Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.
Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.
Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.
Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.
Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.
Porque hay amores que regresan.
Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.
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Capítulo 8: Lo que no se dice en voz alta
La luz del desayuno era la misma de siempre.
Monserrat la observó avanzar sobre el mantel, sobre la taza, sobre sus manos inmóviles. El café se enfriaba. Lo había servido hacía diez minutos y no había bebido un solo sorbo.
Su mente llevaba haciéndolo desde que abrió los ojos: volver.
No decidía hacerlo. No elegía los momentos. Simplemente, en mitad de la nada, la imagen aparecía. El balcón. La reunión. La cena. Los brazos paralelos sobre la mesa. La mano que no se movió. El calor que no fue contacto.
Eso es lo que estás haciendo, pensó. Volver.
Pero volver no significaba nada. Volver era solo memoria, y la memoria no era una elección. Todo el mundo recuerda cosas. Todo el mundo tiene imágenes que regresan sin razón.
Tomó la taza. El café estaba frío.
Lo bebió igual.
—No significa nada —dijo en voz alta, sin darse cuenta.
La cocina estaba vacía. Nadie la oyó.
Pero ella sí se oyó, y eso bastó para darse cuenta de que estaba hablando sola, y que hablar sola era exactamente lo que hace la gente cuando intenta convencerse de algo.
Dejó la taza en el fregadero y salió.
El café estaba en una piazza pequeña, al final de una calle que no llevaba a ningún sitio importante. Nadie venía allí por turismo. Solo los que vivían cerca, los que necesitaban un lugar donde el espresso costara lo normal y el dueño no preguntara cómo estabas porque ya lo sabía.
Monserrat pidió un café y se sentó en la mesa del fondo, la que daba a la pared de ladrillo visto. Sacó un libro del bolso. Lo abrió por la página marcada.
No leyó.
Miró las palabras sin verlas. Pasó los dedos por el borde de las hojas. Bebió un sorbo de café demasiado caliente y se quemó la lengua.
El pensamiento llegó sin pedir permiso: ¿qué estará haciendo ahora?
No necesitó decir el nombre. No hacía falta.
Apartó la idea con la misma rapidez con la que apartó la mano de la taza.
Miró la pared de ladrillo. Las marcas de humedad. Las grietas que el tiempo dejaba, igual que en el techo de su habitación, igual que en todo lo que envejece sin prisa.
Veintiocho años. Una vida construida con cuidado, con silencio, con decisiones correctas tomadas en el momento correcto. Y ahora esto: un hombre apareciendo en sus pensamientos sin avisar, sin permiso, sin una razón que pudiera explicar sin sentirse absurda.
El camarero pasó con una bandeja. No la miró.
Ella siguió mirando la pared.
Cuando por fin apartó la vista, el café ya estaba casi frío. Pagó, guardó el libro en el bolso y salió a la calle, caminando sin pensar demasiado hacia un lugar que siempre le resultaba familiar.
El apartamento de Bianca olía a pan recién hecho y a algo que se cocinaba a fuego lento. Monserrat conocía ese olor: era el olor de los días difíciles, de los días en que Bianca necesitaba mantener las manos ocupadas para no pensar.
—Pasa —dijo Bianca desde la cocina, sin asomarse—. Está abierto.
Monserrat entró y cerró la puerta. Se quitó los zapatos en la entrada, como siempre. Dejó el bolso en el sillón, como siempre. Fue a la cocina y se sentó en la banqueta de la barra, como siempre.
Bianca cortaba verduras con una precisión que rozaba lo agresivo.
—¿Qué pasó? —preguntó Monserrat.
—Nada.
—Bianca.
—Nada. Es él. Luca. Que es un idiota.
—¿Qué hizo?
—Nada. Ese es el problema. No hace nada. Aparece, desaparece, dice cosas bonitas y luego… nada.
Monserrat no respondió. Miró las manos de Bianca moviéndose sobre la tabla, el cuchillo bajando una y otra vez con la misma furia contenida.
—¿Y tú? —preguntó Bianca.
—¿Yo qué?
—¿Qué te pasa?
—Nada.
Bianca dejó el cuchillo y se volvió hacia ella.
—Mentira.
Monserrat sostuvo la mirada un segundo. Luego miró hacia otro lado.
—No es nada —dijo—. Solo que… no sé.
—¿No sabes qué?
—No sé cómo explicarlo.
Bianca se secó las manos en un paño y se sentó enfrente. La distancia entre ambas era la de miles de conversaciones compartidas durante quince años.
—Inténtalo —dijo.
Monserrat pasó un dedo por el borde de la barra. La madera lisa, gastada por el uso.
—Hay alguien —dijo.
—Ya.
—No es lo que piensas.
—No he dicho nada.
—Pero lo estás pensando.
Bianca esperó. No apartó la mirada.
—Es… complicado —continuó Monserrat—. No ha pasado nada. Ni siquiera estoy segura de que haya algo. Pero no puedo dejar de pensar en él.
—¿En quién?
Monserrat tardó en responder. Las palabras pesaban más de lo que deberían.
—D’Angello. Dorian.
Bianca no se movió. No hizo esa cara de sorpresa que la gente suele poner. Solo asintió despacio, como si llevara tiempo esperando ese nombre.
—Lo sabía —dijo.
—¿Cómo?
—La noche de la gala. Cuando te vi en esa foto. Y después lo que me contó Luca de la reunión en la galería.
—No pasó nada en la reunión.
—No dije que pasara. Solo que Luca me contó que su hermano no habla de nadie como habla de ti.
Monserrat se quedó quieta.
—¿Cómo habla?
—No supo explicarlo. Dijo que era como si ya te conociera. Como si llevara años esperando.
El aire en la cocina cambió de densidad. Monserrat lo sintió en los hombros, en la nuca, en la forma en que su respiración se volvió más lenta sin que ella lo decidiera.
—Eso no tiene sentido —dijo.
—Ya lo sé. Pero eso fue lo que dijo.
—No nos conocemos. Hablamos una vez en un balcón. Tuvimos una reunión. Coincidimos en una cena. Nada más.
—¿Y?
—Y nada. Eso es todo.
Bianca la observó un momento. Luego se levantó, abrió la nevera y sacó una botella de vino blanco y dos copas. Las llenó sin preguntar.
—Toma —dijo, deslizándole una.
Monserrat bebió. El vino estaba frío, ácido, exactamente lo que necesitaba.
—No estás enamorada de él —dijo Bianca.
—Claro que no.
—Pero tampoco puedes dejar de pensar en él.
Monserrat no respondió.
—Eso es diferente —dijo al final.
—No, Monse. Es el principio de lo mismo.
—Bianca…
—Estoy diciendo lo que ya sabes.
Monserrat bebió otro sorbo. El vino le quemó la garganta igual que el café de la mañana, igual que todo lo que tocaba hoy.
—Aunque fuera cierto —dijo—, ¿qué cambiaría?
—Nada. Solo quería que lo dijeras en voz alta.
—No lo he dicho.
—Lo has dicho todo sin decirlo. Es lo mismo.
Monserrat dejó la copa sobre la barra. El círculo húmedo que quedó en la madera era pequeño, perfecto.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora nada. Sigues con tu vida. Con Alessandro. Con la galería. Con lo que ya estaba antes de que él apareciera.
—¿Y si no puedo?
—Puedes. La gente puede casi todo. Lo que no puede es dejar de desear lo que desea.
Monserrat la miró.
—¿Tú qué harías?
—Yo ya estoy haciéndolo. Con Luca. Que también es un desastre, pero al menos es mi desastre.
—No es lo mismo.
—No. Pero duele parecido.
Se quedaron en silencio. La cocina seguía oliendo a pan y a algo cocinándose lentamente. Bianca se levantó, removió la olla y volvió a sentarse.
—¿Se lo vas a contar a Alessandro? —preguntó.
—No hay nada que contar.
—Ya. Pero cuando lo haya… ¿se lo dirás?
Monserrat no respondió. No porque no tuviera una respuesta, sino porque era una pregunta que no quería hacerse.
El teléfono sonó cuando volvía a casa.
Alessandro.
Monserrat miró la pantalla un instante antes de contestar. La foto de él sonriendo en algún viaje, el mar detrás, la camisa que a ella le gustaba.
—Dime.
—Hola, amor. ¿Cómo estás?
—Bien. Vuelvo de casa de Bianca.
—¿Todo bien con ella?
—Sí. Cosas de Luca.
—Ah. El hermano del otro.
Monserrat apretó el teléfono un poco más fuerte. No supo por qué.
—Sí. Ese.
—Te llamaba para confirmar lo del sábado. La cena con mis padres.
—Sí, claro. Está confirmado.
—¿A las ocho?
—Perfecto.
—Vale. Paso a buscarte.
—Vale.
Una pausa. De esas que, en una conversación normal, no significan nada.
—¿Estás bien? —preguntó Alessandro—. Te noto… no sé.
—Estoy bien. Solo cansada.
—¿Quieres que hablemos mañana y te dejo descansar?
—Sí. Mejor.
—Vale. Te quiero.
—Yo también.
Colgó.
Monserrat se quedó con el teléfono en la mano, en mitad de la calle, mientras la gente pasaba a su alrededor sin mirarla.
Luego siguió caminando.
En su habitación, sin encender la luz, pensó en todo lo que no quería pensar.
Y tomó una decisión. La única que parecía sensata.
Asintió para sí misma en la oscuridad.
El ordenador estaba encendido cuando salió del baño.
No recordaba haberlo abierto. Pero allí estaba, la pantalla iluminando la habitación, el correo cargándose, los mensajes apareciendo uno tras otro.
Y entre ellos, uno.
Asunto: Proyecto de colaboración D’Angello-Bellini. Reunión de seguimiento.
Lo abrió.
El mensaje venía de su equipo, reenviando una solicitud de la fundación D’Angello. Todo profesional. Todo correcto.
Dorian D’Angello solicita una reunión de seguimiento para ultimar detalles. Indica que prefiere hacerlo con la señorita Bellini directamente, dado que fue ella quien lideró la negociación inicial.
Monserrat leyó el mensaje una vez.
Dos veces.
La pantalla seguía iluminando la habitación. El cursor parpadeaba, esperando una respuesta que no llegaba.
Cerró el ordenador.
Se quedó sentada en la oscuridad, con las manos sobre la tapa cerrada, sintiendo el frío del plástico bajo las palmas.
Pasó un minuto. Quizá dos. Quizá diez.
No se movió.
Afuera, Florencia seguía su curso: luces, coches, voces lejanas, una ciudad que no sabía nada de lo que ocurría dentro de esa habitación.
Ella permaneció allí, inmóvil, mirando un punto fijo en la pared.
Y supo, sin querer saberlo, que la decisión que había tomado hacía una hora ya no existía.
O tal vez nunca había existido.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴