Séptimo libro de la Dinastía Lobo.
Alessandro juró no enamorarse jamás. Arabella juró vengarse al precio que sea. Pero cuando sus caminos se cruzan, el odio y el deseo se vuelven imposibles de distinguir. Ella fue entrenada para seducirlo y destruirlo; él, para no caer en las trampas del corazón. Sin embargo, un roce, una mirada y un secreto bastan para encender una pasión tan peligrosa como inevitable. Entre mentiras, fuego y traiciones, Alessandro y Arabella descubrirán que algunos destinos no pueden evitarse... y que hay amores que se sienten como una herida abierta imposible de cerrar.
NovelToon tiene autorización de Rosa Verbel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
No fallaré.
Alessandro🔥
Una semana y seis días después....
La arquitectura es poder disfrazado de belleza. Eso lo entendí antes de entender lo que era la mafia.
Estoy de pie frente al ventanal de mi oficina en Florencia. Mi nombre en la pared de cristal: Lobo Architectural Group. Limpio. Respetable. Intachable.
La fachada perfecta.
—¿Seguro que quieres llevarte a esa? —pregunta Gabriele desde el sofá, revisando los expedientes de las candidatas a secretaria ejecutiva.
Me giro hacia él.
—Necesito eficiencia, no distracciones.
Él sonríe con malicia.
—Entonces descarta a la rubia del currículum tres. Te miraba como si ya estuviera practicando cómo decir “Ah...sí, presidente”.
Resoplo.
—No voy a Nueva York a coleccionar asistentes.
—No, claro —dice con ironía—. Vas a dirigir casi cien hombres armados y abrir una sede millonaria. Lo otro es solo cardio, primo.
Le lanzo el expediente.
—Vicepresidente, compórtate —le pido entre serio y divertido.
Ambos sabemos jugar. Somos fiesteros, sí. Mujeriegos, también. Pero si alguien confunde eso con debilidad, firma su sentencia de muerte.
Se abre la puerta. Entra Marco, uno de los capitanes asignados por Emiliano.
—Capo —dice y niego.
—Aún no me digan capo. El capo aquí es Emiliano.
—Señor Alessandro —corrige Marco de inmediato.
Asiento.
—Los hombres están listos. Los cincuenta. Armas distribuidas en contenedores legales. Identidades cubiertas.
—Bien —respondo.
Gabriele se pone serio al instante.
—¿Y los contactos en Brooklyn y Manhattan?
—Esperando órdenes.
Me acerco al escritorio.
—Escucha bien. Nueva York no es territorio para improvisar. Quiero disciplina militar. Nada de actuar sin autorización. Si alguien comete un error… lo corregimos de raíz.
Marco asiente.
—Sí, señor.
Cuando sale, Gabriele me observa.
—Te gusta esto.
—¿Qué cosa?
—La guerra elegante.
Sonrío apenas.
—Soy arquitecto, primo. Me gusta diseñar estructuras. Algunas se levantan con concreto… otras con miedo.
La selección termina. Me llevo a tres arquitectos senior, dos junior y una secretaria que sabe más de contratos que de coqueteos. Perfecto. No necesito distracciones en la oficina, esas las puedo buscar en otro lado.
Porque no puedo vivir en un solo mundo. En Nueva York seré presidente de una firma de arquitectura internacional. Y también seré el hombre que decide quién respira y quién no.
...
Esa noche, la mansión principal Lobo brilla como siempre.
Luces cálidas. Jardines impecables. Seguridad invisible pero presente.
Entramos Gabriele y yo al comedor principal. La mejor vajilla está dispuesta. Cristal fino. Plata heredada.
En la cabecera están mis padres. Maximiliano Lobo: imponente incluso sentado.
Mamá: elegante, firme, con esa dulzura que solo nosotros conocemos. Su cabello rojo brilla mientras cae por su espalda.
—Figli miei —dice mi madre al levantarse para abrazarnos—. Siéntense antes de que se enfríe la comida.
El aroma es increíble. Es muy visible cuando es mi madre quien cocina.
—Mamá, si Nueva York me asfixia será por extrañar tu cocina —le digo.
Ella me acaricia el rostro.
—Por eso contraté personal para tu casa allá. No quiero que comas basura de la calle.
—¿Ya lo tenías planeado, tía? —pregunta Gabriele.
—Siempre planeo —responde con una sonrisa que explica muchas cosas sobre nuestra familia.
En la mesa también están:
Emiliano, mi hermano mayor. Líder. Impecable. Su esposa Abigail, dulce pero fuerte. Jazmín, mi hermana, con cinco meses de embarazo, radiante. Y su esposo, Damir Novikov. Jefe de la mafia rusa. Frío como Siberia… excepto cuando mira a mi hermana.
—¿Los niños? —pregunto.
—En el segundo piso —responde Abigail—. Cenaron temprano. No queríamos que escucharan conversaciones de adultos.
Eso significa: negocios. Observo la mesa.
Más de treinta años de matrimonio en mis padres y todavía se miran como si el mundo no existiera.
Damir le acomoda la silla a Jazmín como si fuera de porcelana.
Emiliano le sirve vino a Abigail antes de servirse él.
El amor en esta mesa no es debilidad. Es un pacto sagrado, el más fuerte de todos los pactos.
—¿Sigues convencido de quedarte soltero? —pregunta Jazmín, divertida.
—Alguien tiene que mantener el apellido libre de dramas románticos, pulga —suelto con un poco de diversión.
Damir suelta una risa baja.
—Hasta que te disparen en el corazón.
Lo miro.
—Prefiero un balazo real.
Mi padre interviene.
—Nueva York no es para distraídos.
Silencio.
—Hay alguien usando nuestro sello —continúa Emiliano—. Está marcando operaciones con el emblema Lobo sin autorización.
Mi mandíbula se tensa.
—¿Quién?
—Aún no lo sabemos —dice Efraín, que ha permanecido callado hasta ahora—. Pero está moviendo mercancía con nuestra firma. Si un aliado cree que fuimos nosotros… tendremos guerra.
Apoyo las manos sobre la mesa.
—Lo encontraré.
—Y cuando lo hagas —dice mi padre con calma peligrosa—, hazlo ejemplo.
Lo miro fijo.
—Lo despellejaré vivo si es necesario. Nadie usa nuestro sello para ensuciarlo —le juro.
Mi madre suspira, pero no contradice. Sabe quiénes somos.
—Diviértete —dice ella suavemente—, pero recuerda quién eres.
Mi padre me señala con el dedo.
—No quiero escándalos con faldas, fiestas u orgías que llamen la atención.
Gabriele carraspea.
—¿Podemos al menos una orgía discreta?
—Gabriele —gruñe Emiliano en modo de regaño.
Yo sonrío. Mi hermano se comporta como si antes de casarse con Abigail, no hubiera sido un puto perro.
—Tranquilos. Puedo disfrutar… y ganar una guerra al mismo tiempo.
Emiliano me sostiene la mirada.
—Eso espero. Porque no vas a jugar a ser capo. Vas a serlo.
Asiento.
—No te fallaré, fratello. No le fallaré ni a la organización y mucho menos a la famiglia.
La cena continúa entre risas suaves y estrategias veladas. Pero debajo de la elegancia hay algo claro: Nueva York no será un paseo. Será una declaración.
Al final, mi madre se levanta y se acerca. Me toma el rostro entre sus manos.
—Que Dios te proteja, Alessandro.
Besa mi frente.
Mi padre me abraza fuerte.
—Haz que el apellido pese.
—Siempre lo hace —digo seguro.
Al día siguiente partimos.
Cincuenta hombres. Dos líderes. . Una ciudad que no sabe lo que se le viene encima. Y en algún lugar de ese tablero…. Hay alguien usando nuestro sello. Y voy a arrancarle la piel por ello. Nueva York va a conocer mi nombre. Y cuando eso pase… Nada volverá a estar en equilibrio.
Me hace acordar a su papá con cabo suelto 🤣🤣🤣
Pero Braulio esto es lo que quería cuando se enteré que lo rechazo su hermanita
Ale que esta acostumbrado a tener todos a sus pies ahora tiene un NO de repuesto pero hasta el nombre lo sabe.
Ale esta 🔥🔥🔥🔥🤣
Estas tan ciega con la venganza que no sabes lo que te espera.
Te va enfrentar en un peligro que no tenes idea, le crees todo lo que te dice.