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Mi ex necesita un urólogo

Mi ex necesita un urólogo

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio / Doctor / Juego de roles / Triángulo amoroso / Amante arrepentido / Divorcio
Popularitas:56
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Durante tres años, Valeria Rivas cuidó de su esposo mientras él permanecía en coma. Cuando Alejandro Montenegro despertó, ella creyó que por fin llegaría su oportunidad de ser amada. Pero el regreso de su primer amor convirtió esa esperanza en una humillación.
Para él, Valeria era una muchacha del campo que no estaba a su altura. Para sus amigos, la esposa que sobraba.
Hasta que ella le entregó los papeles del divorcio.
El motivo: «Mi esposo no cumple en la cama».
Alejandro fue a exigirle explicaciones. Esperaba encontrar a una mujer suplicando que no la dejara. En cambio, encontró a una Valeria que ya no pensaba bajar la cabeza… y que ocultaba mucho más de lo que él imaginaba.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Señor Montenegro, ¿viene a pedir cita con el urólogo?

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2. Quiero el divorcio

Valeria le sostuvo la mirada y repitió con voz suave, pero firme:

—Quiero el divorcio, Alejandro. ¿Te gusta tu regalo de cumpleaños?

Él no alteró el gesto.

—¿Ahora quieres divorciarte porque no festejé contigo?

—Camila volvió al país, ¿verdad?

Al oír aquel nombre, Alejandro esbozó una sonrisa fría y soltó una breve risa de desdén. Luego se acercó a ella, paso a paso.

—¿Te molesta Camila?

Era el empresario más joven de su generación en llegar tan alto. El poder, el dinero y su posición le daban una presencia abrumadora. Valeria retrocedió por instinto hasta sentir el frío de la pared en la espalda.

La sombra de Alejandro cayó sobre ella. Él apoyó una mano junto a su cabeza y la dejó atrapada entre la pared y su pecho firme.

—Todo Puerto Azul sabía que quería casarme con Camila —dijo, mirándola desde arriba con una mueca burlona—. ¿Acaso no lo sabías cuando hiciste hasta lo imposible por ocupar su lugar y convertirte en mi esposa? Si entonces no te importó, ¿a qué viene el drama ahora?

Valeria palideció. Tenía razón: él quería casarse con Camila. Si no hubiera quedado en estado vegetativo, ella jamás habría tenido esa oportunidad.

Nunca olvidaría el día en que despertó. La decepción y la frialdad que mostró al verla, sin molestarse en ocultarlas. Después habían dormido en habitaciones separadas. Él nunca la había tocado.

Amaba a Camila. Valeria lo sabía. Pero…

Mientras contemplaba su rostro, los rasgos de Alejandro se fueron confundiendo con los del muchacho que había conocido de niña. ¿De verdad ya no se acordaba de ella?

Solo Valeria seguía aferrada a aquel pasado.

Bastaba. Esos tres años habían sido su manera de entregarle el amor que sentía por él. Se tragó la amargura y el dolor.

—Alejandro, terminemos con este matrimonio sin relaciones sexuales.

Él alzó una ceja.

—¿Sin sexo?

Le sujetó la barbilla y pasó el pulgar por sus labios rojos, presionándolos de una forma íntima y provocadora.

—Conque por eso quieres divorciarte. ¿Tienes ganas?

El rostro de Valeria ardió de golpe, rojo como una fruta madura. ¡No se refería a eso! Pero él seguía restregándole los labios con la yema del pulgar, deliberadamente cruel. Nunca habría imaginado que un hombre tan distinguido pudiera mostrarse tan desenvuelto y descarado.

Estaba jugueteando con su boca.

Alejandro nunca la había observado desde tan cerca. Siempre llevaba vestidos blancos y negros y aquellos enormes anteojos de marco negro, empeñada en parecer una mujer mucho mayor. Sin embargo, de cerca, su rostro era pequeño y sus facciones, ocultas tras los anteojos, poseían una belleza delicada y singular. Sus ojos de cierva, oscuros y límpidos, la hacían extraordinariamente hermosa.

Y sus labios eran suaves. La presión de su dedo les quitaba el color durante un instante, pero enseguida lo recuperaban, tiernos y elásticos.

Daban ganas de besarlos.

La mirada de Alejandro se oscureció un poco.

—Señora Montenegro, no sabía que tenías tantas ganas. ¿Tanto necesitas un hombre?

Valeria levantó la mano y le dio una bofetada que le hizo girar la cara.

A Valeria le temblaban los dedos de rabia. Cuando una amaba rebajándose tanto, terminaban pisoteándole el corazón. Y él acababa de humillarla de esa manera.

—Sé que no has podido olvidar a Camila —dijo, herida y furiosa—. Pues adelante. Les dejo el camino libre. ¡Que ella ocupe mi lugar como tu esposa!

La expresión de Alejandro se volvió gélida. Nadie, jamás, se había atrevido a darle una bofetada.

—Valeria, te casas conmigo cuando se te antoja y quieres divorciarte cuando te da la gana. ¿Qué crees que soy?

Ella soltó una risa.

—Un juguete.

¿Un qué? Alejandro no daba crédito.

—El juguete que le quité a Camila —mintió Valeria, soportando el dolor—. Ya me aburrí. Quiero tirarlo.

El rostro de él se ensombreció aún más.

—Muy bien, Valeria. Muy bien. ¿Quieres el divorcio? Lo tendrás. ¡Más te vale no volver llorando a pedirme que regresemos!

Subió al despacho y cerró la puerta con un golpe ensordecedor. A Valeria se le agotaron las fuerzas; se deslizó por la pared hasta quedar en cuclillas sobre la alfombra y se abrazó a sí misma.

No volvería a amar a Alejandro.

A la mañana siguiente, Rosa abrió la puerta del despacho. Alejandro, conocido por su obsesión con el trabajo, estaba sentado revisando documentos.

—Señor.

Él ni siquiera alzó la vista. Seguía de un humor espantoso; la frialdad que lo rodeaba casi podía sentirse.

Rosa dejó el café junto a él con cuidado.

—Se lo preparó la señora.

La mano que sostenía la pluma se detuvo y su expresión se suavizó ligeramente. ¿Estaba intentando hacer las paces?

Si era justo, Valeria había sido una buena esposa. Cocinaba para él según sus gustos, le lavaba la ropa a mano y se ocupaba de todo lo que necesitaba. Alejandro tomó la taza y bebió un sorbo. Era el café de ella, exactamente como a él le gustaba.

Eso no significaba que hubiera dejado de estar enojado. La bofetada de la noche anterior iba a molestarle durante mucho tiempo. No bastaba una taza de café para contentarlo.

—¿La señora ya entendió que se equivocó?

Rosa lo miró con una expresión extraña.

—Señor… la señora se fue.

Alejandro alzó la cabeza, desconcertado. La empleada le tendió unos papeles.

—Se marchó con su maleta. Antes de irse, me pidió que le entregara esto.

Él los tomó y los desplegó. El encabezado le saltó a la vista: «Acuerdo de divorcio».

¡Y él había creído que quería hacer las paces!

—La señora dijo que terminara su café y firmara cuanto antes —añadió Rosa.

Alejandro dirigió una mirada helada a la taza.

—¡Tíralo! ¡Todo!

Pero si hacía un momento le había encantado, pensó Rosa. ¿Por qué ahora no le gustaba? No se atrevió a decir nada y desapareció rápidamente con la taza.

Él repasó el acuerdo con el rostro sombrío. Valeria no pedía un solo centavo. Se iba sin reclamar nada.

Alejandro soltó una risa fría. Cuánto orgullo. Pero aquella muchacha del campo, ¿tenía dinero para vivir si no aceptaba el suyo? ¿No se había empeñado en casarse con él tres años atrás precisamente por dinero?

Entrecerró los ojos al llegar al motivo del divorcio. Valeria lo había escrito a mano.

«El esposo no funciona sexualmente. Padece una disfunción sexual que le impide cumplir con sus obligaciones conyugales».

A Alejandro se le ensombreció el rostro por completo.

¡Maldita mujer!

Sacó el teléfono y la llamó de inmediato. La comunicación se estableció enseguida, y al otro lado sonó la voz clara de Valeria.

—¿Hola?

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