Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor
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Capítulo 23: Desembarco en Aguas Doradas
A las cinco y media de la tarde, el sol sobre el Pacífico comenzaba a teñir los acantilados de Pedregal de un tono ámbar bruñido.
En la piscina infinita de la villa, Sienna flotaba sobre el agua tibia con los ojos entrecerrados y los brazos abiertos, dejando que el murmullo de las olas borrara los últimos ecos de los búnkeres de Virginia. A dos metros, Dante estaba sumergido hasta el pecho, apoyando los antebrazos sobre el borde de piedra volcánica que daba al abismo. Llevaba el torso mojado al descubierto, con las gotas de agua resbalando sobre las cicatrices de la espalda y los músculos de los hombros relajados por primera vez en meses, aunque sus ojos grises no se apartaban de la chica ni por una fracción de segundo.
En la terraza superior, resguardadas bajo una pérgola de buganvilias fucsias, Chloe y Valeria apuraban una jarra de mezcal con maracuyá mientras fingían ojear revistas de moda.
—Te juro que no puedo con la tensión táctica que emanan esos dos —susurró Chloe, ajustándose las gafas de sol para espiar con descaro sobre la barandilla—. Llevan dos horas mirándose como si estuvieran a punto de besarse o de empezar un combate a muerte con cuchillos. Es agotador y fascinante a partes iguales.
—A mí lo que me parece agotador es nuestra sequía emocional —replicó Valeria, dejando su copa con un tintineo amargo sobre la mesa de teca—. Sienna tiene a un gigante de las fuerzas especiales dispuesto a absorber metralla por ella, mientras nosotras estamos aquí tostándonos al sol como dos señoras jubiladas en un crucero de descuento. ¿Dónde están los magnates que tu algoritmo de búsqueda prometió para esta playa?
Chloe abrió la boca para protestar, pero el rugido grave, potente y sincronizado de dos motores marinos de competición cortó la brisa marina.
Desde la punta rocosa que cerraba la bahía privada de la villa, una lancha deportiva Riva Aquarama de madera de caoba barnizada y líneas aerodinámicas cortó el agua turquesa a treinta nudos, levantando una estela blanca impecable. El casco brillante viró con una maniobra precisa hacia el embarcadero privado excavado al pie del acantilado.
En la piscina, Dante alzó la cabeza en el acto. La compostura relajada desapareció en una milésima de segundo; sus hombros se tensaron con el instinto del soldado que detecta una incursión no autorizada en su perímetro:
—Tenemos visitas en el muelle inferior —dijo Dante con voz baja y áspera.
Sienna hizo pie sobre el fondo de mosaico esmeralda, retirándose el cabello mojado de la cara con ambas manos:
—Nadie tiene acceso a este canal privado excepto las propiedades de mi madre.
—Pues alguien acaba de atracar un yate de dos millones de dólares en tus escaleras, comandante.
En la proa de la embarcación amarrada, recortada contra el sol poniente, una figura masculina saltó al muelle de piedra con una soltura principesca. Llevaba una camisa de lino azul cielo completamente abierta sobre el pecho bronceado, bermudas de sastre en blanco marfil, mocasines de ante sin calcetines y gafas de sol de concha de carey.
Julian Montgomery aseguró el cabo de proa al noray con un nudo marinero perfecto, levantó la vista hacia la terraza superior y soltó un silbido limpio que resonó contra las rocas.
—¡¡Tierra a la vista, fugitivos del Pentágono!! —bramó Julian con esa voz aristocrática y modulada que jamás perdía el aplomo—. Espero que haya hielo en esa villa, porque cruzar el golfo sin aire acondicionado en la cabina debería estar penado por los convenios de Ginebra.
Dante soltó una maldición entre dientes tan densa que hizo temblar el agua a su alrededor:
—No puede ser. Maldita sea, Montgomery no sabe quedarse en su código postal ni aunque le paguen.
Pero Julian no venía solo.
Desde el timón de la lancha, apagando los motores con un chasquido de mandos y pasando una toalla por su nuca empapada de salitre, emergió el segundo tripulante.
Alto, ancho como una puerta de hangar, con el cabello castaño oscuro cortado al milímetro militar y una mandíbula cuadrada que compartía la misma línea genética que la de Sienna: Liam Keller.
El capitán del equipo Bravo vestía una camiseta sin mangas gris marengo que dejaba a la vista los bíceps tatuados con el escudo de los Rangers, pantalones cortos de faena oscuros y una gorra de los Yankees calada hacia atrás. Bajó al muelle con el paso pesado y firme de quien no necesita pedir permiso para pisar la tierra.
Chloe, desde la barandilla del piso superior, se puso de pie de golpe. La copa de mezcal casi se le resbala de los dedos; se bajó las gafas hasta la punta de la nariz, con los ojos verdes clavados en la figura del hermano mayor de Sienna:
—Santa madre de la artillería pesada... —susurró Chloe, sintiendo una corriente súbita bajarle por la espalda—. Dime que el que acaba de bajar de ese barco no es Liam Keller.
Valeria, a su lado, no estaba mirando al militar. Sus ojos oscuros estaban fijos en Julian, evaluando la elegancia insolente del diplomático mientras subía la escalinata de piedra con una botella de champán helado en cada mano:
—No sé quién es el gigante del tatuaje, Chloe... pero el rubio con la camisa de seda acaba de salvarle la categoría estética a estas vacaciones.
Cinco minutos después, la terraza principal de la villa parecía el escenario de una tregua diplomática a punto de quebrarse.
Dante y Sienna habían salido del agua. Sienna llevaba un pareo de lino negro anudado a la cadera sobre el bikini verde, con los brazos cruzados y una ceja alzada con hostilidad fingida. Dante, con unos pantalones de lino oscuro y la piel aún húmeda, se había plantado a su lado con los brazos en jarras, midiendo a los dos recién llegados con una mirada que prometía represalias.
Julian dejó las dos botellas de Dom Pérignon sobre la mesa de teca, saludando con una inclinación teatral:
—Princesa. Teniente. Antes de que desenfunden sus armas reglamentarias imaginarias, les informo que actuamos bajo mandato supremo. Vivienne Keller nos interceptó en el aeródromo privado de San José del Cabo. Dijo que un retiro en México sin suministro adecuado de champán francés y sin escolta de altura era una vulgaridad inaceptable para su firma.
—Mi madre debería dedicarse a dirigir la CIA de una vez por todas —masculló Sienna, aunque una chispa de diversión brilló en su mirada.
Liam dio un paso al frente, quitándose la gorra. El capitán de las fuerzas especiales miró a su hermana pequeña con una mezcla de respeto tímido y cariño torpe que rara vez mostraba fuera de las trincheras:
—Hola, enana. Mamá me dio las llaves del barco y me dijo que si no venía a asegurarme de que Cruz no estuviera haciendo tonterías, me desheredaba antes del viernes.
—Estoy perfectamente, Liam —respondió Sienna con una sonrisa suave, la primera auténtica que le dedicaba a su hermano en seis meses—. Y Cruz está bajo control estricto.
—Doy fe de que está bajo control —soltó una voz mordaz desde el umbral de cristal.
Chloe y Valeria habían bajado al nivel de la piscina.
Chloe avanzaba con paso felino, enfundada en un traje de baño de una sola pieza en color rojo fuego con escote pronunciado en la espalda, el cabello rubio revuelto por el viento y una sonrisa afilada como una navaja suiza. Se detuvo a dos palmos de Liam, mirándolo de arriba abajo con un descaro absoluto:
—Vaya, vaya. El capitán Keller en persona. La última vez que te vi sin uniforme militar, tenías diecisiete años y me tiraste un cubo de agua helada en el jardín de tu padre porque me negué a dejarte ganar en los videojuegos.
Liam se quedó paralizado.
El veterano curtido en tres despliegues en Oriente Medio, el hombre que no pestañeaba frente a las ráfagas de mortero, sintió que la sangre le subía a las orejas con la violencia de una llamarada. Recorrió a Chloe con la mirada: los ojos verdes desafiantes, las curvas peligrosas y esa boca insolente que no recordaba para nada a la niña de coletas que solía encerrarse con Sienna en el ático.
—Chloe... —la voz de Liam sonó más grave de lo habitual, perdiendo por completo el tono de mando marcial—. Has... cambiado bastante desde el jardín de mi padre.
—Tú también, grandullón —replicó ella, ladeando la cabeza con una sonrisa que era una provocación directa al peligro—. Veo que finalmente lograste que esos músculos sirvan para algo útil además de romper muebles. ¿Ese barco allá abajo sabe navegar rápido o solo lo trajiste para lucir los bíceps bajo el sol?
Liam apretó la mandíbula, con una chispa desafiante encendiéndose en sus pupilas oscuras:
—Ese barco tiene dos motores de mil doscientos caballos, rubia. Y si crees que puedes aguantar el ritmo en mar abierto sin marearte... te invito a comprobarlo en el timón.
—Acepto el reto, capitán —ronroneó Chloe, pasándole por el lado con un roce deliberado de hombro que hizo crujir la postura del soldado—. Pero te advierto: si me salpicas el peinado, te tiro por la borda sin chaleco salvavidas.
Al otro lado de la terraza, Julian Montgomery contemplaba la escena con una ceja arqueada y una sonrisa fascinada.
—Fascinante despliegue de diplomacia de choque —comentó Julian en voz alta, girándose hacia la mesa de teca.
Al hacerlo, sus ojos verdes chocaron directamente con los de Valeria.
Valeria estaba apoyada contra una de las columnas de travertino, sosteniendo su copa de mezcal con dedos finos y manicura impecable. Llevaba un vestido camisero de seda translúcida en tono bronce sobre un bikini negro, el cabello castaño oscuro cayendo en una cascada pulida sobre sus hombros y una mirada inteligente, serena y profundamente analítica que escaneó al diplomático con la precisión de un escáner de alta seguridad.
Julian se detuvo a un metro de ella.
El hombre acostumbrado a desarmar agregados militares y herederas de la alta sociedad europea sintió un destello eléctrico en el pecho que no esperaba encontrar en esa terraza.
—Julian Montgomery —se presentó él, bajando el tono a ese registro aterciopelado que solía reservar para las recepciones privadas en París.
—Valeria Ramos —respondió ella, sin extenderle la mano de inmediato, sosteniéndole la mirada con una calma desarmante—. La mente que diseñó el software de cifrado que tu división utilizó para rastrear las cuentas de Rostov en Manhattan.
Julian abrió los ojos apenas una fracción de milímetro, genuinamente deslumbrado:
—¿El algoritmo de inyección polimórfica que redujo el tiempo de rastreo a cuarenta y ocho segundos? ¿Fuiste tú?
—Chloe hace el trabajo sucio rompiendo cortafuegos; yo escribo la arquitectura limpia —dijo Valeria, curvando los labios en una sonrisa sutil, aristocrática y devastadora—. Y debo decir, señor Montgomery... para ser un diplomático del Departamento de Estado, tu informe de campo sobre la subasta de la embajada francesa tenía un estilo literario sorprendentemente decente.
Julian soltó una carcajada baja, brillante y rendida, descorchando la primera botella de Dom Pérignon con un chasquido profesional:
—Señorita Ramos, acabo de decidir que mi estancia en este país es de carácter estrictamente prioritario para la seguridad nacional. Permítame servirle una copa y explicarle por qué la arquitectura de su código es lo más hermoso que he visto desde la fachada del Museo del Louvre.
Valeria extendió su copa vacía, mirándolo a través de sus pestañas oscuras:
—Adelante, Montgomery. Sorpréndeme. Pero te advierto que no me impresiono tan fácil como los senadores de Washington.
En el centro de la terraza, Dante y Sienna observaban el tablero con una mezcla de perplejidad y complicidad compartida.
A la izquierda, Liam y Chloe ya discutían acaloradamente sobre la potencia de los motores de la lancha mientras ella le arrebataba la gorra de los Yankees para ponérsela en la cabeza con un guiño descarado. A la derecha, Julian y Valeria hablaban de sistemas cuánticos y vinos franceses a escasos diez centímetros de distancia, con una sincronización de miradas que prometía incendiar la costa antes de la medianoche.
Dante se inclinó despacio hacia el oído de Sienna, deslizando su brazo izquierdo alrededor de la cintura mojada de la chica:
—Tu hermano no tiene la menor oportunidad contra tu amiga rubia —susurró Dante, rozándole la oreja con sus labios cálidos—. Lo va a destrozar en veinte minutos.
Sienna apoyó la espalda contra el pecho macizo de Dante, sonriendo con malicia:
—Liam lleva diez años creyendo que puede mandar a todas las mujeres de su vida. Se merece una buena dosis de Chloe para aprender humildad. Y en cuanto a Julian... Valeria lo va a poner a prueba hasta que el diplomático no sepa en qué idioma hablar.
Dante apretó el agarre en la cintura de ella, atrayéndola un centímetro más contra su torso, inhalando el aroma a salitre y azahar que emanaba de su cuello:
—Que ellos se destruyan mutuamente si quieren, princesa. Lo importante es que Liam se llevó la atención de tus amigas... y a mí me dejó el camino completamente despejado para el resto de la noche.
Sienna giró la cabeza entre sus brazos, clavando sus ojos castaños en las pupilas grises de él con una chispa ardiente y peligrosa:
—¿El camino despejado para qué, teniente Cruz?
Dante le dedicó una sonrisa lenta, posesiva y salvaje, bajando la boca hasta rozar la comisura de sus labios con una promesa que hizo vibrar el aire tibio de Cabo:
—Para recordarte, orden por orden... que en esta playa el rescate ya no lo necesitas tú.