La baronesa Juana de Miraflores, llamada por sus vasallos Juana La loca, vió desde la torre de su castillo el avance de tropas enemigas al feudo y exigió a su padre viudo que contrajera matrimonio con la baronesa Oriana de Roca Alta. La idea de unir los feudos para la defensa era sin dudas la mejor salida, pero su proposición no tuvo eco. No le quedó otra : debía casarse ella con el bruto y mujeriego Barón Alvaro Pelayo Roca Alta.
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Capitulo 12. La llegada al Castillo de Valladolid.
El viaje de Castilla a Valladolid fue largo y cansador en los carruajes. Si bien, los sillones eran acolchados con hermosas telas de tapicería, los caminos algunos alagados otros con pedruscos cansaban a los caballos y las paradas en las posadas para recambio de animales y descanso de pasajeros era de rigor.
Juana María Cristina sabía que demorarían varios días. Eran más de 300 km de distancia y los dos carruajes iban cargados con baúles y personas.
La condesa y su ayuda de cámara Lady Maria Cisneros iban en uno y el conde y su esposa en otro.
Juana tenía una sensación de pérdida. El alejamiento de su hogar, de dónde casi nunca salía y la separación de su padre fue lo bastante fuerte para que una parte del viaje, viendo pasar la campiña conocida y adentrarse en otros territorios más lejanos le llenarán los ojos de lágrimas.
El Conde Alejandro le atendía solícitamente. Parecía cariñoso y preocupado por ella, le besaba sus manos y le abrazaba con afecto.
El primer día al atardecer pararon en la primera Posada. Fueron recibidos con honores por el dueño del Hospedaje. La recámara de Juana tenía una tina enorme que las criadas llenaron de agua caliente.
- Quieres bañarte primero Querida mía? - dijo el Conde.
,_ Bañémosnos juntos esposo- dijo Juana. A regañadientes y un poco cohibido el Conde Alejandro se sacó sus ropas y entró con su esposa en la tina.
Juana vió su hermoso cuerpo desnudo y le tomó de las manos tirándole a su lado. Alejandro se sentó en la tina, pero a pesar de que el momento era propicio, su esposo solo la besaba dándole tímidas caricias. Sus besos parecían haber perdido el fuego de su noche de bodas y Juana decidió no molestarlo más.
Le trató también con cariño pasando la esponja en su espalda y sus brazos. Luego se secaron y se vistieron con ropa de dormir. Una criada les acercó la comida y ambos cenaron de buena gana. Luego Alejandro la abrazó y durmió prendido a su cuerpo.
Y así, con ese acercamiento más de hermanos que de esposos recién casados pasaron los días de viaje.
Después de tres días llegaron al castillo Del conde. El castillo era tan grande y hermoso que Juana levantó un poco su ánimo. Pasó buena parte del día conociendo las diversas dependencias y salones y conversó bastante con la abuela de su esposo.
El rey se encontraba en Valladolid, y Alejandro fue llamado por su majestad.
Ver a su esposo con uniforme militar encantó a Juana. Era realmente un ángel guerrero y quizá la forma como su esposa lo miraba mientras el se vestía para partir hizo que Alejandro la viera otra vez con pasión como cuando estuvieron en el arroyo Cantarin.
El conde abrazó a su mujer y se prendió con pasión de sus glúteos. La beso profundamente y el corazón de Juana casi explotó de felicidad.
Ese era el hombre con cuál ella se casó. Ardiente y apasionado. Unas lágrimas cayeron de los ojos de Juana.
_ Vendré pronto, amada mía - dijo él. Y volveremos a estar juntos. Te prometo. -
Juana se prendió de sus rulos y los estiró como sabía que a él le gustaba mientras lo besaba en el cuello. Le acaricio con fuerza el trasero y Alejandro gimió de placer.
_ Vuelve pronto Señor mío - dijo Juana. Y así entre besos fogosos se despidieron.
Juana sabía lo que había pasado. Su esposo estaba cansado de esa ardiente primera noche y ella se había olvidado de las caricias y trato que a él le gustaban. Así que cuando Alejandro volviera ella sabría que hacer para poder tener otra vez el loco apasionado de su primera noche.
Un complejo itinerario de tareas le fue acordado por la condesa Ximena a la nueva Lady del condado. Juana tenía clases de oratoria, piano y danza. Además debía recorrer las dependencias y controlar el cuidado de cada espacio, las flores y frutas qué adornaban el lugar, pasear con la abuela de su esposo por los jardines que bordeaban el palacio y estar atenta a los menús que se prepararon en el castillo.
La Condesa Ximena le permitió salir a cabalgar sin alejarse demasiado del castillo. Esa fue la mejor parte. Juana , sobre el caballo se sentía Libre. No era su Carlomagno, pero era un caballo al fin.
_ Mira hija mía. Vete al trote. No corras- le dijo la condesa - quizás ya estés embarazada. Ha pasado un mes ya de tu casamiento.
_ Es que solo la noche de bodas estuvimos juntos - dijo Juana a su ahora abuela. Mí esposo estuvo muy cansado después por el viaje - completó.
_ Es raro verdad? Bien. No importa. Cuando vuelva mi nieto vendrá seguro deseando estar en tus brazos - dijo la condesa.
Los días empezaron a correr lentamente y los escuderos llegaban con misivas del Conde sobre los lugares donde estaban luchando. Pero el conde no llegaba solo sus cartas de amor que llorando leía Juana.
Un día la ayudante de La condesa Ximena vino a hablar con ella. Juana estaba en su alcoba y Luisa , la muchacha que le atendía, vino a traerle la noticia.
--Lady Maria Cisneros quiere hablar con usted condesa -
-- Conmigo? Que querrá? - pensó Juana. Hazle pasar Luisa. - dijo.
--Señora Condesa, quiero informarle que un caballero que usted conoce vendrá a visitarme. No sé alojará acá. Por supuesto. Sino en una dependencia de mí propia residencia o en la Posada que está en la villa contigua.--
_ Un caballero que yo conozco? ¿Quien? ¿Mí padre acaso ? --preguntó Juana.
_ No. No es el barón Alfonso, sino el varón Álvaro Pelayo de Roca Alta.- dijo.
Juana María Cristina le miró asombrada. Esa rolliza viuda debía llevarle más de diez años a su ex. Pero sabía de las actividades amatorias de Álvaro, así que no se extrañó.
_ Pues. Me alegro lady Maria. Espero que pasen de diez ambos - dijo.- No necesita pedirme permiso. Sabe que entre el barón y yo nunca hubo nada. Solo fue una errónea desición de nuestros padres - concluyó.
Trató de sacudirse de la cabeza la sensación molesta que le aquejo con la noticia y se acostó a dormir.
Esa noche soñó con su esposo y su noche de bodas. Alejandro le hacía el amor con fuerza y locura y ella se revolcaba en la cama en virtud de ese sueño. De golpe,en su sueño, su esposo levantó la cabeza de entre sus piernas y le miró con pasión.
Un grito salió de su boca. Ese que la miraba no era Alejandro era Álvaro Pelayo de Roca Alta.
Juana se despertó temblando.Habia tenido la pesadilla más atroz de todas. Estaba sola en la gran cama y todo estaba bien- se dijo.