"—Nos vamos a casar y punto. No tienes opción.
Esa fue su 'propuesta'. Sin anillo, sin flores, sin un 'te amo'. Solo un arrebato de control cuando intenté dejarlo."
Valeria siempre fue la esposa abnegada, la que esperaba en casa, la que justificaba cada desplante de Adrián pensando que el trabajo era su única prioridad. Nunca imaginó que el engaño no era otra mujer, sino la mentira sobre la que construyó toda su vida: él jamás la amo.
Atrapada en una jaula de cristal donde su voz no cuenta, aparece Dorian, un hombre cuya sola presencia impone respeto y temor. Él ve el dolor detrás de los ojos de Valeria y decide intervenir.
Dorian no pide permiso; destruye las defensas de Valeria con una devoción obsesiva y protectora que la hará dudar de todo lo que conoce.
Un matrimonio por manipulación. Un deseo peligroso. ¿Qué pasa cuando el hombre equivocado decide que eres suya?
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El arte del encuentro
La mañana del sábado se presentó despejada, bañada por una luz fría que iluminaba los amplios ventanales de la casa. Con Adrián aún fuera de la ciudad, el tiempo me pertenecía por completo. Por primera vez en años, no vestí pensando en sus exigencias ni en los colores que a él le gustaba verme llevar. Elegí un vestido sencillo, de corte impecable, y salí a la ciudad sin prisas, sin dar explicaciones a nadie.
Mi destino fue una pequeña y elegante galería de arte en el distrito histórico, dedicada al arte contemporáneo y a la escultura moderna. Era el tipo de lugar al que jamás podía asistir acompañada. Recordaba amargamente cómo Adrián solía descartar estas exposiciones con una mueca de desdén, tachándolas de aburridas, pretenciosas o una pérdida de tiempo que no aportaba ningún valor a su red de contactos. Estar allí sola, caminando despacio sobre el parqué lustrado mientras contemplaba los lienzos, era una victoria silenciosa sobre su recuerdo.
Me detuve frente a un lienzo de gran formato dominado por trazos de óleo oscuro y pinceladas de dorado tenue que sugerían una figura fragmentada en medio de la penumbra.
—Es fascinante cómo el artista logra que la luz parezca una interrupción en lugar de la protagonista —dijo una voz grave y pausada a mi lado.
El corazón me dio un vuelco instantáneo. Me giré despacio, conteniendo el aliento.
Dorian Blackwood estaba a un par de pasos de mí, vistiendo un traje gris impecable, sin corbata, con las manos apoyadas con elegancia en los bolsillos del pantalón. No había escoltas a la vista ni una multitud rodeándolo; solo la calma absoluta de un hombre que parecía adueñarse del espacio que pisaba.
—Señor Blackwood —dije, logrando que mi voz sonara tranquila a pesar de la aceleración repentina de mi pulso.
—Señora Van Doren —respondió, dedicándome una inclinación de cabeza y una sonrisa sutil que iluminó sus ojos oscuros—. Qué agradable coincidencia. Debo confesar que no esperaba encontrarla aquí.
—Suelo aprovechar los días tranquilos para escapar un poco —admití, volviendo la vista hacia el cuadro para disimular el cosquilleo en mi nuca—. Mi esposo siempre consideró que el arte moderno carece de estructura. Decía que era una pérdida de tiempo.
—Un juicio trágico, pero muy propio de quien solo busca simetría en el mundo —comentó Dorian, dando un paso más hacia la obra y quedando lo suficientemente cerca para que su aroma a madera y ámbar me envolviera por completo—. El arte sin caos no dice nada, Valeria. Y me alegra ver que usted no comparte ese criterio tan rígido.
La forma en que pronunció mi nombre, con esa dicción natural y pausada, hizo que una calidez inesperada me recorriera la piel.
Caminamos juntos por las distintas salas de la galería. Lo que comenzó como un intercambio de cortesías se transformó en una conversación fluida, inesperadamente larga y cargada de una complicidad ligera que jamás había experimentado. Dorian demostró poseer un sentido del humor afilado y culto; sus observaciones sobre las esculturas eran sagaces, y más de una vez me sacó una risa genuina que resonó en la serenidad del recinto.
—Dígame la verdad —susurró él, inclinándose ligeramente hacia mí mientras observábamos una pieza de bronce con forma abstracta—. ¿Esa escultura representa la resiliencia humana o simplemente al artista se le cayó el molde antes de que se secara el metal?
Solté una carcajada contenida, llevándome una mano a los labios.
—Es una falta de respeto terrible decir eso aquí —reproché en tono juguetón, mirándolo a los ojos—. Aunque debo admitir que pensé exactamente lo mismo cuando la vi.
—Lo sabía —sonrió él, sosteniéndome la mirada con una intensidad magnética que hizo que el aire en mis pulmones se volviera denso—. Detrás de esa compostura impecable hay una mente bastante más rebelde de lo que deja ver.
La química entre los dos flotaba en el aire, innegable y vibrante, como una corriente eléctrica que amenazaba con derribar cualquier distancia.
Llegamos a la última sala, donde la galería abría hacia un balcón interior con vista a un patio cubierto de vegetación. Nos detuvimos junto al ventanal. Dorian se giró por completo hacia mí, apoyando una mano sobre el marco de madera.
—Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de una mañana tan agradable —dijo con voz suave, baja, que pareció acariciar el aire entre los dos. Sus ojos recorrieron mi rostro con una lentitud deliberada, deteniéndose apenas un segundo en mis labios antes de volver a cruzarse con los míos—. Es una lástima que lugares como este solo tengan el privilegio de verla muy de vez en cuando. A personas como usted debería permitírseles iluminar los espacios con más frecuencia... y con mejor compañía.
El impacto de su insinuación fue directo. No había vulgaridad en sus palabras, pero sí una audacia seductora, una promesa velada de algo peligroso y fascinante que me dejó completamente paralizada, sin saber cómo reaccionar. Las palabras se me atoraron en la garganta; la mente se me quedó en blanco ante la certeza de que un hombre tan poderoso me estaba ofreciendo su atención sin reservas.
Dorian notó mi desconcierto y, lejos de presionar, sonrió con una delicadeza infinita, respetando mi silencio.
Llevó la mano al bolsillo interior de su saco y extrajo una tarjeta de papel negro mate, con sus iniciales grabadas en relieve de plata y un solo número telefónico impreso en el centro.
La sostuvo entre dos dedos y me la ofreció.
—Mi número personal —dijo, mirando fijamente la tarjeta antes de ponerla en mis manos. Sin secretarias, sin asistentes y sin filtros. Si algún día decide que quiere volver a ver arte o simplemente reírse de esculturas mal logradas, solo tiene que llamar.
Nuestras yemas se rozaron al entregarme el papel, enviando una sacudida cálida desde mis dedos hasta el pecho.
—Gracias, señor Blackwood —al alcance de un susurro.
—Dorian, por favor —corrigió con suavidad, dando un paso atrás y regalándome una última mirada indescifrable—. Que tenga un buen resto de fin de semana, Valeria.
Lo vi alejarse a paso tranquilo hacia la salida de la galería. Sostuve la tarjeta negra contra mi mano, sintiendo que el corazón me martillaba las costillas mientras comprendía que, después de esa mañana, no habría forma de volver a ser la misma.