No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capitulo 6
Después de aquel día, Arya se volvió más esquiva. Comenzó a evitar, de manera casi instintiva, los lugares en los que sabía que podría encontrarse con el joven von Hohenberg. Ni siquiera sabía con certeza por qué lo hacía; solo tenía claro que no quería volver a sentir aquella extraña sensación que la sacaba de su rutina habitual y la dejaba sin saber cómo actuar, qué decir o cómo comportarse. Lo único que deseaba era tranquilidad.
Sin embargo, debía estudiar. Las aulas, el patio y la biblioteca eran los lugares más comunes para hacerlo, y precisamente por eso eran también espacios donde podía cruzarse con August von Hohenberg. Necesitaba un sitio distinto, uno donde pudiera pasar desapercibida.
Entonces lo recordó.
Aquel balcón silencioso, apartado y casi olvidado por todos, se dibujó en su mente. Sin pensarlo demasiado, Arya se dirigió hacia allí con discreción. Al llegar, miró alrededor y aunque estaba silencioso, ahí había alguien, sentado en el suelo y recostado contra la pared se encontraba Edward von Reinhardt. Arya se sorprendió, pero se mantuvo silenciosa, al parecer estaba durmiendo. Contempló sus opiniones por un instante y pensó.
— Me iré antes de que se despierte... Ni siquiera sabra que estuve aquí— Soltó un suspiro y se sentó en el suelo, acomodando los libros a su lado antes de abrir uno.
Pasó un buen rato inmersa en la lectura, hasta que en un breve instante apartó la mirada de las páginas y la dirigió, sin motivo aparente, hacia uno de los costados.
Sus ojos se abrieron con sorpresa y su corazón dio un salto.
Unos ojos azules se abrían lentamente y se encontraban con los suyos sin el menor sobresalto. El cabello rubio, iluminado por la luz del sol, ofrecía un contraste casi irreal. Edward estaba despertando.
—¿Qué haces en mi balcón? —preguntó de pronto, con voz grave y calmada.
Arya, que había quedado aturdida por la escena durante un segundo más de lo necesario, frunció levemente el ceño.
—¿Tu balcón?
Edward no respondió a la pregunta. En cambio, continuó hablando, con un tono que parecía más curioso que molesto.
—¿No sabes por qué nadie viene aquí? ¿No te dan miedo los fantasmas?
Arya lo miró con desconcierto. Recordó entonces el rumor que circulaba por la academia: antiguos estudiantes que, según decían, habían muerto entre esos muros y vagaban por los rincones más solitarios.
Lo observó con atención.
—Está intentando asustarme —pensó.
Volvió la vista a su libro y respondió con serenidad:
—Dices que no viene nadie, pero está aquí. ¿Debería asumir que estoy hablando con un fantasma? Sería fascinante. Siempre he querido ver uno.
Edward la observó en silencio. Luego cerró los ojos y dejó escapar un leve suspiro, como si comprendiera que no lograría intimidarla.
El balcón volvió a sumirse en un silencio compartido.
Desde entonces, aquel lugar se convirtió en su refugio.
Cada tarde, durante las dos horas libres, Arya acudía con sus libros y apuntes. Y siempre estaba allí Edward.
La dinámica entre ambos se estableció sin necesidad de palabras. Se ignoraban. No se saludaban. No fingían cortesía. Cada uno ocupaba su espacio como si el otro no existiera.
Sin embargo, al menos del lado de Arya, no todo era indiferencia. De vez en cuando, sin darse cuenta, sus ojos se deslizaban hacia él en miradas furtivas, rápidas, como si temiera ser descubierta incluso por sí misma. Edward, por su parte, permanecía imperturbable, la mayoría de las veces aparentemente durmiendo o con la vista fija en el horizonte o en algún punto indescifrable, ajeno —o al menos eso parecía— a la presencia de la joven que compartía su balcón.
Así, entre silencios, estudio y pensamientos no dichos, los días siguieron avanzando.
Cuatro meses ya transcurrían desde el ingreso de Arya a la academia, aquel día de clases en la orientación especial trajo consigo una noticia importante para Arya. A partir de la semana siguiente debía comenzar su turno en la enfermería de la academia, una actividad obligatoria para todos los estudiantes de medicina. Tras tres meses de formación, ya contaban con los conocimientos básicos necesarios, por lo que el plan de estudios exigía que comenzaran a atender casos reales, siempre bajo supervisión indirecta.
Cada guardia en la enfermería duraba una semana completa y se iba rotando entre los alumnos. Sin embargo, como eran pocos los estudiantes inscriptos en la orientación de medicina, Arya sabía que aquel rol sería algo frecuente en su rutina académica.
—Entonces empezarás tus guardias en la enfermería… —comentó Annie desde su cama, acomodando una de las almohadas mientras observaba a Arya.
—Sí, así es —respondió Arya sin levantar la vista del papel—. Estoy un poco nerviosa, pero emocionada a la vez.
Terminaba de escribir una carta dirigida a su familia, relatándoles con cuidado sus avances, sin mencionar las dificultades más ásperas.
—Eso es bueno… —murmuró Annie—. Aunque no puedo evitar estar preocupada por ti…
Arya detuvo el movimiento de su pluma y giró lentamente para mirarla.
—¿Por qué lo dices? —preguntó con un tono más serio del que pretendía.
—Bueno… puede pasar que te enfrentes a algo que te supere —continuó Annie, evitando su mirada—, y entonces te desanimes y te des cuenta de que la medicina tal vez no sea para ti…
Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Arya frunció apenas el ceño, confundida. No era la primera vez que Annie se expresaba de ese modo ambiguo. ¿Estaba realmente preocupada por ella o la estaba menospreciando? Esa constante falta de claridad comenzaba a incomodarla. Sin embargo, Arya no era alguien que disfrutara de los conflictos ni de las confrontaciones innecesarias, así que, como tantas otras veces, decidió no profundizar.
—Gracias por tu preocupación, Annie —dijo con calma—, pero te aseguro que estaré bien. Que tengas buenas noches.
Con esa frase, dio por terminada la conversación.
Al día siguiente, las dos horas que Arya solía dedicar exclusivamente a sus estudios fueron reemplazadas por su primer turno en la enfermería. El inicio fue tranquilo. Apenas llegaron dos estudiantes con raspaduras menores y golpes leves. Así transcurrió casi toda la semana, de manera serena y predecible.
Pero el último día, el último día fue completamente distinto a lo que Arya había imaginado.
Arya se encontraba revisando el inventario de materiales de la enfermería, tarea obligatoria al finalizar cada guardia. Estaba de espaldas a la puerta cuando escuchó cómo esta se abría.
—Buenas tardes —saludó con amabilidad, girándose.
Su voz se apagó a mitad de la frase.
Frente a ella estaba August von Hohenberg.
Arya sintió una punzada repentina en el pecho, como si el aire se le hubiera quedado atrapado. Las palabras se le atascaron en la garganta. August la observó en silencio durante un instante y luego sonrió con naturalidad.
— ¿Qué me pasa…?— pensó Arya, obligándose a reaccionar, otra vez estaba frente a él, sintiéndose estúpidamente nerviosa.
—¿Cuál es el motivo de su visita a la enfermería? —preguntó, retomando la compostura.
August alzó la mano frente a ella. Un hilo de sangre carmesí brilló bajo la luz de la tarde, escurriendo lentamente.
—Me hice un corte con un bolígrafo… —dijo—. Parece que soy algo torpe.
—Por favor, tome asiento allí —indicó Arya, señalando una camilla, mientras buscaba los materiales necesarios.
Cuando regresó, se sentó frente a él.
—Permítame —dijo con profesionalismo, tomando su mano y comenzando a limpiar la herida.
El silencio se instaló entre ambos. Arya estaba completamente concentrada en su labor, cada movimiento preciso, cada gesto cuidadoso. August, en cambio, no apartaba la vista de ella.
— No necesitas ser tan formal...como dije aquel día, en la academia todos somos iguales...— Arya no respondió, siguió concentrada en su labor, luego de un breve instante de silencio el volvió hablar.
—Me equivoqué—dijo—, cuando dije que te iría mejor en el área de Leyes. Esto de la medicina se te da muy bien.
Arya respondió sin pensarlo demasiado, con honestidad casi automática.
—Para ser alguien orientado a leyes, sus juicios son bastante apresurados —replicó—. No he hecho nada extraordinario, solo limpié y curé una herida.
Terminó de vendar y levantó la vista.
—Listo.
Se encontró entonces con un rostro inesperadamente divertido. August soltó una carcajada suave.
—Sí… al parecer soy alguien que emite juicios apresurados —admitió—. Pero después de observarte durante un tiempo, puedo decir que la señorita me ha estado evitando. Ese no es un juicio apresurado ni errado... ¿o si?
Arya se tensó de inmediato. Sus labios se cerraron con fuerza mientras mordía el interior de su mejilla.
—Díme, señorita —continuó August, inclinándose apenas hacia ella—, ¿acaso me odias?