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Me Enamore De La Mamá De Mi Mejor Amigo

Me Enamore De La Mamá De Mi Mejor Amigo

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Sinopsis: Un amor prohibido

Todo comenzó cuando empecé a ir a la casa de Juan Alcázar, mi mejor amigo. Al principio, todo era normal, hasta que comencé a mirar a su mamá con otros ojos. Ella era una mujer hermosa, madura y completamente diferente a todas las que había conocido. Sin darme cuenta, empecé a sentir algo que jamás imaginé sentir por la madre de mi mejor amigo. Intenté luchar contra aquellos sentimientos, pero el corazón no entiende de reglas ni de prohibiciones. Hasta que una mirada se convirtió en deseo y comenzamos a vivir un amor a escondidas, capaz de destruir nuestra amistad y cambiarlo todo.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23: Celoso hasta en la playa

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POV: Joaquín Zapata

Después de aquella discusión tan berraca, me quedé mirando a Gabriela, que todavía tenía los ojitos húmedos de tanto llorar. Me sentía como un completo idiota por haberle hablado así. Ella no tenía la culpa de que Andrés nos hubiera descubierto, y mucho menos merecía que yo descargara mi rabia con ella.

Me acerqué despacito, le acaricié la mejilla y le sequé una lágrima con el pulgar.

—Vení acá, mi reina.

Gabriela me miró sin decir nada.

—Perdoname, amor. Es que tengo una piedra tan hijuemadre con ese Andrés que no sé ni qué decir. Pero vos no tenés la culpa, ¿sí me entendés?

Ella asintió y me rodeó la cintura con los brazos.

Yo la abracé con fuerza y le di un beso en los labios, esta vez sin apartarme ni un poquito.

—Te amo, mi amor —le susurré contra su frente.

—Yo también te amo, Joaquín. Muchísimo.

—Y no quiero que nos pasemos el día peleando, muñeca. Vinimos a Miami a disfrutar juntos, ¿o no?

Ella sonrió por fin.

—Sí, mi vida. Además, yo todavía quiero ir a la playa con vos.

—¡Pues vamos, ome! Que para eso estamos acá. Hoy voy a hacer de cuenta que Andrés Valencia no existe.

—¿Prometido?

—Prometido, mi reina.

Nos dimos otro beso y empezamos a prepararnos para salir.

Todo iba de maravilla hasta que Gabriela abrió la maleta y sacó un traje de baño.

Yo, que estaba buscando mis gafas de sol, me quedé mirándola.

—¿Y eso?

Ella levantó la prenda y me miró como si la pregunta fuera la cosa más absurda del mundo.

—Un traje de baño, Joaquín. ¿Qué más va a ser?

—¡Ah, no! ¿Y vos te vas a poner eso para salir?

Gabriela soltó una carcajada.

—¡Ay, por Dios! ¿Otra vez vos con tus cosas?

—¿Cuáles cosas, mujer? ¡Es que mirá cómo es ese traje!

—Es un traje de baño normal, amor. Vamos para la playa, no para una reunión de empresarios.

Me crucé de brazos.

—Pues yo pensaba que podías ponerte otra cosa encima.

—Y me voy a poner una salida de playa cuando quiera. Pero no voy a pasar calor por tus celos.

—¡No son celos! —protesté inmediatamente.

Gabriela me miró con una ceja levantada.

—¿Ah, no? ¿Entonces por qué tenés esa cara de pocos amigos?

Me quedé callado un segundo.

—Porque no quiero que todos los manes se queden mirándote, mi reina. ¡Vos sos mi novia!

Ella se acercó, divertida, y me acomodó la camisa.

—Sí, Joaquín, soy tu novia. Pero no soy una propiedad tuya, ¿bueno? Podés estar tranquilo conmigo sin decirme cómo vestirme.

Me dio un besito en la mejilla.

—Además, yo me arreglo porque me gusta sentirme bonita. No para que vos te pongás a pelear con medio Miami.

Tuve que reconocer que tenía razón.

—Bueno, pues, perdoname. Es que me da cosa que otro man te mire.

—Que alguien me mire no significa que yo vaya a hacerle caso, amor. Yo estoy acá con vos.

Aquello me calmó bastante.

—Está bien, muñeca. Ponete lo que te haga sentir cómoda. Pero si algún sapo se pone a molestarte, ahí sí me avisás.

—Claro que sí, mi celosito.

—¡No me diga así, Gabriela!

Ella se rio, agarró sus cosas y terminó de arreglarse. Yo me puse una pantaloneta, una camiseta ligera y mis tenis. Guardamos las gafas de sol, las toallas y el protector solar en una bolsa, y salimos del hotel.

Cuando llegamos a la playa, quedé impresionado.

El mar se veía precioso, el sol brillaba sobre el agua y la brisa nos despeinaba mientras caminábamos por la arena.

—¡Ave María, qué belleza! —exclamé—. Esto sí es vida, mi reina.

Gabriela sonrió y me tomó de la mano.

—¿Viste? Por eso quería venir contigo.

Buscamos un lugar para dejar nuestras cosas y nos acomodamos cerca de la orilla. Ella se quitó la salida de playa y extendió la toalla mientras yo me sentaba a su lado.

Debo admitir que mi novia estaba preciosa. Pero esta vez me limité a admirarla y a darle un beso en la mejilla, sin armar ningún berrinche.

—¿Qué? —me preguntó, riéndose.

—Nada, mujer. Que tengo mucha suerte.

—Eso sí es cierto —respondió ella, haciéndose la presumida.

—¡Ah, bueno! ¡Y modesta también!

Nos echamos a reír.

Después nos levantamos y caminamos hacia el agua. Cuando una ola me mojó los pies, pegué un brinco porque estaba más fría de lo que esperaba.

Gabriela soltó una carcajada.

—¡Jajajaja! ¡Joaquín, no seas exagerado!

—¡Vení, pues, si tan valiente sos!

Le salpiqué un poquito de agua y ella me respondió inmediatamente. En cuestión de segundos estábamos jugando como dos niños, riéndonos y tratando de esquivar las olas.

Más tarde regresamos a las toallas, nos secamos y compramos algo para comer cerca de la playa. Gabriela me contó detalles de sus reuniones y yo le hablé de la universidad, de mis dudas sobre mi carrera y de las ganas que tenía de conocer más lugares con ella.

—Tenemos que aprender a disfrutar estos momentos sin estar pensando siempre en los problemas —me dijo, entrelazando sus dedos con los míos.

—Tenés razón, mi vida.

Le di un beso en los labios y apoyé mi frente contra la suya.

Por unas horas, olvidé la reunión, las preocupaciones y hasta la existencia de Andrés Valencia.

Aunque, mientras miraba el mar junto a Gabriela, una cosa me quedó clarísima: tenía que aprender a confiar más en ella y a controlar mis celos.

Porque yo quería que nuestra relación durara, no que termináramos discutiendo por cualquier cosa.

Y ese día, en aquella playa de Miami, decidí que iba a intentarlo de verdad.

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