Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
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Capítulo 8: El primer clavo
...~Sergio~...
La oficina de Sergio estaba en la planta catorce de un edificio de cristal y acero, a doce minutos andando de Torres Tech. Lo sabía porque había medido la distancia varias veces, en diferentes momentos del día, calculando el tiempo exacto que separaba su mundo del de Alejandro.
Trescientos metros. Cuatro minutos en coche. Doce andando.
Tan cerca y tan lejos.
Eran las cuatro y media de la tarde cuando su compañera de despacho, Laura, soltó un silbido desde su mesa.
—Sergio, mira esto.
Levantó la vista de la pantalla, donde repasaba unos datos de rendimiento. Laura le acercaba el teléfono con una sonrisa de complicidad.
—Tu primo ha salido en los paparazis. Está hasta en Instagram.
Sergio cogió el teléfono. La pantalla mostraba una foto: Alejandro y Adrián saliendo del restaurante Ábaco. Uno con su traje impecable, el otro con vaqueros y chaqueta informal. La luz les daba de lleno y alguien había captado el momento justo en que Alejandro sostenía la puerta para que Adrián pasara. Parecían... una pareja.
El titular, en letras rosa chicle, decía:
"¡AMOR A PRIMERA VISTA! Alejandro Torres y su omega derrochan complicidad en comida romántica"
Sergio sintió que algo se le retorcía en el estómago. Devolvió el teléfono con una sonrisa forzada.
—Qué bonito —dijo, y su voz sonó extraña incluso para él.
—¿Estás bien? Te has puesto pálido.
—Trabajo. Mucho trabajo.
Laura lo miró con extrañeza, pero no insistió. Volvió a su pantalla y el teléfono desapareció en su cajón.
Sergio se giró hacia el ordenador. Los números bailaban delante de sus ojos sin que pudiera enfocarlos. La imagen de la foto se le había grabado en la retina como una quemadura.
Comida romántica.
Sabía que no era real. Conocía a Alejandro lo suficiente para saber que ese gesto de sujetar la puerta era pura educación, puro protocolo. Conocía a Adrián lo suficiente para saber que su sonrisa en la foto era la misma sonrisa educada de siempre, la del omega que cumple. Pero daba igual.
Lo que dolía no era la realidad. Lo que dolía era la imagen, la posibilidad. La idea de que, para el mundo, ellos eran una pareja y él, Sergio, no era nada. Ni para el mundo ni para Alejandro.
Cerró los ojos un momento. Respiró hondo. Luego los abrió y volvió al trabajo.
Pero la imagen seguía ahí.
A las cinco menos cuarto, recibió un correo. Era de la secretaría de Torres Tech, confirmando su asistencia a la reunión de las seis. "Presentación de proyectos de innovación abierta". Él había solicitado asistir hacía semanas, a través de su empresa, con la excusa de explorar posibles colaboraciones.
La verdad era otra: quería verlo. Necesitaba verlo. Incluso si era solo para sufrir.
Se levantó, fue al baño, se miró al espejo. El mismo rostro de siempre. El mismo pelo perfectamente colocado. La misma mandíbula tensa. Detrás de sus ojos verdes, algo se movía, algo que no le gustaba.
—Concéntrate —se dijo—. Es una reunión. Solo eso.
Pero mientras se ajustaba la corbata por tercera vez, su mente viajó a otro lugar, a otra época. A la primera vez que intentó acercarse a Alejandro.
Flashback - Hace tres años
Era una presentación de proyectos en la cámara de comercio. Él había preparado algo brillante, una innovación en logística que había llamado la atención de varios directivos. Al terminar, vio a Alejandro al fondo de la sala. Respiró hondo, se acercó.
—Señor Torres, soy Sergio Guerrero. Me encantaría mostrarle mi proyecto con más detalle, creo que podría interesarle.
Alejandro lo miró. Un segundo. Dos. Luego dijo:
—Guerrero?
—Sí
—Mm. Habla con mi secretaria. Ella te dará cita.
Y se dio la vuelta.
Eso fue todo. Ni una pregunta más. Ni un "¿qué has presentado?". Ni un "me interesa". Solo "habla con mi secretaria", como si él fuera un comercial más, un proveedor, alguien sin rostro.
Sergio esperó tres meses la cita. Nunca llegó.
Salió del baño y volvió a su mesa. Faltaba media hora para la reunión. Recogió sus cosas, se despidió de Laura con un gesto, y salió a la calle.
El trayecto hasta Torres Tech lo hizo andando, despacio, sintiendo el aire frío en la cara. Necesitaba despejarse. Necesitaba recordarse a sí mismo que era un profesional, que iba a una reunión de trabajo, que Alejandro era solo un hombre más.
Pero cuando llegó al vestíbulo del rascacielos, cuando el ascensor empezó a subir y los números saltaban en la pantalla, el corazón se le aceleró. No podía evitarlo.
Planta 48. Puertas de cristal. Recepcionista con sonrisa profesional.
—Sergio Guerrero, vengo a la reunión de innovación.
—Sí, pase. Están en la sala A.
Caminó por el pasillo. Las paredes eran blancas, los suelos de madera clara, todo minimalista y caro. Olía a limpio, a eficiencia, a dinero.
Llegó a la sala A. La puerta estaba entreabierta. Desde fuera, oyó voces. La de Alejandro, grave, pausada, dirigiéndose a alguien.
—...su análisis es impecable, Martínez. Me gusta esa línea. Siga desarrollándola.
Martínez. Un investigador cualquiera. Y Alejandro usaba su nombre.
Sergio apretó los dientes y entró.
La sala era amplia, con una mesa de reuniones en el centro y una pared entera de ventanales. Había unas quince personas: accionistas, investigadores, directivos. Alejandro estaba al frente, de pie junto a una pantalla táctil, señalando unos gráficos.
No levantó la vista cuando Sergio entró.
—Tomen asiento, empezamos.
Sergio se sentó en un rincón, lo más alejado posible, desde donde pudiera observar sin ser observado. La reunión transcurrió con la eficiencia de un reloj. Cada persona presentaba sus avances, Alejandro hacía preguntas precisas, tomaba notas, decidía. Era brillante, era frío. Era exactamente el hombre del que Sergio se había enamorado.
Y no lo miraba. Ni una vez.
Cuando llegó su turno de hablar, Sergio expuso su análisis con claridad, con datos, con propuestas concretas. Había trabajado en ello durante semanas. Era bueno, muy bueno.
Alejandro escuchó en silencio. Cuando terminó, hubo un breve silencio.
—Gracias —dijo Alejandro—. Siguiente.
Nada más. Ni una valoración. Ni una pregunta. Ni siquiera un gesto.
Sergio sintió que la sangre se le agolpaba en las sienes. A su lado, un accionista comentó algo sobre los datos y Alejandro respondió con interés. A él, nada.
Ni siquiera sabe mi nombre, pensó. O lo sabe, pero no le importa.
La reunión terminó una hora después. La gente empezó a levantarse, a recoger sus cosas, a formar pequeños grupos de conversación. Sergio se quedó quieto un momento, mirando a Alejandro, que hablaba animadamente con un grupo de investigadores.
Uno de ellos, un chico joven, le tocó el brazo para enfatizar un punto. Alejandro sonrió. Una sonrisa pequeña, pero sonrisa al fin.
Sergio recordó la foto del restaurante. La sonrisa de Adrián. La puerta sostenida. La "complicidad". Y luego recordó las palabras de Laura: "Tu primo ha salido en los paparazis."
Tu primo. No tú. Tú nunca.
Se levantó y salió de la sala sin despedirse. Necesitaba aire.
En el ascensor, solo, bajando las cuarenta y ocho plantas, apoyó la frente en el espejo y cerró los ojos.
La imagen de la foto volvió. Y la imagen de la reunión. Y el eco de la voz de Alejandro diciendo "gracias" sin mirarlo.
Algo se rompió dentro de él. No fue un estallido, no fue un grito. Fue una fisura pequeña, casi silenciosa, pero definitiva.
¿Y si Adrián no estuviera?
La pregunta apareció en su mente sin pedir permiso. Se instaló allí, incómoda, venenosa.
Si Adrián no estuviera... ¿me miraría?
No era un plan. No era una decisión. Era solo una idea, un experimento mental, un "qué pasaría si".
Pero una vez que la idea estuvo ahí, no pudo quitársela.
El ascensor llegó a la planta baja y las puertas se abrieron. Sergio salió al vestíbulo, cruzó la puerta giratoria, y se encontró en la calle, con la noche cayendo sobre la ciudad.
Caminó sin rumbo, dejando que el frío le helara la cara. No sabía adónde iba, solo sabía que no podía volver a casa, a su silencio, a sus cuatro paredes blancas.
En algún momento se encontró frente a un bar, entró, pidió una copa de algo que ni siquiera miró. Se sentó en una mesa apartada, con la bebida intacta delante, y dejó que su mente vagara.
¿Cómo?
La pregunta había evolucionado. Ya no era "¿y si?". Era "¿cómo?".
Porque Sergio no era alguien cruel. Nunca lo había sido. Era un hombre brillante, trabajador, honrado. Pero el amor, ese amor que llevaba años alimentando en silencio, lo estaba pudriendo por dentro.
Recordó la conversación con su madre, días atrás. "¿No hay nadie especial?", le había preguntado. Y él había mentido.
No, no había nadie especial. Había alguien imposible.
Y entre él y ese imposible, estaba Adrián.
Su primo. Su dulce primo, que nunca le había hecho daño. Que esa misma semana le había escrito un mensaje preguntando si estaba bien. Que se preocupaba por él sin saber que él, Sergio, lo odiaba con una parte de su corazón.
Podríamos haber sido amigos, había pensado alguna vez. Pero eso era antes. Antes de la foto. Antes de la reunión. Antes de que la pregunta apareciera.
Ahora ya no estaba seguro de poder ser nada con Adrián.
Terminó la copa de un trago. El alcohol quemó, pero no lo suficiente. Pagó y salió.
La calle estaba más oscura ahora. Menos gente. Mejor.
Caminando hacia su apartamento, pasó por delante de una tienda de electrónica. En los escaparates, decenas de televisores emitían las mismas imágenes: un programa del corazón, un debate sobre la pareja de moda. Y ahí estaban otra vez: Alejandro y Adrián, sonriendo, perfectos, falsos.
Sergio se detuvo. Miró la imagen fijamente. Luego siguió andando.
Pero algo había cambiado. Ya no era solo dolor. Ya no era solo envidia. Ahora, en el fondo de su pecho, había una pregunta que crecía como una enredadera.
¿Cómo?
Llegó a su edificio. Subió en el ascensor. Entró en su apartamento. La oscuridad lo recibió como una vieja amiga.
Se sentó en el sofá, sin encender las luces. En la mesilla, el teléfono. El mensaje de Adrián seguía ahí, abierto.
"De nada, primo. Para eso estamos. Cuídate."
Lo leyó una vez. Dos veces. Tres.
Y por primera vez, no sintió nada.
Ni gratitud. Ni ternura. Ni esa pequeña punzada de culpa por odiar a alguien que se preocupaba por él. Solo vacío.
Y en el fondo de ese vacío, una pregunta.
¿Cómo?
No tenía respuesta. No aún.Pero la pregunta estaba ahí. Y eso, pensó mientras cerraba los ojos en la oscuridad, ya era suficiente.
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕