🩺 Código Rojo
En Altavalle, los errores no se corrigen.
Se pagan.
El Dr. Thiago Ferrer es el neurocirujano más temido y respetado del Hospital Central. Su pulso nunca tiembla. Su autoridad nunca se cuestiona. Y jamás ha permitido que una emoción interfiera en su trabajo.
Hasta que una cirugía cambia todo.
La Dra. Emilia Duarte, residente brillante y orgullosa, queda en el centro de un procedimiento que termina en escándalo. Una familia influyente exige culpables. La prensa huele sangre. El hospital necesita un sacrificio.
Pero Thiago no está dispuesto a perderla.
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Después del Código Rojo
Las seis en punto.
El hospital comenzaba a cambiar de turno. Las luces del amanecer apenas tocaban los ventanales del tercer piso. El mundo exterior despertaba.
Dentro del Hospital Central de Altavalle, Emilia caminaba hacia la oficina de Thiago.
Cada paso era una decisión.
Podía detenerse.
Podía fingir que no había entendido la invitación.
Podía elegir la prudencia.
Pero no lo hizo.
Porque llevaba días conteniendo algo que ya no quería seguir negando.
Porque después de la muerte de Hernán Ibarra, después de la junta médica, después de las acusaciones y las miradas, lo único que había sido real era ese beso en urgencias.
Y ella necesitaba sentir algo que no fuera culpa.
Se detuvo frente a la puerta.
Respiró.
Tocó.
—Adelante.
Su voz era grave. Controlada. Pero Emilia reconoció la tensión debajo.
Entró.
La oficina estaba en penumbra. Solo la luz del amanecer cruzaba la ventana y dibujaba sombras largas sobre el escritorio.
Thiago estaba de pie, sin bata, con la camisa ligeramente desabotonada en el cuello. No parecía el jefe de cirugía en ese momento.
Parecía un hombre esperando.
El silencio entre ellos era distinto ahora.
No era incómodo.
Era eléctrico.
—Pensé que no vendrías —dijo él finalmente.
—Pensé que no debería —respondió ella.
Y aun así, estaba allí.
Thiago se acercó despacio. Esta vez no con urgencia, sino con conciencia. Cada paso parecía preguntarle si estaba segura.
Cuando quedó frente a ella, no la tocó de inmediato.
La miró.
Como si quisiera memorizarla.
—Si cruzamos esto —murmuró— no será algo pasajero.
Emilia sostuvo su mirada. —No quiero algo pasajero.
Esa respuesta cambió todo.
Thiago levantó la mano y esta vez no fue un roce. Sus dedos se deslizaron lentamente por su mejilla, bajaron por su cuello, se detuvieron en su cintura.
Ella cerró los ojos un segundo.
No por timidez.
Por sensación.
Porque cuando él la tocaba, no lo hacía con prisa. Lo hacía con intención.
—Me asusta —confesó Emilia en voz baja.
—A mí también.
—¿Entonces por qué siento que esto es lo único que tiene sentido?
Thiago sonrió apenas. —Porque en medio del caos… tú eres lo único que no se siente como un error.
Eso la quebró.
No de tristeza.
De emoción.
Y esta vez fue ella quien lo besó.
No fue urgente como el anterior.
Fue profundo.
Lento.
Sus manos se aferraron a su camisa, sintiendo el calor de su cuerpo debajo. Thiago respondió rodeando su cintura y atrayéndola con firmeza, pero sin brusquedad.
Era una danza.
Un descubrimiento.
Sus labios se movían como si llevaran años conociéndose.
Como si cada respiración compartida fuera necesaria.
El aire en la oficina se volvió pesado.
El mundo desapareció otra vez.
Thiago la guio suavemente hasta el borde del escritorio. No hubo violencia, no hubo imposición. Solo deseo contenido liberándose.
Sus frentes se apoyaron.
—Emilia… —su nombre en su voz era distinto. Más íntimo.
Ella deslizó sus manos por sus hombros, sintiendo la tensión acumulada en cada músculo. Ese hombre fuerte, firme, controlador… ahora estaba vulnerable frente a ella.
Y ella también.
Porque amar en medio del desastre no era fácil.
Porque desear cuando todo parece derrumbarse es un acto de rebeldía.
Thiago besó su cuello lentamente. No con urgencia, sino con cuidado. Como si temiera romperla. Como si supiera que ella estaba sosteniéndose por dentro.
Emilia arqueó apenas la espalda.
No era solo atracción física.
Era necesidad de cercanía.
De pertenencia.
Sus respiraciones se mezclaban. Sus manos exploraban sin prisa, reconociendo piel, temperatura, latidos.
No había palabras ahora.
Solo sus cuerpos comunicándose.
Cuando él la levantó con facilidad y la sentó sobre el escritorio, Emilia sintió una mezcla de vértigo y seguridad.
Porque aunque el deseo era intenso, no había duda.
No había presión.
Solo elección.
Y ella lo eligió.
Cada beso era más profundo.
Cada caricia más segura.
No fue una explosión descontrolada.
Fue una entrega consciente.
Se amaron con la intensidad de quienes han visto la muerte demasiado de cerca y necesitan recordarse que están vivos.
Sin promesas exageradas.
Sin juramentos eternos.
Solo piel, susurros y la certeza de que, por ese momento, el mundo no importaba.
Cuando finalmente quedaron abrazados, respirando agitados, la luz del amanecer ya iluminaba por completo la oficina.
Emilia apoyó la cabeza en su pecho.
Escuchó su corazón.
Fuerte. Constante.
—Esto complica todo —dijo ella suavemente.
—Lo sé.
—La demanda. La junta. El hospital.
Thiago la abrazó con más fuerza. —Pero no me arrepiento.
Ella levantó el rostro. —Yo tampoco.
Y esa era la verdad.
Porque aunque el riesgo era real, también lo era lo que sentían.
No era solo pasión.
Era conexión.
Era encontrarse en medio del desastre.
Thiago apartó un mechón de cabello de su rostro. —No quiero esconder lo que somos. Pero tampoco quiero que esto sea usado en nuestra contra.
—Entonces no será un secreto… será algo nuestro —respondió ella.
Él la besó de nuevo, esta vez suave.
—Prométeme algo —dijo él.
—¿Qué?
—Que pase lo que pase con el caso… no nos soltaremos por miedo.
Emilia lo miró con intensidad. —Solo si tú prometes no cargar con todo solo otra vez.
Thiago asintió.
Sellaron el pacto con un beso más.
Afuera, el hospital volvía a la rutina.
Pero dentro de esa oficina, algo había cambiado para siempre.
Ya no eran solo cirujanos enfrentando un escándalo.
Eran dos personas que habían decidido amarse en el peor momento posible.
Y eso los hacía fuertes.
O vulnerables.
Aún no lo sabían.
Pero una cosa era segura:
El Código Rojo ya no era solo una alerta médica.
Era lo que ocurría cada vez que estaban juntos.
Y apenas estaban empezando a descubrir lo que eso significaba.
culpa 👀 deseo /Drool/