre.
Él retrocedió, enredándose con un cable. Cayó de espaldas.
El miedo en su cara fue brutalmente humano.
—No—…
La sombra se estiró.
Si lo atravesaba, la descarga podría propagarse.
Cael ya se estaba moviendo.
El Filo apareció en un destello azul contenido. No brillante. Preciso.
No atacó el cuerpo.
Buscó el punto de tensión.
El borde invisible que sostenía esa cohesión.
La sombra reaccionó.
Se desvió.
Rozó la pared.
Una grieta recorrió el concreto.
Polvo cayó desde el techo.
El edificio crujió.
—¡Cael! —advirtió Maira— ¡Está intentando dividirse!
Y era verdad.
La ondulación se bifurcaba en dos hebras más finas, buscando escapar por los ductos eléctricos.
Si alcanzaba las líneas superiores…
No terminaría ahí.
Cael ajustó el ángulo.
No fue un golpe fuerte.
Fue exacto.
El Filo raspó la línea de tensión central.
El subsuelo vibró como una caja hueca golpeada desde dentro.
La sombra se desarmó en filamentos que se evaporaron antes de tocar el suelo.
Silencio.
No total.
El concreto todavía murmuraba.
Y el cuerpo de Cael también.
La fatiga no fue punzada.
Fue una ola pesada que le subió por la espalda y le desenfocó la vista.
El suelo se inclinó.
Esta vez sí cayó de rodillas.
El Filo se apagó.
—Cael.
La voz de Lara no fue grito.
Fue firme.
Se acercó, pero no lo sostuvo de inmediato.
—Mirame.
Él levantó la vista.
No quiso mentir.
—Me fui un segundo.
—Volvé.
No era orden.
Era ancla.
Respiró.
Una.
Dos.
El mundo se alineó.
El pulso bajó.
El hormigueo retrocedió.
—Estoy —dijo al fin.
Maira cerró el tercer anclaje.
El foco se contrajo como una herida que finalmente deja de sangrar.
El aire volvió a ser aire.
El hombre seguía en el suelo, temblando.
—Yo no quería que… —la frase murió antes de terminar.
Ivo lo miró sin desprecio.
—Querer no alcanza.
El hombre levantó la vista.
—¿Me van a entregar?
Silencio.
Cael miró a Lara.
Ella no respondió por él.
No lo alivió.
No le quitó el peso.
—Vamos a avisar —dijo Cael finalmente—. No para hacer espectáculo. Para que esto no vuelva a pasar.
El hombre cerró los ojos.
Asintió.
No discutió.
—Merezco que me detengan.
—Merecés que nadie más pague por tus experimentos —respondió Cael—. Eso es lo mínimo.
Afuera, la cuadra seguía igual.
Nadie sabía que algo había estado a punto de abrirse bajo sus pies.
La Asociación llegó discreta. Sin sirenas. Sin luces innecesarias.
El hombre se fue con ellos sin resistencia.
No parecía aliviado.
Parecía despojado.
Cuando la camioneta volvió a quedar sola en la vereda, Lara apoyó la espalda contra la puerta y se pasó una mano por la cara.
—No te veía así desde el hospital.
—No me sentía así desde antes de empezar a ganar peleas —respondió Cael.
Ella lo miró con atención real.
—Eso no es algo de lo que presumir.
—No lo hago.
Silencio.
El asfalto mojado reflejaba luces amarillas que temblaban con cada auto que pasaba.
—Lara —dijo él.
—Decilo bien.
Cael bajó la mirada un segundo.
—Si algún día empiezo a creer que aguanto todo… frenáme antes de que lo demuestre.
Ella no apartó la vista.
—No voy a mirar cómo te rompés y llamarlo estrategia.
El aire entre ellos cambió.
No fue confesión.
Fue algo más serio.
Más peligroso.
Más verdadero.
Subieron a la camioneta.
El motor arrancó con un sonido simple y honesto.
Cael apoyó la cabeza en el respaldo.
No estaba pensando en salvar el mundo.
Estaba pensando en volver a casa.
En que todavía podía.
Y en que, por ahora, eso alcanzaba.