Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.
Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.
Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.
Hades.
El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.
Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.
Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.
Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.
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La mentira que duele más que el puño
El sol del Olimpo brillaba con una intensidad cegadora, dorado y arrogante, tal como su dueño. En el jardín de las flores eternas, donde los pétalos nunca se marchitaban y el aire siempre olía a primavera, la paz se rompió de golpe.
Afrodita cayó al suelo con un grito fingido, llevándose las manos al brazo, como si un dolor insoportable la atravesara. Sus ojos, grandes y brillantes como el ámbar, se llenaron de lágrimas que no sentía.
—¡Ayuda! —sollozó, lo suficientemente fuerte para que lo escucharan todos los que estaban cerca— ¡Perséfone, por favor! ¿Por qué me haces esto? ¡No te he hecho nada!
Perséfone, que estaba arrodillada cuidando un rosal silvestre, se levantó de un salto, confundida.
—¿Qué dices? Yo no te toqué, hermana. Estaba aquí…
—¡Mientes! —gritó Afrodita, retorciéndose con falsedad— ¡Me empujaste contra la columna! ¡Me dijiste que odiabas verme feliz! ¡Que todo lo que es mío debía ser tuyo!
Las palabras apenas terminaron de salir de su boca cuando una sombra cayó sobre el jardín. El aire se calentó, pesado y abrasador. Perséfone levantó la vista y sintió que el corazón se le encogía en el pecho.
Apolo estaba allí.
El dios del sol, señor de la guerra, el hombre al que ella había amado en silencio durante años, avanzaba con paso firme, sus ojos dorados encendidos de furia. No miró a Afrodita. La miró a ella, y en esa mirada no había ni un rastro de duda, ni de cariño, ni de compasión. Solo había desprecio.
—¿Cómo te atreves? —su voz era un trueno bajo, peligroso—. ¿Cómo puedes ser tan cruel con tu propia hermana? ¿Tan envidiosa eres, Perséfone?
—Apolo, por favor, escúchame —dijo ella, dando un paso adelante con las manos temblorosas—. No hice nada. Ella… ella está mintiendo. Yo estaba plantando rosas, no me acerqué a ella.
—¡No me mientas! —bramó él, y el sonido de su voz hizo temblar las hojas de los árboles—. La vi caer. La escuché gritar. ¿Crees que no conozco tu corazón oscuro? Siempre has estado celosa de Afrodita. De su belleza, de su luz, de que yo la ame.
—No es celos… es la verdad —susurró ella, con la garganta apretada—. Te lo ruego, créeme.
Apolo se acercó más, y su presencia quemaba, literalmente. El calor que emanaba era insoportable.
—¿Verdad? La verdad es que tú eres fría. Eres sombra. Y ella es luz. Y tú… tú solo sabes destruir lo que no puedes tener.
Afrodita se levantó lentamente, limpiándose las lágrimas falsas, y lo abrazó por la cintura, apoyando la cabeza en su pecho.
—No te enojes tanto, mi sol —susurró con voz dulce—. Ella es mi hermana. La perdono. No quiero que haya violencia entre nosotros.
Esa frase, dicha con tanta falsa bondad, fue la sentencia de Perséfone.
—¿Escuchas eso? —dijo Apolo, mirándola con asco—. Ella te perdona. ¿Y tú? ¿Qué tienes que decir en tu defensa?
Perséfone miró a su alrededor, buscando ayuda. Allí, de pie bajo el pórtico, estaban Zeus y Deméter. Su padre y su madre. Los dos sabían la verdad. Los dos habían visto todo. Afrodita se había tirado sola contra la columna para incriminarla.
Pero ninguno habló.
Zeus apartó la mirada, como si aquello no fuera asunto suyo. Deméter bajó la cabeza, mordiéndose los labios, sin atreverse a interponerse entre la furia de Apolo y su hija. Nadie se atrevía a detenerlo. Nadie se atrevía a contradecir al dios del sol cuando su ira despertaba.
—¿Nada que decir? —soltó Apolo, y levantó la mano—. Entonces recibe tu castigo.
El primer golpe la lanzó hacia atrás, contra el rosal que ella misma había plantado. Las espinas se clavaron en su espalda, pero apenas lo sintió. El dolor en el pecho era mil veces peor.
—¡Apolo, no! —gritó, escupiendo sangre— ¡Te juro que miente! ¡Yo nunca le haría daño!
—¡Mientes otra vez! —rugió él, y volvió a golpearla, una y otra vez, con una furia salvaje, cegada, brutal—. ¡Pides perdón demasiado tarde! ¡Impía! ¡Eres indigna de ser llamada diosa!
Perséfone cayó al suelo, rodando por la hierba, sintiendo cómo su cuerpo se rompía bajo la fuerza de aquel que amaba. Levantó la vista, con la visión borrosa por las lágrimas y el dolor, y vio a Afrodita. Su hermana la miraba desde los brazos de Apolo, y en sus ojos no había tristeza ni piedad. Había triunfo.
Y entonces, miró a sus padres. Seguían sin moverse. Sin hablar.
La sangre se le escapaba por la boca. Le costaba respirar. Y en medio de aquel dolor insoportable, una sola pensamiento resonó en su mente, frío y claro como el hielo:
No puedo volver a morir dos veces. Ya me alejé de él… ¿Qué más tengo que hacer?
Cerró los ojos, esperando el golpe final. Su vida se le escapaba, gota a gota, sobre la hierba manchada de rojo. Y nadie… nadie decía nada.
Hasta que una voz, profunda, cavernosa y terrible, atravesó el jardín como un rayo de oscuridad:
—BASTA.