Cataleya Dunner es una joven que ha aprendido a ocultar las cicatrices de un pasado que la marcó profundamente. Decidida a no volver a amar, ha construido muros alrededor de su corazón para protegerse del dolor.
Sin embargo, la llegada de alguien que no esperaba amenaza con derribar esas barreras.
Él representa todo lo que Cataleya no busca, pero también todo lo que necesita para volver a sentirse viva. A medida que sus caminos se entrelazan, Cataleya se enfrenta a la difícil decisión de abrir su corazón nuevamente o mantenerse en la seguridad de su mundo cerrado. ¿Podrá el amor sanar las heridas más profundas o el pasado doloroso será un obstáculo insuperable?
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La feria de los Recuerdos
—Señor Müller, creo que se está confundiendo —esta vez le hablo sin dudar—. Porque yo no soy su empleada, trabajo para la editorial, no para usted. No se equivoque. Si se fija bien en la hora, también comprenderá que hace treinta minutos estoy fuera de mi horario laboral, por lo que no tengo que soportar sus llamadas insistentes e innecesarias, sumando a eso su falta de educación. Si necesita saber algo más sobre lo ya acordado entre semana para el club, muy bien puede esperar a mañana... y de paso llamar a mi jefa. No estoy en la ciudad.
Cuelgo antes de que pueda responder. De pronto, me siento enojada. ¿Decepcionada? ¿Herida?
Joder conmigo.
Salgo de la habitación antes de que mi mente me traicione, trayendo de vuelta recuerdos que no quiero revivir.
—Niebieskooki dupek —idiota de ojos azules.
—Bueno, eso ha sido intenso... —dice mi madre desde la cocina cuando llego. Papá está en el comedor, con su laptop, papeles y el celular en la mano. Al parecer, está en llamada.
—Mamá... —replico, un tanto apenada.
—¿Qué? No pude evitarlo, tus gritos se escucharon hasta aquí.
Bufo y, frustrada, dejo caer la cabeza sobre la isla, cerca del taburete donde ella está sentada.
—Lo siento. No quería gritar de esa manera, solo me alteré un poco...
—Sea quien sea, definitivamente lo acabas de poner en su lugar —ríe con satisfacción, y ruedo los ojos.
—Mamá...
Siento su mano acariciar mi cabeza. El gesto me reconforta tanto que casi ronroneo como un gato.
—Al parecer "tu trabajo" te tiene muy estresada —dice con sarcasmo.
—No es lo que te estás imaginando, créeme.
—No imagino nada, cariño. Solo que te conozco, Leya —me levanta el rostro suavemente—. ¿Por qué no me cuentas de tu trabajo? —me dice, con una sonrisa sugestiva.
Suelto el aire como si liberara algo más que palabras, me enderezo y subo a la isla, sentándome con las piernas cruzadas.
—Estamos en un gran proyecto. Si todo sale como lo planeamos, será el primer paso para transformar la editorial en una empresa de marketing y diseño, no solo de publicaciones. Yo estoy liderando la propuesta, soy la diseñadora principal.
—Eso es maravilloso, hija —me interrumpe con orgullo—. Me haces sentir muy orgullosa. Pero... ¿dónde entra Deaclan en la ecuación? Así se llama, ¿cierto?
—Deaclan Müller... —resoplo, como si su nombre tuviera peso—. ¿Recuerdas a Ivonne?
—Claro. Ahora es tu amiga, ¿no?
—Sí. Ella me insistió tanto en que fuéramos a un club a relajarnos que accedí. Lo conocí allí. Él es el dueño de la cadena de antros y bares más grande de Francia. Lo que menos imaginé fue encontrarlo el lunes siguiente en la editorial. Al parecer, conoce a Amélie, mi jefa.
—¿Pero hubo algo entre ustedes? —pregunta con cautela.
—¡No! Mamá, no. Ni siquiera quise bailar con él. Es un pesado y un grosero. —Su dedo toca entre mis cejas, como siempre que frunzo el ceño. Me ablanda—. Además, no quiero a nadie en mi vida, mamá. Ya tuve suficiente de eso y no terminó nada bien.
Mi mirada se desvía sin querer hacia papá. Aún parece ocupado, aunque dudo que no escuche.
—Leya, no puedes culparte ni castigarte así por lo que pasó. No te cierres a la oportunidad de amar... de ser amada. Tú mereces ser feliz.
—El problema es que yo no quiero amor en mi vida. Estoy muy bien así. Y hace mucho que ya no pienso en nadie —miento.
—Puedes engañarte a ti misma, Leya, pero no a mí. Algo me dice que la próxima vez que hablemos de Deaclan Müller, será bajo otra circunstancia —me guiña un ojo.
No le doy la razón. No puedo. Se marcha con elegancia maternal, dejándome con mis pensamientos. Me bajo de la isla y busco un vaso de agua. Cuando me doy la vuelta, casi lo dejo caer del susto: papá está ahí, mirándome.
—¿Müller... dijiste Müller?
Solo puedo asentir. Su risa es seca, burlona, como una mueca resignada.
—Ya veo.
Toma el vaso intacto de mi mano y se lo bebe de un solo trago. Luego da media vuelta y sale. Lo sigo, atrapada en la confusión, y lo alcanzo al pie de las escaleras.
—Pensé que mi vida no te importaba.
—No lo hace. Solo confirmo, una vez más, que eres patética y mi mayor vergüenza.
Salgo de la ducha, envuelta en una toalla, cuando escucho pequeños golpes en la puerta.
—Vaya, llegaron. ¿Ya acabaron el tour? —me acerco a ellos y, sin previo aviso, les doy a cada uno un golpecito en la nuca.
—¡Auch!
—¿Por qué fue eso?
Brett arquea una ceja mientras cruzo los brazos.
—Eso fue porque se fueron sin mí. Se supone que íbamos a pasear todos. Hace mucho que no recorro las calles del pueblo, y ustedes me dejaron. Se lo merecen.
—No seas enojona, Leya. Eres igual de peleona que mamá... —bromea Craig.
—¡Escuché eso! —grita mamá desde el pasillo, señalándolo con el dedo.
—Bueno, veníamos a invitarte oficialmente a una noche de películas con tus bellos hermanos —Craig se me acerca y me susurra—. Obviamente, yo soy el más bello de los tres...
—¿Qué dices, vienes a la sala de cine? —pregunta Brett.
Mencionar la sala me da una punzada en el estómago. Me recuerda la discusión con papá apenas llegué. Pero acepto. Quiero pasar tiempo con ellos antes de volver a Marsella.
Se van a preparar todo y me dejan espacio para vestirme. Camino a mi antigua habitación y me encuentro con Chad.
—Conejito, a ti te estaba esperando.
—Pues aquí estoy. ¿Vamos? —engancho mi brazo al suyo.
—¿Recuerdas las ferias anuales?
—Claro. La última a la que fui... fue el puente hacia mi mala suerte. Cinco años atrás. ¿Cómo olvidar tan memorable noche?
—¿Eso es sarcasmo? Porque recuerdo que no te vi esa noche.
—No seas imbécil, Evans. Sabes lo que pasó.
—Vale, vale. Lo siento. No quise arruinarte la noche.
Asiento, fingiendo que el pasado no pesa tanto. Llegamos al cuarto: todo está listo. Palomitas, dulces, gomitas, sodas y varias cajas de pizza. Vimos una de las favoritas de los mellos.
A la medianoche, me lanzo sobre ellos para felicitarlos, cantando la canción de cumpleaños con entusiasmo infantil. Mamá entra minutos después para unirse a mi algarabía, emocionada al borde de las lágrimas.
Al final, solo vimos una película. El resto del tiempo hablamos, comimos y celebramos con vino del bueno. Luego recogemos todo y cada quien se va a su cuarto.
Me quedo rondando en mi habitación. Me acerco a la ventana. Los recuerdos caen como lluvia: suaves, fríos, inevitables. Me recuesto en el sofá, observando la calle a través del cristal. La pintura beige de las paredes parece ajena. Antes eran blancas. Antes era otra vida.
—Bonita, déjame explicarte, por favor... las cosas no son como crees.
Una lágrima se desliza traicionera por mi mejilla. La borro con rabia.
—Dupek.
—¿Insultando al aire? —Craig entra y se sienta a mi lado, sonriendo.
—Sabes que tengo momentos de locura.
Me abraza. Su cariño me devuelve al presente.
—Gracias... —dice de pronto. Alzo la cabeza para mirarlo—. Gracias por estar aquí.
Lo abrazo más fuerte.
—¿Te quedarás para la feria?
—¿Quieres que me quede?
—Hace mucho que no pasamos tiempo juntos. La feria del vino es perfecta para embriagarnos y divertirnos como hermanos. Deberíamos hacer algo memorable.
—Pues no se diga más. Aquí estaré. Aunque no puedo quedarme mucho más, el trabajo me espera.
—¿Seguro que no es algún galán francés el que te espera? —bromea. Pienso en esos ojos azules. Una sonrisa se me escapa antes de que la reprima.
¡Joder!
Esto no me puede pasar otra vez.