Angelo murió cuando estaba a punto de triunfar. Un accidente absurdo y su sueño de poseer un hotel de lujo se desvaneció.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Reencarnó en Kael, un omega hombre olvidado en el harén del Emperador Ethan. El más bajo de los bajos. Un regalo que nadie mira. Invisible.
Kael tiene un objetivo: convertirse en Emperatriz. Tiene las armas: una mente fría y años de experiencia seduciendo a hombres poderosos en su vida anterior. Y tiene un plan: hacer que el Emperador, el Alfa más poderoso del imperio, se vuelva loco por él.
Pero el harén es un campo de batalla de secretos y traiciones. La Emperatriz, la favorita, las concubinas... todas lo aplastarían si pudieran verlo. Y el Emperador ni siquiera sabe que existe.
Kael solo necesita una oportunidad para ser visto.
Lo que no sabe es que en el juego más peligroso de su vida, algunas piezas se mueven solas. Y que el hombre al que juró conquistar podría convertirse en algo que nunca esperó
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Capítulo 12: Paciencia
Pasaron tres días desde el último encuentro en la biblioteca.
Kael había decidido que era momento de dar un paso atrás. No podía seguir presentándose en los lugares de Ethan con tanta frecuencia; el riesgo de parecer insistente era demasiado grande. La semilla estaba plantada, la curiosidad despertada. Ahora tocaba regarla con ausencia. Así que durante los siguientes cinco días, Kael se volvió invisible.
No más apariciones en el pasillo este. No más barridos cerca de las caballerizas. No más visitas a la biblioteca a la hora del Emperador. Se limitó a sus tareas más humildes, en las zonas más alejadas, donde sabía que Ethan no pasaba. Y esperó.
El primer día, Ethan llegó a la biblioteca a la hora de siempre. El fuego crepitaba, las velas estaban nuevas, todo en orden. Se sentó en su sillón, abrió un libro, e intentó concentrarse. Pero el aire estaba vacío, sin ese rastro de lavanda que, sin darse cuenta, había empezado a asociar con la calma. Frunció el ceño, volvió a su lectura, y no volvió a pensar en ello.
O al menos, eso intentó.
El segundo día, mientras cruzaba el pasillo este hacia la sala de audiencias, algo le hizo frenar el paso un instante. No supo qué. Solo que, por un momento, su nariz buscó algo que no estaba.
Kael, pensó, el nombre apareció sin buscarlo. El omega de la túnica gris, el que leía sobre minería. El que no pedía nada.
Siguió caminando.
El tercer día, al amanecer, entrenó en el patio de armas. El metal de la espada cortaba el aire, el sudor corría por su espalda. En una pausa, mientras recuperaba el aliento, el viento sopló trayendo los olores habituales: piedra, sudor, hierba.
Nada de lavanda.
Pero más que el olor, lo que notó fue la ausencia de esa sensación de paz que lo envolvía cuando él estaba cerca. No era solo el aroma; era la forma en que se movía, en silencio, sin pedir nada. La forma en que sus ojos grises se habían encontrado con los suyos por un instante. La forma en que había dicho "entiendo bastante" sobre geología, como si fuera lo más natural del mundo.
Un omega que sabe de minas, pensó, que lee libros complejos. Que aparece y desaparece sin dejar rastro.
Sacudió la cabeza y volvió al entrenamiento. Pero la imagen no se iba.
Mientras tanto, en el harén, Lyra se preparaba para su jugada.
Había elegido el atardecer, cuando Ethan solía regresar de las caballerizas. Se vistió con el vestido azul, el que más le gustaba, pero esta vez no se recogió el cabello en un elaborado peinado de concubina. Lo dejó suelto, como lo llevaba en su tierra, y se ciñó a la cintura un cinturón de cuero trenzado que recordaba a los de los guerreros del norte. Un detalle pequeño, casi imperceptible, pero que cambiaba por completo su silueta.
Salió a pasear por el camino de grava que bordeaba los jardines, justo en la ruta que Ethan solía tomar. No fue casualidad. Fue estrategia.
Cuando lo vio aparecer a lo lejos, montado en su caballo negro, Lyra no inclinó la cabeza en la reverencia sumisa de siempre. En lugar de eso, se detuvo, levantó la mirada, y sostuvo sus ojos un instante. Luego, lentamente, esbozó una sonrisa; no la sonrisa dulce y ensayada de la concubina perfecta, sino una sonrisa diferente. Más segura. Más… igual.
Ethan la miró. Y por primera vez en semanas, la miró de verdad.
Lyra no se acercó, no dijo nada. Solo siguió su paseo, con paso firme, la espalda erguida, el cabello al viento.
Ethan se quedó quieto un momento, observándola alejarse. Luego espoleó su caballo y siguió camino, pero su mente se quedó con esa imagen.
Es diferente, pensó. Hoy es diferente.
Esa misma tarde, en las cocinas, Kael vaciaba cubos de ceniza cuando una figura familiar llamó su atención.
Sera.
La Emperatriz estaba en el mismo rincón apartado de la puerta trasera, hablando con la misma criada joven de uniforme manchado de harina. Kael se pegó a la pared, detrás de unos sacos, y observó.
Sera hablaba en voz baja, pero esta vez Kael pudo ver algo más. Con un movimiento rápido, la Emperatriz deslizó un pequeño paquete envuelto en tela oscura hacia las manos de la criada. La muchacha lo tomó con dedos temblorosos y lo escondió en un pliegue de su uniforme, justo bajo el delantal. Sera dijo algo más, una última advertencia a juzgar por su expresión, y luego se giró y se fue. La criada se quedó inmóvil un momento, respirando hondo, y luego desapareció hacia el interior de las cocinas.
Kael esperó, el corazón latiendo con fuerza. Luego, con cuidado, siguió con su trabajo como si nada hubiera visto.
Pero su mente hervía.
¿Qué le ha dado? Podría ser cualquier cosa. Veneno para alguien. Hierbas para alterar la comida. Algo para controlar, para eliminar, para sabotear.
No sabía qué era, pero sabía que era importante. Que Sera tenía a alguien en las cocinas, y que ese alguien acababa de recibir instrucciones y un paquete.
Información, pensó, esto es información. Y la información vale más que el oro.
El cuarto día, Ethan volvió a la biblioteca y al quinto también.
El fuego siempre estaba encendido, las velas, siempre nuevas y en cada visita, al entrar, su nariz buscaba inconscientemente ese aroma. No lo encontraba. Pero también buscaba algo más. Esa figura menuda de túnica gris. Esos ojos que, por un segundo, habían sostenido los suyos. Esa voz tranquila diciendo "geografía de las provincias del norte" como quien habla del tiempo.
¿Dónde estará?, se preguntó. ¿Por qué ya no viene?
No era desesperación. Era solo… curiosidad. Una curiosidad que crecía con cada día de ausencia.
Esa noche, Ethan cenó solo, como tantas otras, pero cuando el eunuco de confianza se acercó a preguntar si deseaba compañía, Ethan dudó.
Recordó a Lyra en el camino de grava. Esa mirada diferente, esa postura erguida. Había algo en ella que no había visto antes.
—Que venga Lyra —dijo al fin.
El eunuco inclinó la cabeza y desapareció.
En sus aposentos, Lyra recibió la noticia con una sonrisa que no pudo ocultar. Se miró en el espejo, se ajustó el vestido, y esta vez no adoptó la postura sumisa de siempre. Se mantuvo erguida, orgullosa, la hija del norte que nunca dejó de ser.
Ha funcionado, pensó. Ha visto algo diferente en mí.
Pero mientras se dirigía hacia los aposentos del Emperador, una sombra cruzó su mente. Sera. La Emperatriz estaría enterada de esto en cuestión de horas y aunque por ahora ella volvía a tener la cama de Ethan, sabía que su posición seguía siendo frágil. Pero esta vez, pensó, no seré la misma, esta vez le mostraré quién soy de verdad.
Y sonrió, desafiante, mientras cruzaba las puertas.
Al día siguiente, Kael despertó con la noticia que Mira le susurró apenas entró en su habitación:
—¿Sabes? Anoche el Emperador llamó a Lyra.
Kael parpadeó, fingiendo indiferencia.
—¿Ah, sí?
—Sí. Dicen que estuvo con él toda la noche y que esta mañana, cuando se fue, tenía una sonrisa diferente. Como si hubiera ganado algo.
Kael asintió lentamente, procesando.
Lyra ha vuelto a la cama del Emperador. Eso puede complicar las cosas.
Pero mientras se vestía para sus tareas, recordó la escena de la cocina. El paquete escondido. La criada temblando. El misterio de lo que Sera estaba tramando.
O puede que no. Porque yo sé algo que ellas no saben y la información, bien usada, vale más que cualquier noche en la cama de un emperador. Salió de la habitación con la cabeza gacha, invisible, pero por dentro, sonreía.
El juego seguía. Y él apenas empezaba a mover sus piezas.
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